Desbalance

2233 Words
Abril volvió a leer el documento en la pantalla. Una, dos, tres veces. El número seguía ahí. Alterado. Fuera de lugar. Pequeño, casi insignificante, pero suficiente para generar pérdidas importantes si lo repetían con frecuencia. Frunció el ceño. Ella no era una experta en el sistema interno de Bremer Corporation, pero sí era contadora. Tenía años revisando balances y detectando errores que a otros se les escapaban. Ese desbalance, por mínimo que parecía, no lo haría alguien novato. Era lo bastante preciso como para pasar desapercibido… si no se revisaba con atención. Guardó los archivos en un pendrive y lo cerró con fuerza dentro de su mano. Tenía que entregarlo. Tenía que hacerlo de forma correcta, aunque no le gustara admitir que estaba metiéndose en asuntos que quizás no le correspondían. Respiró hondo, tomó la carpeta física donde estaban los documentos originales y salió del pequeño cuarto donde había estado escaneando. Bajó las escaleras con pasos medidos, sintiendo una mezcla entre inquietud y alerta. El pasillo hacia las oficinas del departamento contable estaba silencioso, con los cubículos vacíos y las luces blancas encendidas. Llegó frente a la puerta de Olivia Turner. Golpeó dos veces. —Adelante —respondió la voz de la contadora desde dentro. Abril entró. Y lo primero que vio fue a Olivia sentada en su silla ejecutiva, con las piernas cruzadas encima del escritorio mientras tecleaba algo en su laptop. Parecía cómoda, despreocupada, casi dueña del lugar. Ni siquiera levantó la vista cuando habló. —¿Ya hiciste lo que te pedí? —preguntó con un tono que mezclaba superioridad y hastío. Abril apretó más la carpeta entre sus dedos. —Sí —respondió sin titubear—. Pero hay un error, señorita Olivia. Olivia detuvo el movimiento de sus dedos sobre el teclado. Levantó la mirada, como si no esperara escuchar algo así. Sus ojos azules se encontraron con los ojos verdes de Abril, grandes, claros, directos. Olivia parpadeó una sola vez. Apretó los labios apenas. Había algo en la mirada de Abril que no era típica de una secretaria. No era sumisa. No era nerviosa. Era firme. Calculadora. Analítica. Y eso a Olivia no le gustó. —¿Un error? —repitió con una media sonrisa burlona mientras bajaba las piernas del escritorio—. Por favor… ¿qué podrías saber tú de esto? Abril no bajó la mirada. No retrocedió. —Bueno, no mucho —respondió con modestia, aunque su tono seguía seguro—, pero hay unas cifras alteradas. Si revisa el documento… —abrió la carpeta y colocó sobre el escritorio las páginas escaneadas y los originales—, aquí está el desbalance. Es pequeño, pero repetido muchas veces podría causar un desfalco. Señaló la línea exacta con el dedo índice. Olivia palideció. Fue un cambio mínimo, casi imperceptible. Pero Abril lo vio. Y Olivia no pudo esconder su reacción. Por un segundo, su rostro perdió color. Luego lo recuperó rápido. Demasiado rápido. —Déjame ver… —dijo, intentando sonar despreocupada. Tomó los documentos, los hojeó, y luego los guardó en un folder con movimientos exageradamente tranquilos. Como si quisiera demostrar control. Pero sus manos delataban tensión. Los dedos le temblaban apenas. ¿Por qué una simple secretaria tendría que saber de finanzas? ¿Por qué notó algo que nadie más había visto? ¿Quién demonios era Abril Rodríguez? —Gracias por tu trabajo, Abril —dijo finalmente, recuperando su sonrisa profesional—. En este departamento trabajamos varios contadores juntos. Estoy segura de que fue un error de dedo. Como jefa de finanzas, voy a verificarlo personalmente. No tienes que preocuparte por eso. Entregó el pendrive a Olivia, quien lo tomó rápidamente, casi con demasiada prisa. —Bien —respondió Abril, clavándole una mirada neutra—. Espero que lo resuelva. Dio un paso hacia la puerta. Colocó la mano en el pomo. Y justo cuando iba a salir, la voz de Olivia la detuvo otra vez. —Ah, Abril… —llamó con tono suave. Ella giró la cabeza apenas. —No atosigues a Alaric con estas cosas, ¿vale? —continuó la contadora, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Está bajo mucha presión mental. No necesita más problemas. Abril sostuvo la mirada sin mostrar nada. Asintió una sola vez. —Entendido. Y salió. Cerró la puerta detrás de ella. Caminó unos pasos antes de soltar el aire que había estado conteniendo. Algo no encajaba. La reacción de Olivia. La palidez. La prisa en guardar el documento. La advertencia de no acercarse a Alaric con “esas cosas”. Y sobre todo… El número alterado. Abril bajó la mirada a la carpeta que aún llevaba en sus manos y la apretó con fuerza. Esperaba que, realmente fuera un error y no lo que estaba pensando.. Llegó a su pequeño cubículo todavía con la sensación incómoda del encuentro con Olivia. Dejó la carpeta en el escritorio, abrió su laptop y apenas había puesto sus cosas cuando la puerta lateral se abrió de golpe. Martin entró con dos capuchinos en las manos, moviendo las caderas de un lado a otro con ese estilo suyo tan particular, elegante, pero abiertamente afeminado. —Amigaaaaa —canturreó, extendiéndole uno de los vasos—. Te traje café porque estabas con la cara de alguien que ya quería renunciar a este infierno corporativo. Abril soltó una risa inevitable. —Gracias, lo necesitaba… de verdad —tomó el vaso y dio un sorbo—. Dios, está delicioso. Martin sonrió satisfecho, moviendo sus dedos llenos de anillos sobre él escritorio. —¿Ya conociste a la barbie rubia del piso de contaduría? —preguntó él con malicia evidente. —¿Olivia? —Abril rodó los ojos—. Acabo de estar con ella. Me pidió que escaneara unos documentos y… bueno, no me cayó muy bien. Martin chasqueó la lengua con fuerza. —Ay, querida… no, no, no, no… Olivia Turner no le cae bien a nadie. Esa mujer es clasista, se cree superior a todos. Camina como si tuviera la corona de Inglaterra metida en el cuerpo. Cuídate de ella. No es buena persona. Abril frunció el ceño. —¿Tan así? Martin se inclinó sobre su escritorio, bajando la voz. —Mi amor, si esa mujer pudiera despedir a medio departamento solo porque respiran su mismo aire, lo haría. Vive para adular a los jefes, especialmente a Alaric. Y tú, mi cielo… tú le vas a caer peor que a nadie. Eres bella, joven y extranjera. Todo lo que ella odia. Abril abrió la boca sorprendida. —¿Qué? ¿Bella yo? —preguntó con una risa nerviosa. Martin se llevó una mano al pecho. —Ay, por favor, no seas humilde. Tus ojazos verdes son ilegales. Hasta yo me desmayo cuando parpadeas. Esa rubia no soporta competencia. Así que… cuidado. Abril bebió un sorbo más de capuchino, pensativa. Quizá era mejor no meterse en asuntos que no le correspondían. Quizá ese desbalance era mejor dejarlo en manos de Olivia. Quizá ella tenía razón, era un error de dedo. Tenía suficiente con sobrevivir al mal carácter de Alaric como para, además, meterse en problemas de finanzas que podían aplastarla. —Gracias por el aviso, Martin —dijo con una sonrisa agradecida. —Siempre, querida —respondió él, dándole un toque suave en el brazo antes de salir moviendo las caderas de lado a lado. La tarde avanzó entre llamadas, correos, agendas actualizadas y un par de reuniones que le tocó coordinar. Abril se concentró en su trabajo, repitiéndose mentalmente que era mejor dejar el tema de las cifras alteradas atrás. Pero cada tanto, una vocecita en su cabeza regresaba: No fue un error… Algo está mal… Alguien está robando… Respiró hondo varias veces para ignorarlo. Cuando finalmente dio la hora de salida, apagó la laptop, tomó su bolso y caminó hacia los ascensores. Ya afuera del edificio, el aire fresco de Nueva York la golpeó en la cara. Era un alivio. El día había sido pesado y no veía la hora de llegar al apartamento que compartía con Kiara, darse una ducha y acostarse. Comenzó a caminar hacia la estación de metro cuando algo la detuvo. Un auto n***o, elegante, con los vidrios polarizados, estaba estacionado frente a la entrada. Reconoció ese vehículo en el acto. Lo había visto en internet, en fotos de revistas… y frente al restaurante el día del encontronazo. El vidrio del lado del copiloto bajó lentamente. Y allí estaba él. Alaric Bremer. Con esa expresión seria, fría, imperturbable. La mirada azulada clavada en ella. El saco impecable. La mandíbula tensa. —Rodríguez —llamó, diciéndo su nombre con lentitud como si fuera un delicioso postre. Ella se enderezó, incómoda. —¿Señor Bremer? —Sube. Abril abrió los ojos. —¿Qué? No, no… voy en metro. No se preocupe. Alaric la observó unos segundos. Luego frunció el ceño. —No estoy preguntando. Te llevo. —No es necesario —insistió ella, dando un paso atrás. El auto avanzó despacio y se detuvo junto a ella, cortándole el camino. La ventana bajó más. —Rodríguez —repitió él, esta vez con un tono más firme—. Te llevo. Ella pensó en discutir. Pensó en decirle que no era su chofer ni su obligación. Pensó en decirle que prefería caminar bajo la lluvia antes que aceptar un favor suyo. ¡Le hastiaba estar cerca de él y aún no sabia por qué! Pero él ya había abierto la puerta desde dentro, activando el seguro. Ella resopló. —Está bien —murmuró, resignada. Subió al auto y cerró la puerta. El vehículo olía a cuero caro y a su perfume. Ese aroma masculino, intenso, que ella había olido esa mañana cuando él la sujetó por la muñeca. Tragó saliva y miró hacia adelante. El auto arrancó. El silencio se volvió espeso entre ambos. Alaric la miró un instante antes de concentrarse en la carretera. —¿ Por qué llegaste con esa ropa? —preguntó él de repente, sin mirarla. Abril parpadeó, molesta. —¿Cuál ropa? —Esa —dijo él, señalando con la mirada su falda torcida y la camisa arrugada—. Pareces salida de una batalla. Ella apretó los dientes. —Tuve una mañana complicada. —No es excusa —respondió él tal y como si fuera su padre—. La imagen importa. Ella lo fulminó con los ojos. —¿Quiere que vaya de gala para servirle café? Él giró apenas la cabeza hacia ella. —Quiero que hagas tu trabajo como se debe y eso implica verte bien. —Lo estoy haciendo. —Hoy no. Ella soltó un suspiro largo, buscando paciencia. —Solo fue un mal día. Nada más. Él no respondió. Pero su mandíbula sí lo hizo. Se tensó. Otro silencio. El auto avanzó entre las luces de la ciudad. Abril miró por la ventana, viendo los rascacielos iluminados. Era hermoso. Pero estar sentada al lado de Alaric hacía que no pudiera relajarse ni un segundo. Sentía como su vientre se contraia. Cómo los vellos de su brazo se erizaban. Intentó mantener la vista fija en la ventana al principio, intentando ignorar la presencia poderosa del hombre a su lado. Pero el auto estaba demasiado silencioso, demasiado cerrado, demasiado impregnado del perfume de él como para no sentirlo. Y, por primera vez desde que lo conocía, se permitió observarlo. Alaric tenía la mandíbula apretada, firme, con esa forma angular que parecía hecha para intimidar. El perfil de su nariz recta, la línea de sus labios, la sombra clara de su barba cuidadosamente recortada… todo en él se veía estructurado, exacto, sin un solo punto fuera de lugar. Su saco se ajustaba a la perfección a sus hombros, amplios y rectos. El pecho se marcaba bajo la camisa como si la tela quisiera estirarse para abarcar el tamaño de su torso. Los músculos de sus brazos tensaban la tela cuando movía el volante, y ella pudo ver cómo los tendones se marcaban bajo la piel. Sin quererlo, su mirada bajó. Y entonces lo vio. Un bulto evidente bajo el pantalón, acomodado en la entrepierna. ¿De verdad lo habían dejado plantado en el altar? ¿A semejante hombre? Las mujeres aquellas tenían razón, Alaric era bello, hermoso, intimidante. El corazón le golpeó el pecho con fuerza cuando se descubrió admitiendo todo aquello. Cerró los ojos un segundo, intentando obligarse a no pensar en lo que acababa de ver, en lo que significaba, en cómo demonios ese hombre podía desconcertarla de esa manera. Inhaló. Exhaló. Y justo cuando logró recuperar la calma, el auto se detuvo. Rápido. Preciso. Abrió los ojos sobresaltada y vio su edificio frente a ellos. Alaric no dijo nada. Solo la miró de lado, con esos ojos azules que parecían leer más de lo que mostraban. Ella tragó saliva, abrió la puerta y bajó sin volver a mirarlo. —Gracias —musitó comenzando a caminar. El auto arrancó de inmediato, alejándose sin ruido, como si el silencio fuera parte natural de él. Abril se quedó quieta unos segundos, respirando profundo. El corazón seguía alterado. La cabeza seguía confundida. Y ese maldito bulto seguía clavado en su memoria. Se obligó a caminar hacia la entrada del edificio, tratando de borrar la escena de su mente, pero no pudo. Alaric Bremer se había convertido para ella también un problema molesto e irritante.
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