Medicina

1119 Words
Antonio aún intentaba procesar las palabras de Sofía cuando un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Era Martín, con el ceño fruncido y una expresión de incertidumbre. —Antonio, hay alguien aquí preguntando por Sofía. Antonio arqueó una ceja. —¿Quién es? Martín vaciló por un momento antes de responder. —No lo sé. No dio su nombre, solo dijo que necesita verla. Insistió en que es un asunto urgente. Antonio frunció el ceño. No esperaba visitas y mucho menos alguien que buscara a Sofía. —¿Cómo es? —Una mujer —explicó Martín—. Porte elegante, segura de sí misma. No parece nerviosa ni asustada, pero tampoco arrogante. Es como si supiera exactamente lo que está haciendo aquí. Antonio apretó la mandíbula. La última vez que alguien apareció de la nada pidiendo ver a Sofía, la habían separado por seis años. —Llévala a mi estudio —ordenó—. Y que nadie más se acerque. Martín asintió y salió. Antonio giró hacia Sofía, que lo observaba con una mezcla de confusión y alerta. —¿Esperas a alguien? —preguntó Antonio. Sofía negó con la cabeza, visiblemente inquieta. —No... Nadie debería saber que estoy aquí. Antonio no quiso alarmarla más, pero tampoco podía ignorar el peligro. —Quédate aquí —le dijo con tono firme—. No sabemos quién es ni qué quiere. Sofía asintió en silencio. Antonio salió de la habitación y caminó con paso firme hacia su estudio. Al entrar, la vio. La mujer estaba de pie, con la espalda recta y las manos entrelazadas delante de ella. Su postura reflejaba confianza, pero no superioridad. Vestía un traje beige elegante, perfectamente ajustado, y su cabello oscuro estaba recogido en un moño impecable. Sus ojos afilados lo escudriñaron con detenimiento en cuanto él cruzó la puerta. Antonio cerró la puerta tras de sí y la miró con expresión neutra. —No suelo recibir visitas inesperadas —dijo con voz controlada—. ¿Quién eres y por qué buscas a Sofía? La mujer no apartó la mirada, sin mostrar nerviosismo. —Mi nombre no es importante —respondió—. Pero Sofía sí lo es. Antonio no reaccionó, pero su mente trabajaba rápido. —Explícate —exigió. La mujer dio un paso hacia él con la misma calma con la que había entrado. —No aquí. No con tantas miradas observándonos. Antonio frunció el ceño. —Este es mi estudio. Nadie nos está observando. La mujer sonrió apenas. —Eso es lo que usted cree. Antonio sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —Si quieres hablar con Sofía, primero tendrás que decirme quién eres y qué quieres de ella. La mujer mantuvo su porte sereno, pero sus ojos brillaban con una intensidad que delataba que no estaba allí por casualidad. —Dígale que alguien de su pasado ha venido a buscarla. Y que necesita seguir tomando su medicina. Si no lo hace, su situación puede empeorar. Antonio sintió cómo se le tensaban los músculos. ¿Medicina? Sofía no le había mencionado nada sobre eso. —¿De qué estás hablando? La mujer enderezó su postura, dándole a entender que había dicho suficiente. —Hágale llegar el mensaje. Pronto lo entenderá. Dicho esto, sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y salió de la habitación, dejando a Antonio con una creciente sensación de inquietud. Antonio sintió una punzada de alarma recorrerle el cuerpo. Salió del estudio con pasos apresurados y se dirigió directamente a la habitación de Sofía. Su mente era un torbellino de preguntas. ¿Por qué no le había mencionado nada sobre alguna enfermedad? ¿Qué clase de medicamento le habían estado administrando? Y lo más importante… ¿Quién estaba detrás de todo esto? Al llegar, golpeó la puerta con firmeza. —Sofía, abre la puerta. Hubo un breve silencio antes de que escuchara sus pasos acercándose. Cuando la puerta se abrió, Sofía lo miró con evidente sorpresa. —¿Qué pasa? Antonio entró sin esperar invitación y cerró la puerta tras de sí. Sus ojos la recorrieron con urgencia, buscando algún signo visible de enfermedad. —¿Tienes alguna condición médica? —preguntó sin rodeos. Sofía frunció el ceño, confundida. —¿Qué? No… no que yo sepa. Antonio cruzó los brazos, sin apartar la mirada de ella. —Una mujer vino buscándote. Dijo que necesitas tomar tu medicina de forma constante, que si no lo haces, tu situación puede empeorar. Sofía palideció levemente. —No entiendo… Antonio avanzó un paso. —Sofía, dime la verdad. ¿Alguien te daba medicamentos cuando estabas cautiva? Ella bajó la mirada, su expresión reflejando incertidumbre. —No lo sé… Lo único que recuerdo es que cada cierto tiempo venía alguien y me ponía una inyección en el brazo. Nunca supe qué era… Solo sé que después de eso me sentía… diferente. —¿Diferente cómo? —insistió Antonio, su preocupación creciendo. Sofía se cruzó de brazos, abrazándose a sí misma. —A veces me sentía más tranquila, como si las emociones se apagaran por un tiempo. Otras veces, tenía dolores de cabeza horribles… Y había momentos en los que simplemente me sentía cansada, sin fuerzas. Antonio sintió un nudo en el estómago. ¿Qué demonios le habían estado haciendo? —¿Recuerdas quién te ponía esas inyecciones? ¿Cómo era esa persona? Sofía asintió lentamente. —Sí… Era una mujer. Nunca hablaba conmigo, solo entraba, hacía lo que tenía que hacer y se iba. Siempre llevaba guantes y bata, como si fuera una enfermera o algo así. Antonio cerró los ojos por un momento, tratando de contener la ira que comenzaba a crecer en su interior. —Necesitamos averiguar qué era lo que te estaban inyectando. Sofía lo miró con angustia. —¿Crees que pueda ser algo grave? Antonio la tomó suavemente de los brazos, obligándola a mirarlo a los ojos. —No lo sé, pero no pienso arriesgarme. Voy a hacer que te examinen. No dejaré que sigan controlando tu vida de esa manera. Sofía asintió lentamente, pero en su interior el miedo comenzaba a tomar forma. Si alguien se había tomado la molestia de administrarle un medicamento sin su conocimiento… ¿Qué más podrían haberle hecho sin que ella lo supiera? Antonio salió de la habitación de Sofía con el corazón latiendo con fuerza. Su mente estaba llena de preguntas sin respuesta y una creciente desesperación por descubrir la verdad. Caminó con pasos firmes hasta su estudio, donde la mujer aún lo esperaba. Martín estaba en la puerta, vigilándola de cerca, pero ella no parecía intimidada en lo absoluto. Mantenía su porte elegante y sereno, como si estuviera completamente segura de su posición en la situación.
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