Antonio se quedó mirando a Martín con el ceño fruncido. Las palabras que acababa de escuchar aún resonaban en su cabeza como un eco perturbador. Su padre... su supuesto difunto padre, cuyo cadáver calcinado nunca había sido completamente identificado, había sido mencionado nuevamente. Era imposible, o al menos eso le decía la lógica, pero su instinto le gritaba otra cosa.
—Quiero que investigues cualquier rastro que lleve el nombre de Daniel Villanueva —ordenó con voz firme—. No me importa si es un papel olvidado en un archivo viejo o una transacción minúscula. Necesito saber si hay algo, cualquier cosa, que nos diga si realmente está muerto.
Martín asintió sin dudar. Sabía que Antonio no descansaría hasta encontrar respuestas. Pero había un problema evidente: el nombre de Daniel Villanueva no había aparecido en ningún documento, cuenta bancaria o propiedad en años. La última vez que hubo alguna actividad con su nombre fue en el accidente que, según los reportes oficiales, lo había consumido por completo en llamas. No hubo funeral, no hubo entierro, solo cenizas y un certificado de defunción.
—Haré lo que pueda —respondió Martín—, pero si su nombre desapareció por completo, significa que alguien se aseguró de borrar cada rastro.
Antonio apretó la mandíbula. Sabía que su padre era un hombre meticuloso, alguien que siempre tenía una jugada preparada incluso antes de que los demás pensaran en mover su primera pieza. Si Daniel estaba vivo, entonces todo lo que había creído durante los últimos años era una mentira cuidadosamente tejida para mantenerlo alejado de la verdad.
Antonio se pasó la mano por el rostro, tratando de ordenar sus pensamientos. Si Daniel seguía con vida, entonces él era el cerebro detrás de todo: el secuestro de Sofía, la desaparición de su hija y la manipulación de la realidad que lo había mantenido atrapado en la incertidumbre. No podía permitir que las cosas siguieran así. Tenía que encontrar la verdad, aunque esta fuera más aterradora de lo que imaginaba.
—Empieza por los bancos —añadió Antonio, con la voz más controlada—. Quizás su nombre no aparezca, pero busca transacciones sospechosas, movimientos grandes sin una identidad clara. Si alguien lo está financiando, lo encontraremos por el dinero.
Martín sacó su teléfono de inmediato y comenzó a hacer llamadas. Antonio lo dejó trabajar y caminó hacia la ventana de su despacho. Desde allí, podía ver toda la ciudad, iluminada por las luces nocturnas. Era irónico cómo las sombras parecían extenderse incluso sobre él. Se suponía que su padre estaba muerto, se suponía que Sofía estaba muerta, se suponía que su hija no existía. Y ahora, todo indicaba que la verdad estaba enterrada bajo capas y capas de mentiras.
Minutos después, Martín volvió con información.
Antonio se quedó mirando a Martín con el ceño fruncido. Su fiel amigo e investigador había trabajado sin descanso, pero las noticias que traía no eran alentadoras.
—No encontré nada inusual —dijo Martín con un suspiro pesado—. Si Daniel Villanueva sigue con vida, ha sido extremadamente cuidadoso. No hay registros bancarios, propiedades o transacciones que lleven su nombre. Es como si nunca hubiera existido después de aquel accidente.
Antonio se frotó la sien con impaciencia. No podía aceptar que un hombre como su padre simplemente hubiera desaparecido sin dejar rastro. Durante años, Daniel había movido fortunas, hecho y deshecho imperios con una simple orden. La idea de que todo eso se hubiera desvanecido sin ninguna pista le parecía absurda.
—Eso no es posible —respondió con firmeza—. Un hombre así no desaparece sin más. Busca de nuevo, profundiza en cualquier empresa fantasma, en cualquier inversión sospechosa. Algo tiene que haber.
Martín asintió, pero su expresión reflejaba dudas. Había examinado cuentas bancarias, registros de propiedades, movimientos empresariales… y nada. Era como si Daniel nunca hubiera existido después del incendio.
—Si está vivo —añadió Antonio, con la voz cargada de frustración—, es porque quiere que pensemos que está muerto.
Se dejó caer en su silla, observando la ciudad a través del ventanal de su oficina. Sus pensamientos lo llevaron a Sofía, a la manera en que su rostro se había desencajado al oír el nombre de Daniel. Su reacción no había sido de sorpresa… sino de terror.
Algo en su instinto le decía que ella sabía más de lo que había dicho.
Se puso de pie de golpe.
—Voy a verla.
Martín no preguntó nada, simplemente lo observó salir con pasos firmes hacia la habitación donde Sofía descansaba.
La puerta se abrió apenas unos centímetros. Sofía estaba ahí, con la mirada nublada por la desconfianza y el miedo.
—Sofía, necesito que recuerdes todo lo que puedas sobre tu encierro —dijo en un tono más suave, pero firme—. Cualquier detalle, cualquier pista. Todo puede ayudarnos.
Ella desvió la mirada, insegura.
—No había ventanas, no podía ver mucho del exterior —susurró—. A veces escuchaba ruidos de autos a lo lejos, pero nunca supe dónde estaba.
Antonio asintió.
—¿Recuerdas a alguien en particular? ¿Alguien que te trajera comida o que se encargara de vigilarte?
Sofía dudó un momento antes de responder.
—Siempre era la misma persona la que me llevaba la comida.
Antonio frunció el ceño.
—¿Podrías describirlo?
Sofía levantó la vista y lo miró directamente a los ojos.
—No era un hombre… era una mujer.
El impacto de sus palabras fue inmediato. Antonio había supuesto que se trataba de un grupo de hombres, mercenarios al servicio de Daniel. Pero el hecho de que una mujer estuviera involucrada cambiaba por completo su percepción de lo que había ocurrido.
—¿Recuerdas cómo era? —insistió, tratando de ocultar la urgencia en su voz.
Sofía cerró los ojos, como si tratara de visualizar el rostro de su captora.
—Siempre llevaba el cabello recogido. No era joven, pero tampoco parecía mayor. Su voz… su voz era firme, pero nunca me habló con crueldad.
Antonio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Nunca viste su rostro con claridad?
Sofía negó con la cabeza.
—Siempre usaba una gorra o algo que cubría parte de su cara. Pero… había algo en ella, algo extraño.
Antonio esperó en silencio a que continuara.
—Era como si… no estuviera ahí por obligación. Como si realmente quisiera protegerme.
Las palabras de Sofía dejaron a Antonio inmerso en una profunda confusión. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué habría querido protegerla?
Y lo más importante… ¿siguen aún bajo su vigilancia sin saberlo?