capítulo 4

1057 Words
Entre sombras y secretos El amanecer llegó con una extraña calma, pero Valentina sabía que era solo una fachada. La amenaza del encuentro con los bandidos seguía fresca en su mente, y el cansancio del día anterior la había dejado adolorida. Sin embargo, no tenía tiempo para lamentarse. Gabriel, fiel a su palabra, apareció en la cabaña apenas los primeros rayos de sol iluminaron el horizonte. —Levántate. Hoy empezamos temprano —dijo, golpeando suavemente la puerta con los nudillos. Valentina suspiró, poniéndose de pie con esfuerzo. Mientras se vestía, intentó mentalizarse para lo que vendría. No podía permitirse seguir siendo una carga, no en un lugar como este. El entrenamiento Gabriel la llevó a un claro en el bosque, donde había colocado varias ramas y piedras que parecían formar un improvisado campo de entrenamiento. —Antes de aprender a defenderte, necesitas aprender a observar —comenzó Gabriel, cruzándose de brazos—. Este lugar puede parecer tranquilo, pero siempre hay algo acechando. Valentina lo miró con incredulidad. —¿Observar? ¿Eso es lo que me va a salvar la próxima vez que alguien me apunte con un rifle? Él sonrió, pero no era una sonrisa amable. —Si no sabes qué te rodea, ni siquiera llegarás a ver el rifle. Con paciencia, Gabriel le explicó cómo identificar sonidos, rastros en el suelo y movimientos en los arbustos. Al principio, Valentina se sintió torpe e inútil, pero a medida que pasaban las horas, comenzó a notar detalles que antes le habían pasado desapercibidos: el crujir de una rama bajo el peso de un animal, la dirección del viento, el olor de la tierra húmeda. Cuando el sol estaba en lo alto, Gabriel le tendió un palo largo. —Hora de practicar. —¿Practicar qué? —preguntó, tomando el palo con desconfianza. —Cómo defenderte. No es ideal, pero si no tienes un arma, cualquier cosa sirve. Él adoptó una postura de combate, mostrándole cómo sostener el palo y cómo usarlo para bloquear un golpe o atacar. Valentina lo imitó lo mejor que pudo, aunque más de una vez terminó en el suelo cuando Gabriel, con movimientos calculados, demostraba su superioridad. —Eres persistente, al menos —dijo él después de que ella intentara golpearlo por quinta vez sin éxito. —No me subestimes —respondió ella, secándose el sudor de la frente. Por un instante, Gabriel la observó en silencio, y Valentina pudo sentir algo diferente en su mirada. No era solo evaluación, había algo más. Una conversación inesperada Por la tarde, cuando regresaron a la cabaña, Valentina sintió que sus músculos gritaban de dolor. Sin embargo, había algo satisfactorio en el agotamiento. Mientras preparaba un poco de agua para lavarse, Gabriel apareció en la puerta. —Hoy lo hiciste bien —dijo, apoyándose en el marco. Valentina levantó la vista, sorprendida por el cumplido. —¿Eso es un intento de motivarme? Porque déjame decirte que aún odio este lugar. Gabriel soltó una breve risa. —Es un lugar difícil, sí. Pero también puede ser hermoso, si sabes dónde mirar. Ella frunció el ceño, intrigada por su respuesta. —¿Siempre has vivido aquí? Él asintió, su expresión tornándose más seria. —Nací en estas tierras, y he peleado por ellas toda mi vida. Mi familia fue arrasada por los bandidos hace años. Desde entonces, Don Manuel me acogió y me enseñó a sobrevivir. Valentina sintió un nudo en el estómago al escuchar eso. Por primera vez, vio una vulnerabilidad en Gabriel que no había percibido antes. —Lo siento —dijo en voz baja. —No necesitas compadecerme. Solo aprende a cuidarte, para que no termines como ellos. Sus palabras eran duras, pero Valentina pudo notar que estaban cargadas de preocupación genuina. Antes de que pudiera responder, un grito desde el campo rompió el silencio. El peligro se acerca Gabriel reaccionó de inmediato, corriendo hacia el origen del sonido. Valentina lo siguió, ignorando el cansancio que pesaba en su cuerpo. Al llegar al lugar, encontraron a Mateo en el suelo, sosteniéndose el brazo, que sangraba profusamente. —¿Qué pasó? —preguntó Gabriel, arrodillándose junto a él. —Bandidos… atacaron mientras estaba trabajando en la cerca. Se llevaron dos caballos y dijeron que volverían por más. Gabriel apretó los dientes, claramente furioso. —¿Dónde están ahora? —Hacia el bosque, pero no creo que se hayan ido lejos. Valentina miró a Gabriel, sintiendo el miedo crecer en su pecho. —¿Qué vas a hacer? —Ir tras ellos —respondió él con determinación. —¿Estás loco? —exclamó ella—. Son muchos y están armados. —Y si no hacemos nada, seguirán viniendo hasta que no quede nada. Valentina quiso detenerlo, pero algo en su mirada le dijo que no cambiaría de opinión. En lugar de eso, tomó aire y dijo: —Voy contigo. Gabriel la miró como si no hubiera escuchado bien. —¿Estás bromeando? Apenas sabes defenderte. —Tal vez, pero no voy a quedarme aquí sin hacer nada. Si me enseñaste algo hoy, es que no puedo depender de los demás para siempre. Aunque claramente reacio, Gabriel asintió. —Muy bien, pero quédate cerca de mí. Y haz exactamente lo que te diga. Valentina asintió, y juntos se adentraron en el bosque, donde las sombras parecían moverse con vida propia. Una emboscada inesperada Mientras avanzaban, el ambiente se volvía cada vez más tenso. Los sonidos del bosque parecían amplificados, y cada crujido de una rama hacía que Valentina diera un respingo. De repente, Gabriel se detuvo, levantando una mano para indicar que se quedara quieta. Valentina contuvo la respiración mientras él señalaba hacia un claro más adelante. Allí estaban los bandidos, descansando junto a una fogata improvisada. —Son cinco —susurró Gabriel—. Dos vigilan, los otros están distraídos. Valentina asintió, aunque su corazón latía con fuerza. Sabía que este no sería un enfrentamiento sencillo. —Escucha —dijo Gabriel, mirándola directamente—. Necesito que te quedes aquí. Si algo sale mal, corre. Antes de que ella pudiera protestar, él comenzó a moverse sigilosamente hacia el claro. Valentina lo observó, sintiendo que el miedo y la adrenalina luchaban por dominarla. Pero cuando uno de los bandidos giró la cabeza hacia donde estaba escondida, supo que las cosas estaban a punto de complicarse.
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