La noche trae su juicio
El bandido que giró la cabeza hacia Valentina frunció el ceño, claramente percibiendo algo fuera de lugar. Gabriel, quien ya estaba a medio camino hacia ellos, detuvo su avance, su postura tensa como la cuerda de un arco. La noche, que había sido testigo silencioso de su acercamiento, parecía contener el aliento.
—¿Qué fue eso? —preguntó el hombre, poniéndose de pie con el rifle en mano.
—Probablemente un animal —respondió otro, descansando contra un tronco caído.
—Voy a verificar —insistió el primero, avanzando hacia el bosque.
Valentina sintió su corazón desbocado. Se pegó al árbol más cercano, intentando fusionarse con las sombras, pero cada sonido de las hojas bajo sus pies parecía un trueno en la calma tensa.
Gabriel aprovechó el momento. Con la velocidad y el sigilo de un depredador, se movió detrás del hombre que se había levantado para vigilar, sujetándolo con fuerza por el cuello y cubriéndole la boca. El movimiento fue rápido y letal; un giro de muñeca, y el cuerpo cayó inerte al suelo.
El ruido, aunque mínimo, llamó la atención de los otros.
—¿Qué fue eso? —preguntó otro bandido, poniéndose en alerta.
Gabriel se lanzó hacia ellos antes de que pudieran reaccionar, pero esta vez no estuvo solo. Valentina, venciendo el pánico que la atenazaba, tomó una rama gruesa del suelo y, con toda la fuerza que pudo reunir, golpeó al hombre que había empezado a acercarse a su escondite. El impacto no fue suficiente para dejarlo fuera de combate, pero lo desestabilizó, dándole tiempo a Gabriel para intervenir.
—¡Te dije que te quedaras atrás! —gruñó Gabriel mientras bloqueaba un golpe dirigido a su costado.
—¡Y yo te dije que no iba a quedarme de brazos cruzados! —respondió Valentina, jadeando, mientras retrocedía para evitar otro ataque.
La pelea fue breve pero intensa. Gabriel, con su experiencia y habilidad, logró reducir a los bandidos restantes. Sin embargo, ambos quedaron marcados por la confrontación: Gabriel con un corte en el brazo y Valentina con un rasguño en la mejilla, producto de una rama durante la lucha.
Cuando todo terminó, el silencio regresó al bosque, pero esta vez estaba teñido de un nuevo entendimiento entre ambos.
La huida
—Tenemos que movernos antes de que alguien más venga —dijo Gabriel, limpiándose la sangre de las manos con un pedazo de tela.
Valentina asintió, todavía tratando de calmar su respiración. Mientras caminaban de regreso a la cabaña, la oscuridad del bosque parecía menos opresiva.
—¿Siempre es así? —preguntó ella después de un rato.
—¿A qué te refieres? —respondió él, sin mirarla.
—¿A vivir con la constante amenaza de morir?
Gabriel se detuvo, girándose hacia ella con una expresión seria.
—Sí. Pero prefiero eso a no luchar por lo que importa.
Valentina sintió que sus palabras llevaban un peso que aún no lograba comprender por completo, pero no preguntó más. Había algo en Gabriel que la intrigaba, algo más allá de su dureza exterior.
Confesiones bajo la luna
De regreso en la cabaña, Gabriel insistió en limpiar las heridas de Valentina. Aunque no eran graves, cualquier infección podría ser peligrosa en ese entorno.
—Siento haber sido un estorbo —dijo Valentina mientras él aplicaba una solución improvisada en su mejilla.
—No lo fuiste —respondió Gabriel sin levantar la vista.
—¿Entonces por qué pareces molesto?
Él suspiró, dejando el paño a un lado. —Porque no quiero que te pase nada.
La sinceridad en su tono la tomó por sorpresa. Había algo en la forma en que la miraba, como si realmente le importara, como si la seguridad de ella fuese más importante que su propia vida.
—Gracias —murmuró ella, sintiendo un calor extraño en el pecho.
Gabriel asintió, levantándose y alejándose unos pasos. —Descansa. Mañana será otro día difícil.
Valentina lo observó mientras se sentaba junto a la ventana, con su cuchillo en la mano, vigilando el bosque. En ese momento, comprendió que Gabriel no era solo un hombre endurecido por las circunstancias. Había algo más profundo en él, algo que quizás, con el tiempo, podría descubrir.
Mientras cerraba los ojos, el sonido de la brisa entre los árboles le pareció menos amenazante. Por primera vez desde que había llegado a este lugar, sintió una chispa de esperanza.