Ecos del pasado
El amanecer rompió la quietud del bosque, filtrándose entre las hojas y tiñendo todo de un tono dorado. Valentina se despertó con el sonido de los pájaros, su cuerpo aún adolorido por la tensión de la noche anterior. Gabriel estaba sentado junto a la ventana, inmóvil como una estatua, con los ojos fijos en el horizonte.
—¿Dormiste algo? —preguntó ella mientras se incorporaba.
—No es necesario —respondió él sin apartar la mirada.
Valentina lo observó en silencio. Había algo inquietante en su quietud, como si cargara con un peso invisible. Se acercó y se sentó frente a él, abrazando sus rodillas.
—Gracias por lo que hiciste anoche. No sé qué habría pasado si no hubieras estado allí.
Gabriel finalmente la miró, su expresión endurecida por algo más profundo que el cansancio.
—No necesito agradecimientos. Necesito que entiendas la gravedad de tu situación.
—¿Qué significa eso? —preguntó Valentina, sintiendo que una sombra cruzaba su ánimo.
—Que esto no es un juego, Valentina. Si sigues actuando impulsivamente, no podré protegerte.
Las palabras cayeron como una losa, pero Valentina se negó a retroceder.
—No soy una carga, Gabriel. Puede que no sea una experta como tú, pero estoy aprendiendo.
—¿Aprendiendo a morir? —replicó él, con una dureza que la dejó helada.
Valentina apartó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. No quería discutir con él, pero tampoco estaba dispuesta a ser tratada como una niña indefensa.
Un hallazgo inesperado
Después de un desayuno rápido y silencioso, Gabriel insistió en que se movieran. Había que poner distancia entre ellos y cualquier posible rastro que los bandidos hubieran dejado. El camino era difícil, con ramas bajas y un terreno resbaladizo, pero Valentina se esforzó por mantener el ritmo.
A mitad del día, se detuvieron en un claro donde corría un pequeño arroyo. Mientras Gabriel llenaba una cantimplora, Valentina notó algo extraño entre las rocas: un objeto brillante que reflejaba la luz del sol.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando.
Gabriel se acercó con cautela y lo recogió. Era un colgante de plata con un diseño intrincado, que representaba un símbolo que Valentina no reconoció.
—¿Lo conoces? —preguntó ella, observándolo con curiosidad.
Gabriel asintió lentamente.
—Es un símbolo de la Orden del Sol n***o.
—¿Qué es eso?
—Una facción secreta que trabaja para quienes controlan las rutas del contrabando en esta región. Si este colgante está aquí, significa que no estamos tan lejos de sus dominios como pensaba.
Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Esos hombres de anoche…?
—Probablemente eran parte de ellos —respondió Gabriel, guardando el colgante en su bolsillo.
Secretos en la penumbra
Esa noche, encontraron refugio en una cueva oculta entre los árboles. Gabriel encendió un fuego pequeño para mantenerlos calientes mientras Valentina examinaba el colgante.
—Dices que esta Orden controla las rutas del contrabando. ¿Qué más hacen?
Gabriel dudó antes de responder, como si sopesara cuánto debía contarle.
—Tienen vínculos con gente poderosa, tanto en el presente como en el pasado. No son solo bandidos; son un imperio oculto.
—¿Y tú los conoces porque…?
Él la miró directamente, su expresión grave.
—Porque trabajé para ellos.
El silencio que siguió fue pesado. Valentina no sabía qué decir, pero la revelación no la sorprendió del todo. Gabriel había demostrado que conocía demasiado del peligro para ser solo un hombre huyendo por casualidad.
—¿Por qué lo dejaste?
—Porque vi lo que eran capaces de hacer —respondió él, su voz apenas un susurro.
Valentina sintió que había más en esa historia, pero decidió no presionarlo. Gabriel parecía luchar con sus propios fantasmas, y ella entendía bien lo que era cargar con un pasado doloroso.
Promesas bajo las estrellas
Mientras el fuego chisporroteaba, Valentina rompió el silencio.
—¿Crees que hay alguna forma de salir de todo esto?
Gabriel la miró, sus ojos oscuros brillando a la luz de las llamas.
—Siempre hay una forma, pero no siempre es fácil.
—Quiero creer eso —murmuró ella, abrazándose las piernas.
—Entonces hazlo —dijo él, su tono más suave de lo que esperaba.
Valentina lo miró, sorprendida por el cambio. Por primera vez, sintió que Gabriel no era solo su protector, sino alguien que realmente entendía su lucha.
Esa noche, mientras dormía, Valentina soñó con el colgante y los misterios que rodeaban a Gabriel. Aunque el futuro era incierto, una cosa era clara: sus destinos estaban entrelazados, y juntos enfrentarían lo que viniera