Fronteras Difusas
El bosque se extendía como un manto verde interminable, con el sonido del viento y las hojas como único testigo de sus pasos. Gabriel caminaba unos metros adelante, siempre atento a cualquier movimiento, mientras Valentina lo seguía en silencio, sus pensamientos divididos entre la incomodidad de la situación y el colgante que ahora colgaba de su cuello.
Había insistido en quedárselo, sintiendo que el objeto misterioso estaba conectado con algo importante, aunque Gabriel no estuviera de acuerdo. La tensión entre ambos era palpable. Desde su discusión la noche anterior, las palabras se les habían vuelto escasas, pero las miradas decían más de lo que cualquiera de ellos estaba dispuesto a admitir.
—No deberías llevar eso contigo —dijo Gabriel finalmente, rompiendo el silencio mientras se detenía y volteaba hacia ella.
—¿Y qué sugieres? ¿Que lo deje tirado? Podría ser una clave para entender por qué estoy aquí.
Gabriel cruzó los brazos, su mirada intensa fija en ella.
—Es un peligro. Cualquiera que lo vea sabrá que estamos relacionados con la Orden.
—"Estamos", ¿eh? —respondió Valentina, alzando una ceja.
El comentario lo tomó por sorpresa, pero no lo demostró. Gabriel dio un paso hacia ella, cerrando la distancia entre ambos.
—Sí, estamos. Te guste o no, ahora somos un equipo. Y como parte de este equipo, necesito que escuches cuando te digo que algo es peligroso.
Valentina levantó el mentón, negándose a retroceder.
—No soy una carga, Gabriel. Si me tienes contigo, tendrás que aceptarlo.
La cercanía entre ambos era sofocante. Valentina podía sentir el calor que irradiaba de él, su postura protectora pero cargada de algo más, algo que no se atrevía a poner en palabras. Gabriel suspiró, apartando la mirada por un segundo antes de retroceder.
—Haz lo que quieras, pero no me pidas que te salve si esto nos lleva directo a una emboscada.
Valentina apretó los labios, luchando contra el impulso de responder.
El cruce
La tarde los llevó hasta un río caudaloso que bloqueaba el camino. Gabriel se detuvo para evaluar la situación.
—Debemos cruzarlo. No hay forma de bordearlo sin perder un día completo.
Valentina observó el agua, dudando. El río parecía más traicionero de lo que había anticipado, con la corriente fuerte y rápida.
—¿Estás seguro de que es seguro? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
—Nunca es seguro, pero no tenemos opción.
Gabriel se quitó las botas y las ató a su cinturón, señalándole que hiciera lo mismo. Valentina lo imitó con torpeza, notando que él la observaba con detenimiento. Cuando finalmente estuvieron listos, Gabriel le ofreció su mano.
—¿Qué haces? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Ayudándote. El río no es tan amable como yo.
La forma en que lo dijo, con esa mezcla de ironía y calidez, hizo que Valentina dudara un segundo antes de aceptar su mano. La corriente era más fuerte de lo que parecía desde la orilla, y Valentina tuvo que apoyarse en Gabriel más de una vez para mantener el equilibrio.
En un momento, su pie resbaló en una roca y la corriente la empujó hacia un lado. Gabriel reaccionó al instante, rodeándola con un brazo firme y levantándola casi en volandas.
—Te lo dije —murmuró mientras la sostenía con fuerza contra su pecho.
El contacto fue eléctrico. Valentina podía sentir su corazón latiendo con fuerza, el calor de su cuerpo contrastando con el frío del agua. Cuando finalmente alcanzaron la otra orilla, Gabriel la dejó en el suelo, pero no retrocedió de inmediato.
—No puedes permitirte ser tan descuidada —dijo, su voz baja pero cargada de emoción.
—No soy descuidada —respondió ella, aunque sabía que no era cierto.
El silencio que siguió fue casi insoportable. Sus miradas se encontraron, y Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella.
—Gabriel…
—No digas nada —la interrumpió él, su tono más suave, casi suplicante.
Por un momento, pensó que él iba a besarla, pero en lugar de eso, Gabriel se apartó de golpe y se dirigió al campamento que había improvisado con ramas y hojas.
Una noche de confesiones
Esa noche, mientras el fuego ardía bajo las estrellas, Valentina no pudo soportar más el silencio.
—¿Por qué siempre haces eso? —preguntó de repente.
Gabriel, que estaba revisando una de sus armas, levantó la vista con el ceño fruncido.
—¿Hacer qué?
—Cerrar todo el tiempo. No dejas que nadie se acerque.
Gabriel dejó el arma a un lado y la miró directamente, sus ojos oscuros brillando con algo que ella no pudo identificar.
—Porque he aprendido que cuando dejas que alguien se acerque, también le das el poder de destruirte.
Valentina sintió que su corazón se encogía ante la sinceridad de sus palabras.
—No todos quieren destruirte, Gabriel.
—No puedes saberlo hasta que es demasiado tarde —respondió él, su voz cargada de amargura.
Valentina se levantó y se acercó a él, arrodillándose frente al fuego para quedar a su altura.
—No soy como las personas que te han herido.
Gabriel la observó en silencio, y por un instante, pensó que iba a abrirse, que iba a decir algo que rompiera la barrera entre ellos. Pero, como siempre, él se apartó.
—Es tarde. Descansa.
Valentina suspiró, frustrada, y regresó a su lugar junto al fuego. Mientras cerraba los ojos, se prometió a sí misma que no dejaría que Gabriel continuara aislándose. Si él no era capaz de romper sus barreras, entonces ella lo haría por él.