capitulo 8

943 Words
El peso de la verdad La luz del amanecer comenzó a filtrarse entre las ramas del bosque, proyectando sombras alargadas sobre el suelo húmedo. Valentina despertó con el cuerpo tenso y una sensación incómoda en el pecho. El silencio entre ella y Gabriel la estaba agotando emocionalmente. A pesar de su actitud distante, había algo en él que la hacía querer saber más, entender por qué parecía cargar con el mundo entero sobre sus hombros. Cuando lo vio a unos metros del campamento, inspeccionando el área con la misma intensidad de siempre, decidió que no podía seguir postergando la conversación que ambos evitaban. Se levantó, sacudiéndose el polvo de la ropa, y caminó hacia él con determinación. —Gabriel, tenemos que hablar. Él giró lentamente, su expresión seria, como si ya supiera lo que ella iba a decir. —¿Hablar de qué? —respondió, aunque su tono dejaba claro que no estaba dispuesto a muchas explicaciones. —De nosotros, de esto… de lo que sea que está pasando. Gabriel frunció el ceño, cruzándose de brazos, su postura defensiva. —No hay "nosotros", Valentina. Eres alguien que apareció en mi vida de la nada, alguien a quien estoy intentando proteger porque no puedes sobrevivir aquí sola. Eso es todo. Sus palabras eran como una daga, pero Valentina no retrocedió. —¿Eso es lo que realmente piensas? ¿Que soy solo una carga para ti? Gabriel se quedó en silencio, la mandíbula apretada. Por un momento, pareció a punto de responder, pero en lugar de eso, simplemente se dio la vuelta, dispuesto a alejarse. —¡No puedes seguir huyendo de esto! —gritó ella, su voz rompiendo el aire frío de la mañana. Él se detuvo en seco, sus hombros tensos, y luego giró hacia ella con una intensidad que la dejó sin aliento. —¿Huyendo? ¿Crees que estoy huyendo? —dijo, su voz baja pero cargada de emoción contenida—. No tienes idea de lo que es este mundo, Valentina. No tienes idea de lo que significa perderlo todo, de no poder confiar en nadie. —Entonces haz que lo entienda —respondió ella, dando un paso hacia él—. Déjame ayudarte. Por un momento, Gabriel pareció considerar sus palabras. Sus ojos oscuros buscaron los de ella, como si intentara decidir si podía confiarle sus secretos. Finalmente, suspiró y bajó la mirada, su postura relajándose ligeramente. —Está bien. Pero no aquí. La confesión Caminando juntos en silencio, Gabriel la llevó a un claro en el bosque donde el sol iluminaba un pequeño riachuelo que fluía suavemente entre las rocas. Se arrodilló junto al agua, sumergiendo las manos para refrescarse el rostro. Valentina lo observó en silencio, esperando pacientemente. Finalmente, Gabriel habló, sin mirarla. —Fui un soldado durante muchos años. Creía en lo que hacía, en proteger a mi gente, en luchar por algo más grande que yo. Pero todo cambió cuando me culparon por un asesinato que no cometí. —¿Quién te culpó? —preguntó Valentina, su voz suave. —La Orden del Sol n***o. Son poderosos, corruptos. Controlan todo en las sombras: el contrabando, la política, incluso a las fuerzas militares. Me convertí en su enemigo simplemente por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Gabriel alzó la mirada hacia el cielo, su expresión endurecida por el recuerdo. —Desde entonces, he estado huyendo. Han matado a quienes intentaron ayudarme, han destruido todo lo que conocía. Valentina sintió un nudo en el estómago. Ahora entendía por qué Gabriel era tan reservado, tan reacio a dejar que alguien se acercara. —Eso no es tu culpa —dijo, arrodillándose junto a él—. No puedes culparte por lo que hicieron. Gabriel la miró, sus ojos llenos de algo que Valentina no pudo descifrar. —Es fácil decirlo, pero cuando las vidas perdidas pesan sobre tu conciencia, no hay palabras que puedan aliviarlo. Un silencio incómodo se instaló entre ellos, roto solo por el suave murmullo del agua. Valentina tomó una decisión en ese momento, una que sabía que podría cambiar todo entre ellos. —Gabriel, no importa lo que hayas hecho o lo que creas que eres. Yo estoy aquí, y no pienso irme. Sus palabras parecieron desarmarlo. Gabriel extendió una mano hacia ella, como si quisiera tocarla, pero se detuvo a mitad de camino. Finalmente, se levantó de un salto, alejándose del agua. —Debemos seguir moviéndonos. No estamos seguros aquí. La amenaza se acerca Esa tarde, mientras avanzaban por el bosque, Valentina notó que Gabriel estaba más alerta que de costumbre. Sus ojos examinaban cada rincón, cada sombra, como si esperara que algo los atacara en cualquier momento. —¿Qué sucede? —preguntó en voz baja. —Están cerca —respondió él sin mirarla—. La Orden no se detendrá hasta encontrarnos. Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aunque había sabido desde el principio que el peligro era real, ahora lo sentía más cercano que nunca. —¿Qué hacemos si nos encuentran? Gabriel se detuvo y la miró con una intensidad que la dejó sin aliento. —Lucharemos. Y si eso no funciona, correremos. Pero te prometo algo: no dejaré que te hagan daño. Valentina no supo qué responder. Había algo en la forma en que lo dijo, en la firmeza de su voz, que le hizo creerle completamente. A medida que continuaban avanzando, Valentina no podía dejar de pensar en sus palabras. Por mucho que intentara resistirse, sabía que algo había cambiado entre ellos. Y aunque el peligro acechaba en cada sombra, una parte de ella no podía evitar sentirse más viva que nunca.
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