capitulo 9

904 Words
Atados por el peligro El cielo gris anunciaba una tormenta que no tardaría en desatarse, y el viento frío azotaba las ramas de los árboles, creando un silbido inquietante. Gabriel y Valentina habían estado caminando en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. Desde su conversación en el río, un nuevo entendimiento parecía flotar entre ellos, aunque ninguno lo expresara en palabras. El aire pesado del bosque se llenó de un crujido extraño. Gabriel se detuvo en seco, levantando una mano para que Valentina hiciera lo mismo. Sus ojos recorrieron el área con rapidez. —Algo no está bien —susurró. Antes de que Valentina pudiera responder, un grupo de hombres emergió de entre los árboles, armados con cuchillos y mosquetes. Sus ropas desgastadas y las miradas feroces dejaban claro que no eran amigos. —Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —dijo uno de ellos, un hombre corpulento con una cicatriz que cruzaba su rostro—. Un fugitivo y su mujer perdida. Gabriel se colocó frente a Valentina de inmediato, protegiéndola con su cuerpo. —No queremos problemas. Déjennos pasar y no habrá conflicto. Los hombres rieron, una risa burlona que heló a Valentina. —Oh, pero el problema ya está aquí, amigo. Sabemos quién eres, y sabemos cuánto pagan por tu cabeza. Valentina sintió que el miedo le atenazaba el pecho, pero algo en la postura de Gabriel, en su confianza tranquila, le dio valor. —Si alguien se va a llevar mi cabeza, no serán ustedes —dijo Gabriel, su voz baja y peligrosa. El primer hombre avanzó, cuchillo en mano, pero Gabriel fue más rápido. En un movimiento fluido, desenvainó su daga y bloqueó el ataque, derribándolo con un golpe preciso. —¡Corre, Valentina! —gritó mientras enfrentaba a los otros hombres. —¡No voy a dejarte! —protestó ella, pero Gabriel no escuchó. El caos de la batalla El combate fue feroz y desordenado. Gabriel se movía con la agilidad de un guerrero experimentado, desarmando y derribando a los hombres uno por uno. Sin embargo, su desventaja numérica era evidente. Valentina, escondida detrás de un árbol cercano, observaba con el corazón en la garganta. Quería ayudar, pero no sabía cómo. Su mirada se fijó en una rama gruesa caída a sus pies. Sin pensarlo dos veces, la recogió y corrió hacia uno de los hombres que intentaba atacar a Gabriel por la espalda. —¡Atrás! —gritó mientras golpeaba al hombre con todas sus fuerzas. El impacto lo tomó por sorpresa, derribándolo al suelo. Gabriel la miró con incredulidad y algo parecido a la preocupación. —Te dije que corrieras. —Y te dije que no iba a dejarte —respondió ella, desafiante. A pesar del peligro, Gabriel no pudo evitar que una chispa de orgullo se encendiera en sus ojos. Finalmente, los últimos dos hombres decidieron que no valía la pena seguir luchando y huyeron hacia el bosque, dejando a sus compañeros inconscientes en el suelo. Gabriel respiraba con dificultad, su ropa manchada de tierra y sangre. —Estás loca —murmuró mientras se acercaba a Valentina, inspeccionándola rápidamente para asegurarse de que estaba ilesa. —Tal vez, pero estás vivo gracias a mí —replicó ella, con una pequeña sonrisa. Un refugio improvisado La tormenta finalmente se desató mientras buscaban un lugar donde refugiarse. Encontraron una cabaña abandonada en medio del bosque, con paredes de madera gastada pero lo suficientemente resistente para protegerlos de la lluvia. Gabriel encendió un fuego en la chimenea mientras Valentina intentaba secarse con un trozo de manta que había encontrado. El silencio entre ellos estaba cargado de tensión, pero no era la misma que antes. Era algo más, algo que ninguno de los dos sabía cómo manejar. —Hoy podrías haber muerto —dijo Gabriel de repente, rompiendo el silencio. —Y tú también —respondió Valentina, sentándose junto al fuego—. Pero no lo hicimos. Seguimos aquí, juntos. Gabriel la miró fijamente, su expresión indescifrable. —Eres valiente, lo admito. Más de lo que pensaba. —Y tú eres terco, pero ya lo sabía. La sombra de una sonrisa apareció en los labios de Gabriel, aunque desapareció tan rápido como llegó. —Valentina, no puedes seguir poniéndote en peligro por mí. —No tienes derecho a decidir eso por mí —respondió ella, con firmeza—. Si estamos juntos en esto, entonces estamos juntos. Punto. Gabriel no respondió de inmediato. Sus ojos se encontraron, y en ese momento, parecía haber algo más fuerte que las palabras entre ellos. La cercanía del fuego, el sonido de la lluvia golpeando el techo y la intensidad de sus emociones los envolvieron como un manto. —Eres imposible —murmuró Gabriel, acercándose un poco más. —Y tú eres insoportable —replicó Valentina, aunque su voz apenas era un susurro. La tensión entre ellos se volvió insoportable. Gabriel levantó una mano, como si fuera a apartarle un mechón de cabello, pero se detuvo antes de tocarla, luchando visiblemente contra sus propios impulsos. —Es tarde. Deberíamos descansar —dijo finalmente, alejándose y rompiendo el momento. Valentina lo observó mientras se acostaba cerca de la chimenea, su corazón latiendo con fuerza. A pesar de su frustración, sabía que algo había cambiado entre ellos. Y aunque Gabriel intentara negarlo, también lo sabía. El peligro y el deseo se entrelazaban, creando un lazo irrompible que los unía en este mundo despiadado.
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