capitulo 10

1060 Words
Una Frágil Alianza La mañana llegó con un brillo tenue que se filtraba entre las hojas húmedas del bosque. El aire estaba cargado de tierra mojada, y el sonido de los pájaros que despertaban rompía el silencio pesado de la noche. Valentina se desperezó lentamente, aún envuelta en la manta raída que habían encontrado en la cabaña. Frente al fuego apagado, Gabriel estaba sentado, limpiando cuidadosamente su daga con un trozo de tela. —¿No dormiste? —preguntó ella, su voz todavía cargada de sueño. Gabriel alzó la vista hacia ella, con la misma mirada indescifrable que había mostrado la noche anterior. —Alguien tenía que vigilar —respondió simplemente, como si fuera la cosa más natural del mundo. Valentina se frotó los brazos, tratando de sacudirse el frío que se había instalado en su cuerpo durante la noche. La tensión entre ellos seguía palpable, como un hilo que podía romperse en cualquier momento. Aunque habían sobrevivido al ataque, sabía que el peligro no había pasado del todo. —Gracias por lo de ayer —murmuró, casi en un susurro. —No tienes que agradecerme nada —replicó él, guardando su daga en la funda—. Fue un error traerme contigo. Te he puesto en más peligro del que mereces. Valentina lo miró, incrédula. ¿De verdad seguía insistiendo en esa idea absurda? —¿Y qué querías que hiciera? ¿Dejarte morir? —preguntó, su tono subiendo ligeramente—. Gabriel, estoy aquí porque quiero estar. Porque creo en ti, aunque tú mismo no lo hagas. Gabriel desvió la mirada, como si sus palabras lo incomodaran. Valentina sabía que detrás de esa fachada endurecida, había un hombre luchando con sus propios demonios. Pero también sabía que no sería fácil atravesar esa coraza. El viaje continúa Después de asegurarse de que el área estaba despejada, decidieron reanudar su camino. Gabriel había sugerido tomar un sendero menos transitado para evitar nuevos encuentros con sus perseguidores. La cabaña, aunque les había ofrecido refugio temporal, no era segura a largo plazo. Mientras caminaban, Valentina no podía evitar fijarse en la forma en que Gabriel se movía, con una cautela constante que denotaba su experiencia como soldado. Cada ruido, cada sombra, parecía captar su atención. Sin embargo, también percibió algo más: un peso que llevaba consigo, uno que no tenía nada que ver con los hombres que lo perseguían. —¿Alguna vez has pensado en dejarlo todo atrás? —preguntó Valentina de repente, rompiendo el silencio. Gabriel la miró de reojo, claramente sorprendido por la pregunta. —¿Qué quieres decir? —Huir. Empezar de nuevo en un lugar donde nadie te conozca. Donde no tengas que pelear cada día por sobrevivir. Él dejó escapar una risa amarga. —Eso suena bien en teoría, pero no funciona así para gente como yo. —¿Por qué no? —insistió ella—. Nadie está destinado a vivir siempre en guerra, Gabriel. —Algunas guerras no terminan —respondió él, con una seriedad que hizo que Valentina guardara silencio. El descubrimiento inesperado El camino los llevó a un pequeño valle donde encontraron los restos de un campamento abandonado. Había cenizas frescas en la fogata y huellas que indicaban que no hacía mucho alguien había estado allí. —Esto no me gusta —murmuró Gabriel, inspeccionando el área con cuidado—. Podrían ser soldados, o peor, los hombres que trabajan para el capitán. Valentina se estremeció al escuchar el nombre de aquel hombre, cuya sombra parecía acecharlos a cada paso. —¿Qué hacemos? —preguntó en voz baja. —Nos movemos rápido. No podemos quedarnos aquí por mucho tiempo. Mientras recogían agua de un arroyo cercano, Valentina tropezó con algo enterrado parcialmente en la tierra. Era un medallón de plata, decorado con grabados que no pudo identificar. Se lo mostró a Gabriel, quien lo tomó con una expresión seria. —Es una insignia de los soldados del capitán —dijo, su voz tensa—. Esto significa que están cerca. El pánico amenazó con apoderarse de Valentina, pero la presencia firme de Gabriel la ayudó a mantener la calma. Sabía que no podía permitirse flaquear, no ahora. —¿Qué hacemos? —repitió, su tono más firme esta vez. Gabriel la miró, y por primera vez, ella vio en él algo más que determinación. Vio preocupación. —Nos preparamos para lo peor —dijo finalmente. Un momento robado Cuando el sol comenzó a descender, encontraron un lugar donde acampar. Gabriel encendió un fuego pequeño para mantenerse cálidos, pero la tensión seguía presente en el aire. —¿Por qué haces esto? —preguntó Valentina de repente, rompiendo el silencio. —¿Qué cosa? —replicó él, sin mirarla. —Cargar con todo el peso del mundo. Actuar como si no necesitaras a nadie. Gabriel dejó escapar un suspiro, como si sus palabras lo hubieran alcanzado más de lo que quería admitir. —Porque es más fácil así —dijo finalmente—. Si no necesitas a nadie, nadie puede decepcionarte. —Eso suena terriblemente solitario. Él la miró entonces, sus ojos oscuros brillando a la luz del fuego. —A veces, lo es. Valentina sintió que su corazón se encogía al escuchar esas palabras. Quería decir algo, hacer algo para romper esa barrera que Gabriel había construido a su alrededor, pero no sabía cómo. Así que en lugar de hablar, simplemente se acercó y tomó su mano. Gabriel pareció congelarse por un momento, como si no supiera cómo reaccionar. Pero después, apretó suavemente sus dedos, en un gesto que decía más que cualquier palabra. —No estás solo, Gabriel —murmuró ella—. No mientras yo esté aquí. La mirada de Gabriel se suavizó, y por un instante, la distancia entre ellos pareció desaparecer. Pero al igual que antes, él fue el primero en romper el contacto. —Es tarde. Deberías descansar —dijo, alejándose un poco. Valentina lo observó mientras se acomodaba cerca del fuego, y aunque sabía que el camino que tenían por delante sería difícil, también sabía que no lo enfrentaría sola. No mientras Gabriel estuviera a su lado. La tormenta que se avecinaba no solo era externa; también era la batalla interna que ambos libraban contra sus propios sentimientos y miedos. Y aunque el peligro los acechaba, una chispa de esperanza seguía brillando en la oscuridad.
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