PRÓLOGO
Prólogo
“Angel de la guarda”
Millones de criaturas espirituales caminan sobre la tierra invisibles, tanto cuando estamos despiertos como cuando dormimos depende de ti notar su presencia.
Escucha el llamado...
Despierta...
Despierta...
Despierta...
Somos seres espirituales viviendo encerrados en un cuerpo mortal, pasando miles de obstáculos para ascender y conseguir nuestras alas...
Unas alas cortadas al nacer en este mundo....
(...)
—Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día, no me dejes solo, que me perdería —El tenue susurró suplicante de un niño fue atraído como una brisa chocando contra sus tímpanos.
Su larga cabellera dorada caía como una especie de cortina sobre su rosado rostro inclinado hacía adelante, ella estaba arrodillada sobre su maléolo derecha, a la vez que tenía la palma de su mano izquierda sobre la superficie áspera y humedad del suelo, a causa del invierno que próximo a llegar.
—Tengo miedo, por favor no dejes que me lleven—una vez más aquella voz resonó tan desesperado.
Ella abrió de golpe ambos párpados.
Sus orbes azules captaron su alrededor, miles de árboles le rodeaban, siendo evidente que era un frondoso bosque; algo tétrico, mientras que los sonidos nocturnos inundaron sus tímpanos no solo lo de los animales salvajes sino los de la naturaleza como tal.
«Así... ¿Qué este es el mundo mortal?» se preguntó, mientras que en sus labios se escapaba una dulce risa.
La rubia sintió el peso extras en su espalda, justo allí estaban sus más preciados extremidades; blancas como las mismísimas perlas de la valvas del océano, siendo tan nuevo para ella estar en aquella forma cuando siempre había sido un ser de energía o un ser invisible para los humanos, pero ahora es tan real como uno de ellos sino que su cuerpo poseía dos extremidades más.
—¡Basta, déjenme!—nuevamente la desesperación de aquel pequeño ser atrajo amargura en su pecho con tan solo escucharle.
Ella abrió las alas y echó a volar.
No pudo retener el suspiro pesado que le provocó el contacto del aire frío y puro en su rostro, típico de aquella región por poseer un invierno eterno.
¿Cuánto tiempo llevaba sin sentirlo?
Puede que fueran minutos, tal vez horas o días, pero le había parecido una eternidad.
A veces le pasaba.
Una extraña fuerza tiraba de sus alas hacía el suelo, cada pluma se entumecía y sufría una transformación, hasta entonces siempre pasajera, impidiéndole volar. Aunque en general no duraba mucho, a ella, ser de aire, le hacía sentir un miedo atroz al verse convertido en una bestia enjaulada, en un ave con muñones en lugar de alas.
Sacudió la cabeza para librarse de aquellos pensamientos y batió las alas con fuerza.
Al poco rato vio su destino: en medio de una inmensa vegetación de árboles se ubicaba un pueblito que llevaba por nombre "Beaufort" el lugar donde provenía el aclamante llamado, a la lejanía se alzaba una antena de señal que llegaba más allá de las nubes, y en su extremo se encontraba una plataforma de electricidad.
Se acomodó en la superficie y disfrutó del paisaje hermoso.
Soltó una carcajada cargada de resentimiento al ver unos cuantos humanos viviendo allí abajo, entre los pocos huecos que dejaban las nubes en el cielo nocturno.
«Mortales... una interesante vida, marcada por la hipocresía y el sufrimiento causados por ellos mismos» Los compadeció con un matiz de rabia a causa de la maldad que hay entre ellos, sabiendo que son los hijos favoritos de su padre el creador que cuando deseaban renegaban su nombre pero aún así siempre les otorgaba su misericordia, mientras que a ellos los castigaba por su traición.
—¡Por favor!—en temor se oyó en un hilo de voz que se apagaba con el fuerte viento.
Ella lo escuchó, supo que estaba cerca.
Descendió sin perder más tiempo para buscar con su oído desarrollado el lugar donde provenía, sus ojos azules distinguieron una casa más alejada del pequeño conjunto residencial, esta era de color marrón sumamente desgastado, la cual estaba dividida en dos pisos con una ventana mediana al costado derecho de la planta baja en el hogar.
Ella supo que de allí venía las plegarias.
Se acercó sigilosamente agradeciendo internamente al todopoderoso por ser de noche y que ningún humano estuviera en ese momento por esos alrededor. Sus pies tocaron el fresco césped húmedo a causa del roció constante de la baja temperatura, para apoyar de esta manera ambas manos sobre el cristal y poder observar el interior con la intensión de buscar el dueño de aquellas suplicas llenas de desesperanza.
La oscuridad reinaba como la fiel amiga de la noche.
No obstante, entre tanto silencio se percibía tenues sollozos que se perdían entre la habitación, ella con desesperación busco con su mirada al pequeño ser que le suplicaba, justo en el rincón más lobreguez del cuarto se notaba un diminuto cuerpo hecho un ovillo por el miedo sobre el suelo.
Pum...
Pum...
Pum...
Un golpe tras otro se oyó con impaciencia contra la madera de la puerta desde el otro lado de la habitación.
—¡Abre la maldita puerta, mocoso!—Se escuchó una repulsiva voz cargada de completo despreció.
Ella juró que desde donde se encontraba pudo oler el asqueroso hedor al licor de aquel insignificante sujetó preso de la maldad humana que habían implantado los oscuros seres del bajo astral, fieles parásitos que se alimentaban de los mortales al ser tan frágiles de mente, en pocas palabras fáciles de manipular.
Ella debía romper una regla solo para salvarlo, sabiendo las terribles consecuencias de sus actos.
—Contaré hasta tres y es mejor que abras la puerta o será peor— gritó impaciente el mortal.
El ángel cerró sus ojos con fuerza, no iba a permitir que el hombre hiciera lo que sus sucios pensamientos estaban planeando maltratar aquel ser inocente. No lo iba aceptar, por lo cual abrió de nuevo sus zafiros al cumplir el objetivo principal, con tan solo un simple gesto de su cuerpo.
Ella le había quitado la energía vital al hombre, que no tardo en caer en un golpe seco contra el suelo.
La rubia de un movimiento de sus manos hacía arriba, trato de abrir la ventana sin provocar ninguna clase de ruido, por suerte no estaba cerrada desde adentro así que no perdió el tiempo en ingresar al interior, siendo cada uno de sus movimientos medidos mientras llegaba a la esquina indicada de la habitación; al estar lo suficientemente cerca se percató de la presencia del bulto echó bola en el piso.
—No quiero que me lastime más, por favor—murmullo con sosiego la voz infantil de un niño pequeño entre cuatro o cinco años.
La ojiazul se colocó en cuclillas frente al pequeño mortal, éste ni siquiera se ha percatado de su presencia, pero que solo con escuchar y ver su estado fue más que suficiente para tomar la decisión correcta.
Ella lo levanto del suelo, para arrullarlo como un bebé que esta siendo cargado por su madre, ese era el gran vínculo que le han contado tantas veces que se genera por la unión con un humano al volverse un ángel protector.
Él ni siquiera se inmutó, era la primera vez en su corta vida que sentía paz en alguien más que no fuera su difunta progenitora.
—Jamás te volverá a lastimar, de ahora en adelante me tendrás a mi—habló dulcemente pausado ella.
Ya no más, en ese momento juro protegerlo y ser su ángel guardián hasta el último aliento del pequeño...
Al fin ella había encontrado su protegido, el cual con tan solo pocos segundos ya se había ganado su cariño.
Los ángeles de la guarda de la vida vuelan tan alto que están más allá de nuestra visión, pero siempre están mirando hacia abajo y nos observan.
Ese siempre ha sido la regla principal cuidar a los mortales indefenso ante la maldad vil de este inhospito mundo lleno de caos, en su mayoría causado por sus propias conductas mundanas.
Los monstruos siempre existirán, hay uno dentro de cada uno de nosotros.
Pero también vive un ángel.
No hay más importante agenda que descubrir cómo matar a uno y cómo nutrir al otro; simplemente está en tus manos hacerlo.
—Ahora todo va a estar muy bien—la voz del pequeño se oyó como un suave susurro perdido en la oscuridad de la habitación.
Por fin él estaba sintiendo paz, esa que ha perdido desde el día que su progenitora había muerto, dejándolo solo en ese momento a merced de su padrastro, el cual lo detestaba desde que nació.
Ahora todo vuelve a empezar...
(...)
Los tenues rayos de sol se colgaban por el pequeño espacio de la ventana, debido a que estaba suavemente corrida la cortina, provocando que estos impactarán directamente en el rostro blanco como una porcelana de la chica que reposaba sobre su cama. Poco a poco parpadeo haciendo que sus ojos azules se adaptarán a la luz del nuevo día.
Tres años había transcurrido...
Tres años en que había estado cuidado de aquel pequeño ser humano...
Tres años que llevaba actuando como "una mortal más"...
Tres años en que había exterminado a esa vil escoria que se hacía cargo del niño.
Pequeños pasos apresurados se oyeron sobre la madera algo vieja del pasillo que conducían hacía aquella habitación, provocando que una sonrisa radiante se formó de manera inconsciente en sus labios.
—¡Jezabel!—un dulce gritó retumbó por el pasillo.
La puerta se abrió de un portazo.
La figura de un niño de seis años se diviso bajo el marco de esta, su cabello castaño claro estaba revuelto al acabarse de levantar, su piel era blanca por completo solo haciendo remarcar ese singular rubor en ambas mejillas, mientras que en sus ojos marrones se denotaba aquel brillo de felicidad e inocencia.
Su pequeño protegido.
De un salto el infante brinco sobre el colchón de la cama, ella sintió el peso de su pequeña anatomía haciendo presión en el área del estómago, a la vez que la dulce risa del menor hace eco en la habitación, haciéndola reír sin poder evitarlo.
—Buenos días, Billy—habló pausadamente con una sonrisa tranquilizadora.
Él se acercó y le dio un pequeño beso en la mejilla a ella.
La ángel aún no se adaptaba al contacto corporal, pero como si antes era solo un ser de luz, una guardiana invisible.
—¡Prometiste, que hoy iremos a la playa!—la voz del pequeño resonó lleno de entusiasmo.
Era la primera vez que ambos verían el mar.
—Ve arreglarte, desayunaremos en el camino a ese lugar— comentó Jezabel contagiada de las energías del niño.
El pequeño aún tenía su pijama de dos piezas verdes con estampados de dinosaurios verde con amarillo.
—¡Sí!—chilló el castaño emocionado, mientras que se ponía de pie.
Bill salió corriendo de la habitación dando saltos en medio de la carrera.
A la rubia se le escapó un largo suspiro de sus delegados labios al salir de la cama, estirando de esta manera sus extremidades un tanto entumecidas después de una larga jornada laboral en el hospital siendo enfermera.
Ayer había sido una de esas pocas veces que ella se decidió a dormir para descansar por fin aquel "Cuerpo mortal".
Caminó en dirección a la ventana para correr por completo la cortina, dándole pasó a la luz solar, hoy era uno de esos escasos días que el astro hace su aparición entre las nubes grises de Beaufort , ella se quedo escasos minutos mirando a través del cristal el panorama tranquilo como ya era de costumbre en aquel pueblito.
Aunque a ella no la engañaban con esa niebla de humo.
Con un último vistazo se encamino hacía el armario en busca de algo adecuado para su día en la playa, busco entre sus pocas pertenecías; sacando de esta manera un vestido corto azul, tal cual como el cielo despejado de tela suave y fresca, mientras que el calzado había elegido un par de zapatillas blancas y concluyó con dejar su cabello rubio suelto para que cayera sobre sus hombros, siendo nada fuera de lo usual porque no quería llamar la atención.
—¡Estoy listo!—exclamó una voz infantil desde la puerta.
La ángel desplazo sus ojos de aquel toque índigo, hacía el pequeño que estaba con una sonrisa brillante en su labios, éste se había colocado una playera blanca con el particular escudo del capitán américa, una bermudas marrón oscura y un par de zapatos negros.
—¿Tienes todo lo necesario, Billy?—le preguntó, a la vez que sujetaba en su mano un sombrero blanco tejido.
Siendo un regalo de una señora mayor que ella ayudo en su recuperación en el hospital.
El pequeño asintió efusivamente.
Jezabel abrió ligeramente la boca para decir otra cosa más, pero en ese preciso momento un sonido de una bocina de un vehículo captó su atención, anunciando la llegada de aquella persona que amablemente se había ofrecido a llevarlos a ambos.
El señor Williams, un hombre mayor que vivía dos casa más alejadas de la suya, él estaba solo después de la muerte de su esposa y Bill adoraba visitarlo a menudo para que no se sintiera triste.
—Bien, es momento de ir a la famosa playa de Beaufort —dijo la rubia, mientras que caminaba fuera de su habitación y de esta manera de la casa con el niño siguiéndole adelante suyo.
(...)
—Muchas gracias, señor Williams—dijo una y mil veces aquellas palabras en todo el camino a su destino.
Ella no sabía de que manera decirle lo agradecida que estaba con él por haberlos traído hasta allí, sin cobrar absolutamente nada.
—¡Deja ya eso, niña!—le regañó el mayor con un tono de diversión.
La chica soltó una suave risa tras su expresión, mientras que Bill impaciente se bajaba de la camioneta roja del hombre, ella no tardó en imitar su acción.
—Hasta mas tarde, señor Williams—se despidió el infante, a la vez que sacudía su mano de lado a lado.
El hombre se fue poco después.
Jezabel observó como el niño salió corriendo por la arena dejándola atrás mientras reía a carcajadas felizmente.
Ella no se inmutó, lo dejó que fuera libre por un rato.
Solo se dedico a detallar el hermoso paisaje a su alrededor, la brisa marina chocando contra su rostro, la arena bajo sus zapatillas y la sinfónica que hacía el oleaje que impactaba en la tierra.
No obstante, su mirada cayó sobre un grupo de chicos adolescentes que jugaban entretenidos al fútbol, ellos tenía ciertas características similares físicamente pero que por la distancia no podía distinguir, aunque eso no fue lo único que despertó su curiosidad sino el hecho de que...
La magia corría por sus venas, percibió la energía, esencia y principalmente el alma de cada uno de ellos. Siendo esa la primera vez que se chocaba con unos seres con alma de lobos guerreros.
Ella sabía la existencia de otros seres sobrenatural pero nunca debía intervenir, era una orden directa.
—¿Puedo ir a ver cómo juegan, por favor?—le pregunto el menor, con una expresión tierna en el rostro.
Ella volteo a mirarlo y no se pudo negarse al ver el puchero.
Un humano la hacía doblegarse sólo con un gesto.
—Ve con cuidado—accedió la rubia para dejar salir un suspiro de sus labios.
Ahora entendía el por que la mayoría de los seres de su especie deseaban esto, sentir, amar y vivir.
Expresar sentimientos.
Los ángeles siempre rectos ante el llamado divino, puros e impenetrables como rocas.
Sus ojos estaban cautivada por tal maravilla natural, el mar tenía un vaivén cálmate en cada ola que trae hasta la orilla. Nunca había entendido a los mortales, siempre renegando todo cuando tenía un mundo completamente perfecto para ellos.
—¡Mamá, mira me invitaron a jugar con ellos fútbol!—escuchó una suave voz detrás de ella.
Jezabel giró para encontrar al pequeño con una sonrisa esbelta en su rostro haciendo marcar aquellos hoyuelos a cada costados de sus mejillas, mientras que en sus manos cargaba el mismo balón con el que andaban usando el grupo de chicos.
No era la primera vez que le llamaba de esa manera.
Ella se inclino hacía delante apoyando sus manos sobre sus rodillas para quedar a la altura de él.
—Demuéstrale de lo que eres capaz pequeño querubín, ni te imaginas lo orgullosa que estoy de ti—habló ella, tocándole la punta de la nariz con su dedo índice.
Bill rió risueño.
—No te preocupes, lo cuidaremos bien—una tercera voz profunda hizo su aparición de repente.
Ni siquiera la rubia se había dado cuenta de una presencia al estar entretenida con el pequeño, por lo que dirigió la mirada azulada hacía el dueño que mencionó aquellas palabras.
Era alto mucho más que ella, musculoso andaba sin camisa por lo que le permitió ver su cuerpo perfectamente tonificado junto a esa piel rojiza llamativa, cada vez que iba ascendiendo lentamente; detallo sus rasgos faciales, tal cual a los de un nativo americano, con un cabello oscuro como la misma noche y de labios finos que hacían contraste con aquellos preciosos ojos café claro...
Pero ella no debió hacer eso.
Un grave error de su parte.
Con tan solo el simple choque visual supo que todo su mundo se vino abajo, a la vez que sintiendo una corriente eléctrica recorrer su columna vertebral pero que termino en sus omóplatos donde llevaba ocultas sus mas valiosas extremidades, su garganta se seco más aún cuando a través de sus ojos oscuros logró examinarle el alma con una sola mirada.
Fugaces escenas pasaron por su mente como si se tratará de una película con un ritmo acelerada.
Ahora ella estaba en problemas.
En problemas mortales...
Los ángeles lo llaman placer divino; los demonios, sufrimiento infernal; los hombres, amor.
Ya fue muy tarde para la rubia el tratar de desviar su mirada azulada hacía otro lado, o simplemente hacer que nada acaba de ocurrir, en ese pequeño lapso de tiempo todo se tornó, tal como si estuviera en un bucle pero en cámara lenta.
El pelinegro de rasgos faciales aborígenes, sin decir ni una sola palabra, cayó de rodillas sobre la áspera arena de la playa.
Ocasionando que por un momento la perspectiva de la angelical rubia cambiará drásticamente, cesando en un silencio absoluto su alrededor, ya no estaba el sonido tan común que trae el vaivén de las olas o el singular canto de las gaviotas revoloteando en el cielo despejado de la Beaufort.
Ya no había nada, solamente en su pecho aquella cesante sensación de calidez y felicidad que la abruma como un tsunami, al hundirla en tan nuevo emoción.
Las horas pasaban de una manera tan rápida que ni siquiera ella se explicaba... ¿Cómo era posible?, bueno también se debía a su poco entendimiento al hecho de que el tiempo era relativo en su plano astral, allá no envejecen o crecen como en la tierra.
Los ángeles llegan a un punto de madurez, y ya de allí no cambian más; son así por la eternidad.
Lo único que de verdad la emocionaba, a tal punto de reírse era escuchar aquella risa tan encantadora e inocente de su protegido.
Bill estaba siendo mimado por los chicos y una chica de cabello oscuro, hermosa pero con una particular cicatriz en el rostro que bajaba hasta el cuello. Sin embargo, ella estuvo tentada una par de veces, de levantarse de su cómodo lugar bajo la brisa del mar, y el olaje que arropa sus pies para ir a golpear al pelinegro que resultó siendo su "alma gemela".
Christopher no paraba de hacerles preguntas al pequeño sin dejarlo respirar.
La rubia rodó los ojos una vez más al oír aquella pregunta siendo pronunciada por los labios del chico hacía el niño.
"¿De verdad, es tú mamá?"
Ella estaba a sólo un movimiento de pararse e ir a decirle en la cara que ella era la "mamá" del castaño encantador. Pero la acción no se llevó a cabo porque para su sorpresa el menor se levantó y se fue corriendo en su dirección.
Algo que calmó totalmente a la rubia, la cual solo observaba que nada le pasará.
¿Por qué no simplemente tomo el valor de venir a preguntarle directamente a ella?
—¿A qué hora viene el señor, William?—le pregunto el niño en un tono dulce cuando llegó a su lado.
Ella automáticamente dirigió su mirada al reloj en su muñeca que marcaba un cuarto para cuatro de la tarde.
—Pronto, querubín—comentó la joven, a la vez que se colocó de pie.
Jezabel observó detalladamente cómo el niño de un momento a otro frunció el ceño, como si algo le molestará.
—Ese chico pregunto mucho por ti—expresó el castaño con aquella expresión en su frente. —¿Por qué?—interrogó, curioso.
Por un segundo el ángel se quedó en blanco, procesando la situación, ni siquiera ella sabía con claridad la respuesta.
—No lo sé, Bill a veces los humanos actúan de esa manera—explicó la de ojos azules, mientras que se encoge ligeramente de hombros.
Por supuesto, que jamás entendería a los humanos en eso está más que segura.
—¿Algún día me dejarás a mi?—formulo en voz baja el castaño.
Ella sintió como se le formo un nudo en la garganta tan profundo como espinas clavándose, al escuchar tales palabras por parte de su protegido, más aún cuando Bill tenía ese puchero infantil en sus labios y le transmite tantas emociones fuertes por la conexión entre ambos.
Jamás podría dejarlo, desde aquella noche que juro protegerlo sería para siempre.
—¡Hey!, no hagas ese puchero, sabéis que te prometí jamás dejarte, eres mi pequeño protegido—habló lentamente pero calmada, colocó sus manos con suavidad en ambas mejillas de él.
Ella se inclinó hacía adelante para plasmar sus labios en la frente del niño, a veces las acciones eran mejores que mil palabras.
—Por eso eres mi madre, aunque seguramente pronto tendré un padre—susurró el infante, a la vez que reía travieso.
Ella sintió arder su rostro de manera involuntaria, sin duda que ese era su protegido, siempre sacaba cosas en los momentos inoportunos pero eso le gustaba de su pequeño Bill.
—Billy...—murmuró la rubia, entrecerrado los ojos.
Estaba apunto de decir otra palabra pero el sonido de una bocina captó la atención de ambos, ese era el inconfundible ruido del claxon de la camioneta del señor, indicándole que su transporte acaba de llegar.
Bill se despidió del grupo de chicos que los miraba a ambos con un movimiento de lado a lado con su mano derecha y una sonrisa tierna.
No obstante, Jezabel sólo se decidió a observar fijamente como si adivinará lo que ese pelinegro llamativo en particular estaba pensando en ese momento.
¿Se volverían a ver?
Tal vez si o no...
Esa era la verdadera cuestión y ella esperaba que él no fuera un impedimento en cumplir su misión...
(...)
Tres días habían pasado desde aquel particular encuentro...
Otra vez aquella sensación en su pecho...
Otra vez sumergida en esta inmensa marea de emociones incomprensible...
Ella tenía una misión en especifica, había jurado cumplirla hasta el final, pero ahora no comprende nada de la situación, era tan absurdo y no creíble; ni siquiera para aquella pequeña ángel custodio aprendiz de la vida mortal.
¿Por qué su padre le permitió venir?
¿Por qué justo ahora tenía que lidiar con algo nuevo?
Un largo suspiró se escapó de sus labios, a la vez que paso sus manos con frustración por su rosado rostro, tenía aproximadamente quince minutos esperando a que su pequeño protegido saliera de la escuela primaria de Beaufort, y para su buena suerte una pequeña melena castaño se asomo por la entrada del lugar de estudio.
—¡Jezabel!—la voz dulce y alegra de su Bill, chocó contra sus tímpanos.
La joven rubia se levanto de un brinco de pura emoción al verlo correr ha su lado y sin decir ni una sola palabra se lanzo hacía sus brazos como la muestra más pura de cariño que le tenía ese hermoso ser que cuidaba con todo su corazón.
—Bill, mi niño te extrañe—habló la chica, mientras que lo sujetaba firme para que no se cayera.
El niño no respondió nada, simplemente la abrazó más para sentir aquella calma y serenidad que le trae consigo su "madre" así la ve siempre, como aquella figura materna que la vida no le había permitido tener pero por cosas del destino ahora estaba Jezabel en su vida.
—¿Hola?—una tercera voz dudosa resonó a sus espaldas.
Ella giró con sumo cuidado, dado que aún cargaba a su niño para observar aquel individuo que les había interrumpido su momento "maternal".
Su garganta de seco al observar la fisionomía del pelinegro de la playa parado a un metro de su posición, tenía una camisa negra perfectamente pegada al cuerpo, un jean azul marino y un par de botas oscuras Adidas.
—¡Christopher!—exclamó el pequeño infante, a la vez que se bajaba de los brazos de Jezabel.
La ángel se había quedado sumergida inconscientemente en un trance involuntario.
—Hola, pequeño ¿Cómo estás?—pregunto el pelinegro en un tono suave.
Jezabel reaccionó al ver al niño caminando hacía el hombre lobo.
—Estoy muy bien, Christopher gracias por preguntar—respondió el pequeño con una sonrisa amable y sincera en su rostro.
Ella se quedó mirando la escena un tanto confundida, dado que era la primera vez que Bill trataba a un desconocido como si fueran amigos de toda la vida, sin mencionar el hecho de la presencia de aquel chico desde hace una semana que fue la visita al mar.
Algo andaba tramando su pequeño protegido.
—¿Cómo está usted, señorita?—indagó el chico, ahora llevando su mirada hacía la rubia.
La ángel se quedó por un momento procesando lo que debía decir debía sonar sumamente cortés ante todo, además que tenía que ignorar por completo lo que esos profundos ojos ocasionaban en su ser.
¿Tal vez nerviosismo o era algo más?...
Absurdo un ser como ella puede sentir eso...
—Bien, estaba apunto de llevar a este muchachito a casa—su voz salió dulce y tan melodiosa, que ni siquiera ella supo el motivo.
Christopher sintió como sus piernas temblaron ante la voz de su impronta, aquel ser lo ponía de esa manera simplemente con mencionar un par de cosa no se podía imaginar con un poco más...
—¿Mami, Chris puede acompañarnos?—preguntó en un toque infantil e estrepitoso.
La rubia bajo la mirada al percibir los leves jalones sobre la falda de su vestido amarillo con preciosas flores de colores claros estampadas por todo este, su pequeño protegido estaba usando su encanto infantil para conseguir su objetivo y ella comenzaba acceder sin poder aguantarse.
—Por supuesto.—susurró la rubia no muy segura de sus palabras.
De cierta manera ella estaba nerviosa de tener al chico cerca, pues había algo verídico de toda la situación, los ángeles son capaces del odio, la amistad y el amor, ya sea sobre su "protegido" o sobre sus colegas; o incluso buscan la compañía de otros seres análogos a sus tendencias. No obstante, había un dato demasiado interesante sobre eso y era que ellos eran extremadamente posesivos y celosos.
Pero ella sabía que no se debe dejar llevar por un vinculo ¿amoroso?
.
—¿Te vas a quedar allí parada?—la voz profunda del chico resonó captando su atención.
La ángel custodio por primera vez en toda su existencia había sido pérdida profundamente en sus pensamientos, por lo cual, sin perder más tiempo negó varias veces con la cabeza.
Jezabel llevó su mirada azulada hacía su pequeño protegido, aquel niño castaño risueño que no perdió tiempo en tomar la mano del pelinegro con la suya y sin pensarlo dos veces la de ella para caminar en medio de ambos dando pequeños brincos de felicidad, a lo mejor haciéndose a la idea de una "familia".
¿Qué se suponía que ella debía sentir ahora?
Al parecer al chico le encantaba la idea porque sonrió ampliamente al ver la acción de Bill.
El camino fue en completo silencio al menos no era un momento incomodo, de hecho era todo lo contrario, no solo para ella como tal, sino para los otros dos chicos que no paraban de hablar entre ellos de temas que realmente la joven rubia no entendía.
Aún estaba adaptándose a ese mundo mortal.
Pero podía jurar a ciencia cierta que Bill estaba tramando algo y no deseaba usar sus habilidades para investigar.
—¡Ya llegamos!—exclamó con entusiasmo el niño, a la vez que daba pequeños brincos de la felicidad.
Una cantarina risa se escapó de los labios de la rubia al ver la adorable reacción del castaño. No obstante, sintió la pesadez de los profundos ojos del licántropo, examinandole hasta llegar a lo más estrépito de su alma.
Ella dirigió su mirada azulada hacía él, se mordió el labio inferior al sentir como una manada de elefantes pasaban haciendo estragos en su estomago.
La ángel desvió disimuladamente la vista de manera rápida, mientras que dio pasos un tanto apresurada a la puerta y de esa forma abrirla sin decir una sola palabra.
Su protegido fue el primero en entrar corriendo al interior del hogar...