Alessandra Dumont Entro en el salón principal sintiendo cómo el aire se vuelve más pesado con cada paso que doy. Allí están los tres: Juliette, mi madre, con esa sonrisa ensayada que siempre usa para sus eventos sociales Thiago, quien me recibe con una mirada que intenta ser encantadora pero que a mis ojos resulta intrusiva y Alistair, quien permanece de pie junto a la chimenea, luciendo un traje oscuro que parece una segunda piel. Siento la tensión en la mandíbula de Alistair es un rastro de una violencia contenida que solo yo puedo interpretar correctamente. —Buenas noches, Thiago —digo, acercándome con un movimiento ensayado, forzando una dulzura que me resulta ajena—. Qué amable de tu parte venir, muchas gracias por aceptar la invitación. Él me toma la mano, y aunque el contact

