La camiseta aún tenía pliegues, probablemente de cuando había estado doblada en una repisa de la tienda y luego se quedó así en el clóset de los Sadler. Pero era suave y abrigada, y sería mucho más cómoda para dormir que los jeans y el suéter que llevaba puestos. El único problema era que quedaba apretada en las caderas y las piernas eran demasiado largas. Tuve que remangarlas para no andar por la casa como una niña pequeña. Ya había una sentada en la mesa. Cuando entré a la cocina, él alzó la vista hacia mí con unos ojos azul brillante, el reflejo exacto de los de Ray. —Hola. —Hola —respondí con una sonrisa—. ¿Cómo te llamas? —Jonah. Como la ballena. —¿Jonah era el nombre de la ballena? —bromeé. Echó la cabeza hacia atrás y se rió. —No, del tipo que se comió. Pero mamá dice que eres

