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El Club de las Curvys

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Blurb

🏈💔 El mariscal de campo del que todas están enamoradas.

La chica gorda que nunca debería mirarlo… y lo hace. 🎨

Yo no encajo.

No en los pasillos, no en las fotos, no en las historias bonitas que cuentan sobre chicas como ellas. Mientras todos suspiran por Ryder Williams —perfecto, popular, inalcanzable—, yo paso desapercibida, escondida detrás de sudaderas grandes y cuadernos de dibujo.

Pero el amor no pide permiso.

Y mucho menos entiende de cuerpos, reglas o jerarquías.

Ryder es todo lo que se supone que no puedo tener.

Yo soy todo lo que se supone que él no debería querer.

Cruzar miradas con él ya es peligroso.

Acercarme, aún más.

Porque en un mundo que no perdona a las chicas como yo, enamorarse del mariscal de campo puede costarlo todo.

Y aun así… no sé cómo dejar de hacerlo. ❤️‍🔥

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Capítulo 1
Me llamo Leah, y llevo enamorada de Ryder Williams desde que tenía doce años. Todo empezó en el patio del colegio público al que íbamos antes de que sus padres pudieran pagar Prescott Academy y los míos decidieran que una beca parcial era suficiente para mantenerme en el sistema público un año más. Yo estaba sentada en el columpio oxidado, con mi mochila rosa llena de parches y un libro de fantasía abierto sobre las rodillas, cuando él pasó corriendo con el balón de fútbol bajo el brazo. Se tropezó con la raíz de un árbol, el balón salió volando y aterrizó justo a mis pies. Lo miré. Él me miró. Y sonrió. —Perdón —dijo, agachándose para recogerlo—. ¿Estás bien? Yo solo asentí, porque las palabras se me habían atascado en la garganta. Tenía el pelo revuelto por el viento, las mejillas sonrojadas del esfuerzo y unos ojos color avellana que parecían cambiar según la luz. Desde ese día, Ryder se convirtió en el protagonista secreto de todos mis diarios, de todas mis fantasías, de cada suspiro que soltaba cuando nadie miraba. Los años siguientes fueron una tortura dulce. Cuando él se cambió a la academia privada, pensé que lo perdería para siempre. Pero el destino —o quizás la casualidad cruel— quiso que nuestras escuelas compartieran pabellón deportivo para algunos partidos y competencias. Yo iba a todos los que podía, inventando excusas ridículas: “tengo que hacer un reportaje para el periódico escolar”, “mi hermano juega en el equipo contrario”, “me encanta el ambiente”. Mentira. Solo iba a verlo a él. Lo veía marcar goles, celebrar con sus compañeros, reír con esa risa abierta que hacía que se le formaran hoyuelos en las mejillas. Y cada vez que sus ojos recorrían las gradas, yo bajaba la mirada, convencida de que si me pillaba mirándolo demasiado, se daría cuenta de todo: de que memorizaba la forma en que se pasaba la mano por el pelo cuando estaba nervioso, de que sabía exactamente en qué minuto del partido pedía agua, de que había guardado una foto borrosa de él en mi celular desde hace tres años. Ahora tengo diecisiete, voy a Prescott gracias a una beca académica que casi me mata conseguir, y comparto clase de matemáticas con él. Sentarme dos filas detrás le da a mi día un motivo para existir. Observo cómo muerde el extremo del lápiz cuando piensa, cómo se estira en la silla cuando la clase se hace eterna, cómo a veces mira por la ventana como si el mundo fuera más grande de lo que todos creemos. Él ni siquiera sabe mi nombre. O eso pensaba. Pero llevo cinco años construyendo un castillo entero en mi cabeza con él como rey. En mis sueños, me salva de dragones, me lleva a pasear en su camioneta vieja, me besa bajo la lluvia después de un partido importante. En la realidad, soy la chica gordita del uniforme que siempre lleva libros extras en la mochila y que se pone roja como tomate si alguien le habla directamente. Y aun así, no puedo dejar de quererlo. A veces, por las noches, me pregunto si alguna vez me mirará de verdad. Si algún día dejará de ser el chico inalcanzable del balón y se convertirá en alguien que me vea. Que me elija. Hasta entonces, sigo aquí. Enamorada en silencio desde los doce años, guardando cada sonrisa suya como si fuera un tesoro. Y aunque duela, no cambiaría nada. Porque querer a Ryder Williams, aunque sea desde lejos, es lo más vivo que he sentido en toda mi vida.

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