Su hermano quería saber si nos apetecía chocolate caliente. Chocolate caliente. La bebida. Todo parecía incomprensible con la cabeza —y el corazón— en las nubes. Él se volvió hacia mí, y sus ojos perdieron un poco de intensidad. —¿A ti te apetece? Asentí de forma torpe. ¿Cómo podíamos volver a la realidad —al chocolate caliente— después de haber comunicado, sentido, algo así? —Sí —respondió Ray en voz alta. Los pasos se detuvieron y luego volvieron a subir por la escalera. Ray se levantó y me tendió la mano. Yo me levanté y puse la mía en la suya. Era grande y envolvía la mía con facilidad, como si pudiera protegerme físicamente y mantenerme a salvo. Tenía que admitir que, en casa de Ray, me sentía completamente segura. A veces incluso más que en la casa de mis padres. Mantuvo nuest

