—Debo hacerlo. Es el hijo de mi jefe. —Pues te lo ordeno —replicó, aspirando el aroma de su cabello sin decencia—. Trabajas demasiado, Agnes. Deberías descansar. —No lo necesito. Con un esfuerzo, Agnes logró liberarse. Retrocedió agitada, mirándolo con molestia y sorpresa. ¿Qué le pasaba a ese hombre? Cada vez se volvía más atrevido. Si alguien los veía, ella podría ser despedida. —No me toques así, Ryan —le advirtió. —Tu voz suena bien cuando dices mi nombre —murmuró él, ladeando una sonrisa fría. Eso no podía continuar. Agnes debía ponerle fin a esa actitud descarada. Aún no entendía cómo alguien a quien apenas conocía desde ayer se tomaba semejantes libertades. Algo no andaba bien en él. —Estoy trabajando, Ryan. Déjame sola. —¿Me estás echando de mi propia casa? —No es lo que.

