Abrí los ojos lentamente, con esa sensación extraña de haber llorado en sueños.El sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas, dorando la habitación con una luz suave que contrastaba con el peso que sentía en el pecho.
Y allí estaba él, mi pequeño Max
Estaba a mi lado, dormido boca abajo, con los brazos extendidos como si abrazara el mundo.
Su cabello castaño estaba alborotado, y su carita dulce transmitía una paz que a mí me resultaba imposible alcanzar últimamente.
Sus pestañas largas, su naricita perfecta, y esos ojos celestes… los mismos que los míos.
Un espejo diminuto de mí misma.Un recordatorio de que, aunque me sentía sola, yo ya era todo para alguien.
Él, mi hermanito, mi bebé y mi motor.
Max tiene apenas tres años, pero a veces me habla como si tuviera treinta.Es increíblemente listo, observador y curioso.Como si la vida le hubiese obligado a crecer más rápido, igual que a mí.
Deslicé los dedos con suavidad por su espalda tibia y sentí que algo dentro de mí se calmaba, aunque fuera por un momento.
—Buenos días, mi amor… —susurré.
Sus ojitos se abrieron de golpe, brillantes y felices al verme.
—¡Alé! —me dijo con esa forma única de pronunciar mi nombre, medio arrastrada por su vocecita de niño pequeño.
—Shh… aún es temprano, Maxito.
Pero él ya estaba incorporándose, con su energía incansable, y abrazándome con fuerza.
—Soñé contigo. Estábamos en una casa con un perro gigante… —me contó, completamente emocionado—. Y comíamos helado en el techo.
Reí por primera vez en días.Ese tipo de sueños solo podían existir en su cabecita mágica.
—¿Un perro gigante, eh? ¿Y no me caí del techo? —bromeé.
—No, porque yo te sujetaba. Siempre te sujeto.
Mi sonrisa se apagó un poco porque él no debería sujetarme.Yo debería ser la que siempre lo sujetara a él.
—Te amo, Max. Más que a nadie.
—Yo también, Ale. Aunque a veces estás triste. ¿Es por Dani?
Mi corazón se encogió.
—¿Tú qué sabes de eso? —pregunté con un hilo de voz.
Max se encogió de hombros.
—Porque no vino ayer. Ni antes. Y tú lloraste cuando pensabas que dormía.
Preparé el desayuno con lo poco que quedaba en la nevera: un par de huevos, pan tostado algo duro y un poco de fruta ya madura. No era gran cosa, pero Max lo devoró como si fuera el festín más delicioso del mundo.
—¡Está rico, Ale! —me dijo con la boca llena—. ¡Quiero más!
Reí, intentando aferrarme a ese momento sencillo, bonito, donde todo parecía normal… aunque dentro de mí, nada lo estaba.
Después de recoger la mesa, lo senté con sus juguetes y me dispuse a lavar los platos cuando alguien golpeó la puerta.
Tres golpes secos, frmes y altivos.
Me asomé por la ventana, con el estómago ya encogido de intuición.
Era ella, la señora Eva Mackansie la madre de Daniel.Dueña de una mirada que siempre me hizo sentir pequeña.
Le abrí, y ni siquiera se molestó en saludarme.
—Tienes dos horas para tomar tus cosas y largarte.
Parpadeé, creyendo que había oído mal.
—¿Perdón?
—Has oído bien. Ya es suficiente, Alessia. Mi hijo ha tenido caridad contigo más tiempo del que debía, pero esto se acabó.
—¿Qué dice? No entiendo...
—No finjas inocencia. Eres mayor de edad, no eres familia, no tienes derechos. Esta casa la paga Daniel, y tú ya no estás invitada.
Su tono era gélido. Sus ojos me recorrían con desprecio.
—Ni abrirle las piernas te va a funcionar para sacarle dinero.
Me quedé inmóvil. Como si el golpe lo hubiese recibido en el pecho.La vergüenza, la rabia, el dolor… se me arremolinaron por dentro.
Respiré hondo.
—No me puede echar porque Estoy embarazada de Daniel.
Esperaba que se sorprendiera. Que se ablandara. Que mostrara un mínimo de humanidad, pero lo que hizo fue reírse.
Una carcajada seca, falsa, cruel.
—¿Crees que con eso vas a atarlo a ti?. Eres una niña estúpida. Una zorra desesperada.
—No me insulte, señora.
Entonces sacó algo de su bolso.Un sobre blanco. Lo dejó caer sobre la mesa con desprecio.
—Ahí tienes un cheque. Para que te “ocupes” del problema. Lo firmas, te lo dan, te lo sacas. Y desapareces.
No lo toqué.
—No voy a matarlo, es mi hijo y de Daniel.
—No es un hijo, es un error. Uno que aún puedes corregir.
—No para mí.
Ella me miró con esa superioridad heredada de siglos, como si fuera inmune a todo.
Luego, dio un paso hacia la puerta.
—Tienes dos horas, Alessia. O vendrán a sacarte por la fuerza.