Capítulo 24

4769 Words
Una vez Ansel se entusiasma por algo no hay vuelta atrás. Lo veía ir y venir a lo largo de mi habitación como si estuviese frente a un partido intenso Tennis. Intentaba ahuyentar el sueño, pasándome las manos por el rostro cada vez que sentía que caería de cara contra la almohada. No entiendo por qué Shelby lo dejó entrar tan temprano, pero supongo que en realidad no le prestó mucha atención a la hora. Ayer finalmente tuvo una extensa conversación con Collin de la cual desconozco detalles, pero que la ha mantenido sonriente desde entonces. En mi mente todo seguía siendo un caos aquí en la casa, sin embargo ella besó mi frente y aseguró que mi hermano había vuelto a ser el mismo. Según yo, no. Ni siquiera me hablaba. —... Entonces decidí venir, porque no se me ocurre cómo demonios debo ir vestido a una fiesta de pijamas—concluyó, parándose frente a mí en el centro de la habitación. No había logrado captar la mitad de lo que dijo, aún trataba de procesar el hecho de que entró arrojando mi puerta contra la pared adyacente mientras vociferaba que era hora de levantarse. Mi única respuesta inteligente fue sentarme en medio de un gran sobresalto y quedarme viéndolo entre confundida, asustada y adormilada los ocho minutos que duró su palabrería. —Uh, no lo sé, ¿Con una pijama?—hablé por fin, sintiendo la garganta seca y áspera. —¿A quién se le ocurre avisar que su fiesta tendrá temática el mismo día? Las invitaciones las pasó casi que hace años, ¿No podía decirlo en ese momento? Busqué con la mirada algo con lo que pudiese recogerme el cabello y, tras sujetarlo en una coleta que dejó mucho que desear, arrastré los pies hasta el baño. Por un instante me pregunté qué clase de amigos tengo. ¿Era necesario mantener esta conversación a las 5:00 A.M? No. Por supuesto que no. —Algún pijama debes tener—dije, llenando de pasta dental mi cepillo. Ansel apareció en el reflejo de mi espejo, asomándose sin previa invitación. —Tú sabes que no. Frunció los labios. El pelinegro entra en la categoría de personas a las cuales les gusta dormir como Dios los trajo al mundo. Sólo rompe su rutina cuando se queda a dormir en casas ajenas, como la mía, pero utiliza prendas que en sí no son pijamas. —Pues usa una camiseta cualquiera. —Imposible, Helena estará allí. Casi me ahogo con la crema dental. Escupí en el lavabo y me enjuagué la boca, mirándolo sorprendida a través del cristal. —¿Helena qué? —Le dije que iría a una fiesta del colegio y me preguntó si podía venir conmigo. —¿Helena preguntó qué? Ansel resopló con hastío, rodando los ojos. —Ella es una chica justo como tú, ¿Qué hay de sorprendente en que quiera acompañarme? Me encogí de hombros. No creía que ella fuese clase aparte, claramente es tan humana como todos nosotros, pero tampoco me pareció probable que quisiera salir así de su zona de confort de repente. —Nada, es sólo que, no lo sé, ya me había resignado al hecho de que nosotros no hacemos cosas tan interesantes como ella. —¿De qué hablas? Terminé de cepillarme, lavé mi cara y luego me giré para enfrentar al chico. Aguardaba expectante por una respuesta. —Aún no son novios y te llevó a una “reunión social” de esas que apenas he visto en películas, a un club de equitación, a una sede de paracaidismo, a una clase de natación interactiva con delfines y a la granja kilométrica de sus tíos a tres estados de distancia. Admite que en comparación nuestras vidas deben ser muy aburridas. —Puede ser—coincidió—. Pero, de todas formas, eso no nos hace menos atrayentes. Definitivamente es un indicativo de que nos falta dinero, tiempo o dedicación, quizá las tres cosas juntas, pero no nos define... O eso creo.  —Bueno, a ti te quiere así ¿No? Cada tanto le preguntaba lo mismo. Mi intención es que algún día la respuesta le salga con absoluta convicción. Salí del baño con la energía renovada. Por fin conseguí despertarme. —Sí. Ella es fabulosa, de verdad, vas a amarla. Al principio no habla mucho, es un poco tímida, pero si encuentra un tema en común contigo entonces no se alejará durante toda la noche. No supe qué contestar, me limité a asentir. Inevitablemente me había creado ciertos juicios con respecto a Helena basados en primeras impresiones que nunca tuve, conclusiones, retazos de información o conversaciones, pero, como eso no era justo dado que no le había dado siquiera la oportunidad de ser ella misma la que se presentara frente a mí, me obligué a desecharlos. —¿Has hablado hoy con Xanthia?—cambió drásticamente el tema, dejándose caer sobre mis mantas desordenadas. —No, ¿Y tú? Le envié un último mensaje antes de acostarme a dormir, ayer por la noche, y hoy no había tomado la iniciativa de buscar mi teléfono para saber si respondió. —No... ¿Crees que podamos convencerla de ir a la fiesta? Medité esa probabilidad con absoluta seriedad. Esta semana ha sido especialmente dura para ella, de forma literal vive el duelo de su ruptura con Zane. Apenas come, pasa la mayor parte del tiempo dispersa en sus propios pensamientos, procura no hablar más de la cuenta, llora durante horas por la noche, de modo que no está durmiendo como debería, se ha olvidado de ocuparse de ciertos asuntos básicos como hacer las tareas del colegio o colocarse correctamente una camiseta (ha ido dos días con la franela al revés) y su lado hostil se ha destacado. La he disuadido en tres ocasiones de llamar a Zane, y dormido en su casa dos noches porque confesó que ha tenido la súbita necesidad de salir a buscarlo por allí. Lo menos que querría hacer sería asistir al cumpleaños de Harold. —Sí. Sin embargo, Ansel y yo somos bastante hábiles con eso de persuadir. —Le diré que venga. —No, mejor vayamos nosotros. —¿Tú crees? —Sí. Metí en un bolso de equipaje que encontré en lo más recóndito de mi closet todo lo que creí que podía necesitar y sustituí lo que llevaba puesto por un conjunto sencillo. Me miré un instante en mi espejo, frunciendo el ceño. Lucía como de costumbre, no me veía terrible, pero comenzaba a sentir que esa imagen ya no era suficiente. Shelby nos ordenó comer la doble ración de panqueques con miel y mermelada que preparó para ambos antes de salir. Yo no tenía intenciones de regresar hasta después de la fiesta, habría sido una pérdida de tiempo, por lo que ella quería asegurarse de que al menos tomara el desayuno. Ya había conseguido la información que necesitaba sobre la casa a la que iríamos; conocía a los padres de Harold, pero, aun así, me sorprendió que no realizara otro interrogatorio policial para verificar que no hubiésemos mentido la primera vez. Hace días Shelby no luce tan radiante, etérea, libre de preocupaciones. No entiendo qué tan bien pudo haber ido su charla con Collin, si él se había propuesto odiarla, para que ahora mismo actúe como la tía alegre y cariñosa que yo conozco. Durante un tiempo sólo fue un manojo de reflexiones, preocupación, angustia, culpa y ojeras. Nada le arrancaba una sonrisa. Decidimos caminar, por algún motivo Ansel, que tiene un auto súper genial y perfectamente funcional, prefiere usar sus pies como método de transporte predilecto, y por turnos cargamos con la maleta poco práctica que a mitad del trayecto me arrepentí de haber traído. Debatimos sobre lo que le diríamos a Xanthia apenas la tuviésemos enfrente, con esa expresión de sufrimiento eterno, y llegamos a la conclusión de que cada una de nuestras ideas era más estúpida que la anterior. Parecía misión imposible venderle la fiesta como una solución a todos sus problemas, pero debíamos hacerlo. Optamos por discutir otro tipo de asuntos y acordamos que al final nos dejaríamos llevar por lo primero que se nos ocurriera. Xanthia no se mostró sorprendida al vernos, francamente no demuestra nada más que indiferencia o decaimiento, y no tardó ni dos segundos junto a la puerta antes de darnos la espalda para encaminarse al sitio donde anteriormente se encontraba. Tenía un desastre de snacks y frituras sobre la mesa caoba donde Teresa exhibía sus cuadros familiares, y la TV encendida en un canal de infomerciales. Sentí que la habitación estaba cargada de un olor extraño, como una mezcla de humedad y papas fritas rancias, además una fuerte sensación de pesar. Teresa es una persona muy meticulosa con el orden, a pesar de que prácticamente nunca está en casa le paga semanal a una señora para que se ocupe de la limpieza, pero está siendo muy permisiva con Xanthia esta vez. La pelinegra hizo un solo comentario al respecto; desde que casi muere su madre se ha mostrado comprensiva. Asumo que debe estar enterada del asunto con Zane, y como tanto lo odiaba, supongo que es un placer para ella permitir que Xanthia se desahogue a sus anchas si de esa forma deja al chico en el pasado. Coloqué mi bolso en el único espacio libre de migajas o cucharas pegajosas que encontré y me fijé en cómo una mujer rubia y esbelta sonreía a la cámara mientras probaba su nueva máquina para trotar en casa. Ansel, por su parte, repasó el entorno con el ceño fruncido y una mueca de disgusto. Tocó con la punta de su dedo índice un trozo de pan frío que descansa sobre el plato más cercano y luego lo apartó como si el alimento le hubiera soltado una descarga eléctrica. —Así que... ¿Inaugurarás un basurero? Xanthia rodó los ojos, llevándose una galleta de vainilla con chispas de chocolate a la boca. —Si no te gusta no mires, O'Sullivan. Si el metabolismo de esa chica no fuese tan rápido posiblemente habría aumentado unos cinco kilos. Desde que la trajimos a su habitación aquel lunes, con ella desecha en lágrimas, no ha parado de comer por ansiedad. Nos pidió que le pasáramos una caja de bombones e inició su larga travesía de aspirar todo lo que luzca mínimamente comestible y esté lleno de calorías. —Podría discutir contigo, que quizá es lo que quieres, pero no vine a eso—puntualizó Ansel, abriéndose un espacio entre la cantidad gigantesca de envases vacíos sobre la mesa de centro para poder sentarse justo frente a nuestra amiga—. Asistiremos al cumpleaños de Harold. Ella no alteró el gesto. Masticó el último trozo de galleta y lo tragó. —No lo creo. Estiró los brazos por encima de la cabeza, poniéndose de pie con una parsimonia contagiosa. Sentí que volvía a tener sueño. —¿Sí notaste la parte en la que usé un tono autoritario, como si fuese una orden? En dado caso de que no lo hayas hecho, que accedas no es opcional. A su vez, él se levantó. —¿Vas a obligarme? —Mira, yo entiendo que estás pasando por una situación dolorosa. Es por ello que te dejaré hundirte en la tristeza cuando me dé la impresión de que es necesario, porque reconozco que este tipo de cosas deben vivirse para poder superarse, pero... No, tampoco consentiré que te consumas día tras noche en un mar de nostalgia. Debes ser capaz de ver más allá de todo esto al menos durante media hora. —Por supuesto que no vamos a forzarte a ir con nosotros si no es lo que deseas—me entrometí—. Sólo creemos que esto te vendría bien. Se lo pensó varios minutos, en silencio, mientras de fondo oíamos que un sujeto extremadamente animado presentaba un nuevo utensilio para cortar pepinos y zanahorias con facilidad. —No lo sé, escuché que hará la ridiculez de una fiesta temática—arrugó la nariz—. Odio ese tipo de cosas. —Tú me hiciste prometer que iríamos juntas a la siguiente fiesta que alguien del salón organizara, ¿Lo olvidaste? Saqué mi mejor carta. Estoy orgullosa de mí misma por seguir recordando aquella conversación. Por el contrario, ella pareció no entender a qué me refería. Entrecerró los ojos, como buscando en sus archivos mentales el momento exacto en el que eso ocurrió y luego, al dar con él, los abrió de vuelta. —Fuimos a tu fiesta después. Chasqueé la lengua. —Eso no cuenta, porque era mi fiesta. —Bueno, vale, entonces olvida lo que dije. Sacudió una mano en el aire para aplicar énfasis en eso último, de tal manera que pareció querer borrar ese recuerdo con sus dedos. —Me temo que no será posible. —Anda, Xanthia, conocerás a Helena—dijo Ansel, sonriendo con auténtica emoción. A mi amiga se le dispararon las cejas hacia arriba, por primera vez demostró interés por el hecho de que estuviésemos en la misma habitación que ella. —¿Helena irá? —Sí. —¿Y eso? Ansel se encogió de hombros. —¿Tiene que haber un motivo aparte de que desee pasar tiempo conmigo? —Sí. —El punto—respiró hondo—, es que por fin podrán saciar esa curiosidad absurda que tienen con respecto a ella. Xanthia se mordió el labio inferior, pensativa. —De acuerdo—asintió, ligeramente perdida en sus pensamientos—, los acompañaré. Pero sólo porque necesito saber si esa pelirroja es tan estirada como me parece. —Ya verás que no—aseguró Ansel—. Helena es la definición de la chica ideal. Pasamos la mañana inmersos en una conversación distendida que, vista desde cualquier perspectiva, no tenía mucho sentido. Luego dedicamos las horas del mediodía y la tarde a prepararnos un intento de almuerzo y a adecentar nuestra imagen. Tampoco tuvimos que esforzarnos mucho, dado que era un poco difícil hacer que un par de pijamas fuesen más que eso con cero presupuesto. Ansel tomó prestados unos pantalones de algodón a cuadros que el novio de Teresa dejó sobre la secadora y mantuvo la misma camiseta que cargaba puesta. Si hubiera querido habría podido comprarse una tienda entera de ropa para dormir, pero en ocasiones Ansel solía olvidar que podía usar su dinero. Xanthia no era la viva imagen de la felicidad, aunque por lo menos estaba comportándose más como alguien que está dispuesto a avanzar por allí sin echarse a llorar en un rincón de forma repentina, y se veía hermosa con el conjunto que decidió usar. Tenía el aire informal de estar a punto de acostarse, pero como si pretendiera hacerlo sobre sábanas de satén en una habitación del Burj-al-Arab. —¿Cómo nos iremos? Si dejaste tu auto. Ansel puso esa expresión de desconcierto que siempre coloca cuando piensa por primera vez en un hecho evidente en el que debió fijarse al principio. —Uh... Comenzaba a calcular la distancia entre esta casa y la de Harold, que he visitado en una sola ocasión años atrás, cuando Ansel pronunció la que sería nuestra solución con evidente pesar. —Le diré a mi padre que me preste a su chófer. —Oh, qué terrible dilema, ¿Harás semejante sacrificio?—se burló Xanthia—. Yo digo que es un riesgo demasiado grande como para correrlo. Nuestro mejor amigo tomó el teléfono con una mueca en el rostro. Se sentó sobre un sofá y apoyó el aparato contra su oreja. En cierto momento su semblante cambió de forma drástica; endureció el gesto y lo trasformó en una actitud implacable. —Buenas noches, padre. Su voz salió fuerte y clara, en contraposición a su dicción poco coherente a la que todos estamos habituados. Xanthia se situó a las espaldas del chico para poder hacer gestos tontos en un intento por imitarlo, robándome una sonrisa. —Sí... No... Lo sé, pero no te llamé para hablar de eso... Por supuesto, no soy estúpido... Dios santo, ¿Habrá un día en el que no me lo recuerdes?—como ya es costumbre, el pelinegro iba alterándose a medida que la plática con su progenitor se expandía—. En fin, a lo que iba... No, padre, ya sabes que me encanta hablar contigo... No, no es sarcasmo... Sí, ya sé cuál es su definición... ¿Curso de lingüística? No necesito un curso de... Mi ortografía es perfecta, ¿De dónde salió eso?... ¡¿Podrías callarte un jodido segundo?! Ugh, no, no me interesa… Es que es algo que tú no te ganas…  Voy a necesitar a tu chófer. Adiós. Y colgó, respirando agitadamente. Sujetó el teléfono con fuerza y lo arrojó contra el sofá de enfrente, lanzando un gruñido cargado de irritación. Xanthia incluso parodió ese ataque repentino de rabia, restándole seriedad. En medio de dos cojines se empezó a escuchar aquella típica melodía que indica la entrada de una llamada. Ansel no se inmutó, se había cubierto el rostro y trataba de masajear el punto entre sus dos cejas con las puntas de sus dedos. —A veces en serio no lo soporto. Desearía no tener que hablarle nunca, nos va mejor así. —Bueno, no quiero sonar insensible pero... ¿Llamarás o no al chófer? Ansel se volteó para mirar a nuestra amiga con verdadero hastío. —No—dijo, muy seguro, pero de todas formas lo hizo. Nos agrupamos frente a la casa de Xanthia, tomados de la mano, como tres chicos un poco inverosímiles a los que se les había ocurrido la brillante idea de dormir sobre el césped. Un par de personas nos observaron con extrañeza hasta que Jonathan, el chófer, apareció. —¿Se me permite saber por qué no están vestidos correctamente?—cuestionó, elevando una ceja mientras nos estudiaba a través del espejo retrovisor. Jonathan es quizá un par de años mayor que nosotros. Casi no hemos coincidido, pero es cordialmente agradable. —Fiesta temática—bufó Xanthia, evidenciando su desacuerdo hacia la idea. —Oh, vaya—puso el auto en marcha, desviando la atención hacia la carretera—. Creí que dormirían en la calle, quizá como parte de alguna huelga. —Oye, Jonathan, ¿Crees que podamos buscar a Helena? Ansel agarró una barra de chocolate que su padre mantenía cerca de las puertas en pequeños compartimientos y abrió el envoltorio. El aludido frunció el ceño, sin despegar la vista del camino. —La señorita vive literalmente en el lado opuesto de la ciudad, ¿Me equivoco? —Uh, sí. Es que no quiere llegar sola, por todo el asunto de que sólo me conoce a mí. El chico pareció pensarlo. —Esto es lo que haremos; dejaré a sus amigas en la fiesta y luego, si gusta, puede acompañarme para ir por Helena. —Vale—Ansel lució satisfecho, y entonces se acabó su barra como un niño pequeño que ha obtenido absolutamente todo lo que deseaba. En poco tiempo ya estábamos en el sitio. Para ser una fiesta con temática de pijamas, a través de la ventanilla no me pareció que alguien quisiera dormir. La fiesta estaba en su auge, y apenas eran las siete de la noche. La música sonaba a un volumen excesivamente elevado y la puerta de la entrada se hallaba abierta por completo, había personas transitando por cada espacio visible y todos tenían algún conjunto de estampados divertidos. Algunos sujetaban vasos plásticos o sándwiches a medio comer, otros charlaban, se daban golpecitos de broma o les faltaba poco para quitarse la ropa. El ambiente era salvaje, me pareció advertir que alguien saltaba sobre un chico, que quizá fuera Troye, para morderle la mejilla. —De acuerdo, voy por Helena y regreso. Probablemente les escriba para poder encontrarlas rápido ¿Ok? Asentí, un tanto aturdida. Xanthia pareció fascinarse ligeramente por el caos que observaba. Allí había una concentración de gente mil veces mayor a la que hubo en mi cumpleaños, y apenas podía oler algo que no fuese el desodorante de alguien. Me pegué a Xanthia en cuanto pusimos un pie sobre la acera, un par de personas se giraron para mirarnos con curiosidad pero nadie hizo el amago de acercarse. No los conocía, y dudaba que ellos a mí sí. Harold es el tipo de chico que estrecha relaciones incluso con quienes viven a un océano de distancia. Para mi sorpresa no fue difícil abrirnos paso. Eran lo suficientemente educados como para apartarse cuando les pedíamos permiso. Pero, en cierto sitio de la sala amplia en la que nos encontrábamos, nos dimos cuenta de que ya no sabíamos hacia dónde movernos. Cuando yo estuve aquí Harold me condujo directamente a un diminuto jardín privado donde tomamos asiento sobre unas sillas de metal para resolver ejercicios de inglés, no recuerdo la distribución de los espacios ni si la fiesta sólo se lleva a cabo entre este cuarto y la parte frontal. Juntas buscamos rostros conocidos en medio de la marea de cuerpos perfumados hasta que por fin nos topamos con uno: Carl. Los rizos del pelirrojo se sacudían sin control a medida que él bailaba la canción que emitían los parlantes; una fusión bastante llamativa de rock con pop. Parecía estar hablando con alguien, pero desde aquí no alcanzamos a confirmarlo. A cinco pasos de él notamos que su pareja de baile era Susan. —¡Chicos!—los llamé. Primero repasaron a Xanthia, sorprendidos, y luego a mí. Es de dominio público el hecho de que mi mejor amiga anda por los pasillos con el aura más oscura y cargada de pesimismo posible. Escuché por ahí que alguien aseguraba haberle visto tirar una prueba de embarazo, que dio positivo, detrás de las gradas—. ¿Cómo están?, ¿Han visto a Harold? —Está en la piscina, junto con los demás Dudé. No me parecía especialmente emocionante la idea de arrastrar a Xanthia hacia otro lugar con alta concentración de agua. —¿Quiénes son “los demás”? —Ya sabes, los chicos del colegio. Por algún motivo a él le parecen más interesantes que sus amigos extranjeros. —¿Amigos extranjeros? Carl apuntó con la cabeza hacia la zona detrás de nosotras y entonces, guiada por la curiosidad, me giré. Había alrededor de cuatro pares de ojos viéndonos con indiscreción. Recaí en el hecho de que el pelirrojo y Susan no bailaban solos. —Son agradables, pero sólo hablan inglés—dijo Susan, que parecía fascinada por el simple hecho de que estas personas estuviesen de pie frente a ella. A continuación, se dirigió a ellos—. They're my friends, Heaven and Xanthia, both think that you're very cute. But this girlies just talk Spanish—rodó los ojos al final. Me dio la sensación de que nos creyó tontas. —También puedo hablar inglés, Susan, estoy en la misma clase que tú. Permiso. Xanthia sujetó mi mano y tiró de mí hasta que finalmente hallamos la zona abierta de la piscina. Me sentí ansiosa de pronto, pero al voltear hacia mi mejor amiga noté que ella se encontraba neutral. —Allá están. No esperó a que lograra identificar el grupo que buscábamos entre la multitud cuando siguió halándome hacia ellos. Pronto los alcanzamos, y todos centraron la atención en ambas. Harold, sonriente, rodeaba por los hombros a Darren, junto a este último se encontraba Brandy, Reels, Madison, Joshua, Sherlyn, Jennifer y Theo. Mis ojos recayeron sobre este último cinco segundos más de lo necesario. Casi no hemos interactuado desde el lunes, cuando Xanthia me soltó a la cara aquella retahíla de pequeñas verdades sobre mi relación con él. Después de ese momento tan incómodo cada uno tomó su camino, él aseguró que debía marcharse con urgencia, pero que si necesitaba algo podía llamarlo, y, en general, no hemos hablado. En ocasiones nos encontramos en los pasillos, pero evito incluso el mirarlo demasiado. Lo he saludado, y ya está. Ahora mismo me siento ligeramente fuera de lugar en su presencia porque no dejo de pensar... ¿Será cierto que no le importo en lo más mínimo? ¿Todavía? No diré que es el pilar de mi mundo, ya que no es así, pero tampoco podría decirle a alguien, a estas alturas, que Theo me da completamente igual. Ya no. Es algo parecido a un amigo, y suelo apreciar a mis amigos. No obstante, es cierto que él no parece sentir lo mismo que yo. —¡Chicas! La voz del cumpleañero me extrajo de mis pensamientos. Theo me analizaba, indiferente, a la par que Jennifer le comentaba algo. —Feliz cumpleaños—dije, aproximándome para abrazarlo. Xanthia se conformó con darle una palmada en el hombro. Estudié a los otros chicos de nuevo y me di cuenta que sólo Harold y Darren pertenecen a mi sección. —Creí que no vendrías...—se aclaró la garganta, borrando la sonrisa y clavando los ojos con fijeza sobre mí—. Vendrían, quise decir. —En plural—agregó Reels, con una sonrisa socarrona. —Así es—confirmó Harold, tratando en vano de relajarse. Xanthia rodó los ojos, por supuesto que había captado el mensaje—. ¿Y Ansel? —Viene en camino. Con Helena. —¿Helena?—Brandy hizo un puchero—. No sé quién es, pero suena a que me arruinará la diversión. Sherlyn se giró para mirarla, perpleja. —¿Tenías a Ansel en mente? Fruncí el ceño. La castaña se encogió de hombros. —Hemos estado hablando. E hice una nota mental para preguntarle a Ansel por esto. Jamás mencionó ningún acercamiento con Brandy, la chica que, junto a Luan, destruyó mis ilusiones de adolescente hormonal con aspiraciones a una relación estable y bonita. Si él va a hablar de una chica, esa es Helena. Últimamente desconoce la existencia de otros nombres. —En fin, a lo que íbamos—dijo Joshua, quien por alguna desconocida razón lleva el torso descubierto—. Cumplan el reto—indicó en dirección a Jennifer, pero, para mi sorpresa, el que respondió fue Theo. —Yo aclaré desde el principio que no participaría. Oh, ¿Así que ya estamos en la parte de los retos? —No seas cobarde, Dervest, concédele el deseo a esta maravillosa chica. Probablemente es lo único que siempre ha querido. Jennifer soltó una risita tensa, dando la impresión de que pretendía encubrir algo. —¿De qué hablas? Theo lució genuinamente perdido. Madison apoyó una mano sobre su hombro. —Oh, chico, sólo cumple el reto. —¡Beso! ¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!—empezó a exclamar Reels. En cuestión de segundos todos se habían unido a él. Un coro de voces se alzó incluso por sobre la canción que escuchábamos. No me costó comprender lo que ocurría, el panorama era claro. Theo debía besar a Jennifer. Sentí que algo dentro de mí se sacudió con fuerza. No me detuve a pensar el qué porque estaba muy ocupada concentrando mis energías en la tarea de mandarle un mensaje telepático al castaño. No lo hagas, Theo, no lo hagas, por favor no lo hagas... No oyó mi voz dentro de su cabeza, ni siquiera me miró, se encontraba demasiado centrado en el escaneo que les daba a los chicos, quienes no paraban de vociferar. Jennifer tenía una pequeña, casi imperceptible, sonrisa sobre sus labios. Cuando Theo finalmente comenzó a inclinarse hacia ella, titubeante y tenso, ésta se ensanchó. Mi corazón se detuvo en mi pecho, hundiéndose en un extraño y desagradable sentimiento, cuando presencié literalmente en primera fila cómo él obedecía y la besaba. Sin más. —¡Cinco segundos!—exclamó alguien, y fue la señal que ambos necesitaron para empezar a mover sus labios. Sentí que mis ojos se cristalizaron, de una forma tan ridícula e inesperada que me odié por ello. No ahora, por favor... No precisé de nada más, esta escena fue el detonante ideal. Que él estuviese ahí, besándola a ella, supuso para mí una especie de confirmación a lo que más me temía. Por días evité pensar ello y ahora me estallaba en la cara. Justo como tenía que ser, porque el Universo no trabaja de otra forma. Theo me gusta. Me gusta muchísimo más de lo que sería cuerdo o racional tomando en cuenta absolutamente cada aspecto de nuestra relación. En serio me gusta. Y pobre de mí, porque lo descubrí justo así.
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