CAPÍTULO 2: EL JUEGO DE LA MARIPOSA

1886 Words
El frío del sótano se había incrustado en los huesos de Nick, una losa de hielo que rivalizaba con el dolor de sus heridas. El tiempo era una entidad elástica y cruel; podían ser horas, podían ser días desde que Ivanka se desvaneció en la penumbra, dejándolo solo con el eco de sus palabras amenazantes y el fantasma de su toque de seda sobre la piel ensangrentada. Sus párpados pesaban como plomo, la conciencia fluctuando en el borde del abismo. El hambre era un animal roedor en sus entrañas, la sed una lengua de lija en su garganta, y la preocupación por Diana, una garra constante alrededor de su corazón. El chirrido de la pesada puerta de metal lo sacudió como una descarga eléctrica. Nick forzó los ojos abiertos, la visión borrosa al principio, luego enfocándose con esfuerzo en dos figuras que entraban. Hombres nuevos. Rostros duros, tallados en granito, sin rastro de los hermanos Volkov. No portaban armas visibles, pero la amenaza emanaba de ellos como el frío de las paredes. Sin mediar palabra, se acercaron. Uno se agachó y comenzó a soltar las cuerdas que sujetaban sus tobillos a las patas de la silla. El dolor al fluir la sangre de nuevo fue un alivio agudo y punzante. — ¿A dónde me llevan? — gruñó Nick, su voz un raspado susurro. Intentó tensar los músculos, preparándose para lo inevitable, pero la debilidad era un muro— ¿Ya se cansaron de jugar y van a terminar el trabajo? La respuesta fue un empujón brutal que lo hizo tambalear hacia adelante, apenas evitando caer. Un brazo de hierro se cerró alrededor de su cuello desde atrás, inmovilizándolo. Un puño se hundió con precisión quirúrgica en su costilla ya magullada. El aire se le escapó en un jadeo silencioso, la visión se nubló de blanco por un instante. — ¡Cállate, americano! ¡Camina!, ella quiere verte — ordenó uno de los rusos, empujándolo hacia la puerta abierta. Nick, jadeando, obligó a sus piernas a moverse. Cada paso era una puñalada, pero el orgullo le impedía mostrar más debilidad. Cruzaron el sótano, luego ascendieron por una estrecha escalera de metal oxidado que gemía bajo su peso. Pasaron por pasillos mal iluminados, con olor a humedad y abandono, girando en esquinas que parecían diseñadas para desorientar. — ¿Ella? — preguntó Nick entre toses, mientras otro empujón lo hacía tropezar contra una pared fría — ¿Quién es "ella"? La imagen golpeó su mente antes de que el ruso siquiera murmurara la respuesta: Ivanka. Esos ojos azules de gélida intensidad, esa sonrisa peligrosa, esa aura de depredadora segura de su dominio. Un escalofrío que no tenía que ver con el frío recorrió su columna. Finalmente, se detuvieron frente a una puerta de madera maciza, incongruente en el entorno industrial decadente. Uno de los hombres golpeó dos veces, con un patrón específico. Desde dentro, una voz familiar, clara y fría, respondió: — Entre. Empujaron a Nick al interior. El contraste fue abrumador. Tras la crudeza del sótano y los pasillos, la habitación era un oasis de lujo decadente. Alfombra persa gruesa, muebles oscuros y pesados, una chimenea donde crepitaba un fuego real, iluminando la estancia con una luz dorada y danzante. El aire olía a cuero caro, whisky de malta y un perfume exótico y especiado que Nick reconoció de inmediato: Ivanka. Ella estaba de pie frente a una ventana cubierta por pesadas cortinas de terciopelo, dándole la espalda. Sostenía un vaso bajo de cristal grueso con un dedo de ámbar líquido. Su silueta, recortada contra la luz del fuego, era esbelta y letal. Llevaba una bata larga de seda color vino oscuro que se ceñía a sus curvas. Al oírlos entrar, se giró lentamente. La luz de la chimenea jugó en su rostro de porcelana, en sus ojos azules que ahora parecían arder con un fuego interior. No con rabia. Con algo más complejo. Interés. Deseo. El brillo peligroso del cazador que ha acorralado a su presa favorita. Nick, a pesar del dolor, las manos aún atadas a la espalda, la sangre seca y la suciedad, enderezó su postura. Se irguió hasta su altura completa, desafiante, enfrentando su mirada con la misma intensidad con que enfrentaba a Viktor. La tensión que se generó entre ellos fue palpable, eléctrica, cargada de una atracción primaria y mortal. Ivanka no dijo nada durante un largo momento. Solo lo estudió, como si evaluara cada magulladura, cada rasguño, cada centímetro de su cuerpo tenso. Luego, dio un sorbo lento a su whisky, sus labios rozando el borde del vaso. Finalmente, habló. Una sola orden, clara y cortante, dirigida a los guardias: — Desvístanlo. Los hombres no vacilaron. Se abalanzaron sobre Nick. No fue un desvestir, fue un desgarrar. Las manos ásperas arrancaron los jirones de su camisa ensangrentada, los pantalones rasgados fueron tirados al suelo. Los botones saltaron, las costuras cedieron bajo la fuerza bruta. Nick forcejeó, maldiciendo en inglés, ganándose un codazo en el estómago que lo dejó sin aliento. En segundos, estuvo de pie en medio de la habitación lujosa, temblando ligeramente, vestido solo con sus bóxer negros, mugrientos y rasgados. La humillación fue una llamarada en sus mejillas, pero la mantuvo a raya con pura fuerza de voluntad. Se mantuvo erguido, desafiante, su cuerpo magullado, pero aún poderoso, un monumento a la resistencia bajo las huellas de la tortura. Ivanka se acercó entonces. Como una pantera, silenciosa, segura. Sus ojos azules recorrieron su cuerpo desnudo, desde los pies descalzos y sucios hasta la línea de su mandíbula tensa. No había vergüenza en su mirada, solo evaluación. Fría. Intensa. Sedienta. Levantó una mano. No enguantada esta vez. Sus dedos, largos y pálidos, se extendieron y rozaron su pecho. Fue apenas un contacto, un deslizamiento lento y deliberado sobre los músculos definidos, las costillas marcadas, los moretones violáceos. La yema de su dedo índice siguió la línea del abdomen de Nick, hacia abajo, deteniéndose justo antes del borde del bóxer. El roce fue eléctrico. Un contacto que no era de cuidado, sino de posesión. De reconocimiento táctil de un territorio conquistado. Nick contuvo el aliento. La mezcla de ira, humillación y… algo más, algo peligrosamente parecido al deseo que respondía al de ella, le tensó cada músculo. Ivanka sonrió, una curva lenta y satisfecha en sus labios. Hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza. Los guardias agarraron a Nick de nuevo, esta vez sin violencia innecesaria, pero con firmeza implacable. Lo arrastraron a través de una puerta lateral que Nick no había notado antes, hacia un baño adjunto que desprendía vapor y un aroma a lavanda y bergamota. Ante él, reluciendo bajo la luz de candelabros empotrados, había una enorme bañera de porcelana blanca, rebosante de agua humeante y cubierta por una montaña de espuma blanca y espesa. Sin ceremonias, lo levantaron y lo arrojaron dentro. ¡PLAF! Nick se hundió por la sorpresa, tragando agua tibia y jabonosa. Emergió tosiendo, escupiendo, los ojos ardientes. Se recompuso rápidamente, terminando sentado en el agua espumosa que le llegaba al pecho. La temperatura era perfecta, un contraste celestial con el frío del sótano, pero la humillación y la incertidumbre eran agujas en su piel. Ivanka apareció en la puerta del baño. Observó la escena con una expresión impasible. — Largo — dijo, sin alzar la voz. Los guardias desaparecieron como sombras, cerrando la puerta tras ellos con un clic suave. Nick e Ivanka se quedaron solos. El vapor danzaba en el aire, creando velos entre ellos. El sonido del agua al moverse Nick era el único ruido. Nick la miró, tratando de leer sus intenciones en esos ojos impenetrables. Forzó su sonrisa más desafiante, la que usaba para enmascarar el miedo. — Un poco menos de rudeza hubiese sido bien recibida, bonita — dijo, su voz ronca, pero recuperando algo de su tono habitual — Podría haberme metido yo solito. Ivanka soltó una carcajada. Un sonido inesperadamente rico y genuino, que resonó en los azulejos del baño. Pero sus ojos no perdieron su filo. — En este mundo, Nikolai — respondió, acentuando deliberadamente el nombre ruso— la amabilidad es un lujo peligroso. Una debilidad — Dio un paso dentro del baño. Luego otro. Se detuvo frente a la bañera. Y entonces, hizo algo que detuvo el corazón de Nick por un latido. Con un movimiento deliberadamente lento, casi teatral, desató el cinturón de su bata de seda vino tinto. La dejó deslizarse por sus hombros, cayendo al suelo húmedo en un susurro seductor. Debajo, no había nada más que una diminuta combinación de seda roja, apenas unas tiras que ceñían sus curvas con provocativa precisión. Pero no fue la casi desnudez lo que capturó la atención de Nick. Fue el pequeño detalle en su espalda, visible ahora que la bata había caído: un tatuaje. Justo sobre el omóplato izquierdo. Una mariposa. Pequeña, exquisitamente detallada. Sus alas eran de un azul profundo, casi eléctrico, ribeteadas y veteadas con n***o intenso. Parecía posada allí, frágil y bella, un contraste impactante con la peligrosa aura de su portadora. Un símbolo de metamorfosis, de libertad… o de una belleza mortalmente venenosa. Ivanka se giró completamente hacia él, consciente de su mirada fija. No hizo ningún intento por cubrirse. Su sonrisa era ahora abiertamente desafiante, coqueta y mortal a la vez. — ¿Qué vas a hacer? — preguntó Nick, su voz más ronca de lo que hubiera querido. La tensión en el baño vaporoso era ahora casi sofocante, cargada de una peligrosa electricidad. Ivanka no respondió con palabras. En su lugar, puso un pie en el borde de la bañera, luego el otro. Se metió en el agua con un movimiento fluido, la espuma ocultando parcialmente sus piernas. El agua tibia se agitó a su alrededor. Avanzó hacia él, a través de la bañera, hasta quedar a horcajadas sobre sus muslos, sumergida hasta la cintura. La espuma se adhirió a su piel pálida, a la seda roja oscura de su combinación. El contacto de sus muslos contra los de Nick, incluso a través del bóxer mojado y la espuma, fue una descarga. Nick quedó paralizado, la sorpresa borrando por un instante su máscara de desafío. La proximidad era abrumadora. Podía sentir el calor de su cuerpo a través del agua, ver cada gota que resbalaba por su clavícula, oler su perfume mezclado con el aroma del jabón. Ivanka le agarró el cabello otra vez, pero esta vez no con brutalidad. Con firmeza controlada. Le inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello. Se inclinó hacia su oído, sus labios rozando la piel húmeda de su lóbulo. Su aliento, cálido y cargado del aroma del whisky, le erizó la piel. — Vamos a lavarte toda esa sangre, soldado — susurró, su voz un zumbido sedoso y mortal que resonó en sus huesos. Un escalofrío intenso, una mezcla vertiginosa de miedo, deseo visceral y una anticipación cargada de peligro, recorrió la espalda de Nick. El agua tibia ya no era un consuelo. Era el escenario de un nuevo juego. Y Ivanka Volkova, con sus ojos de hielo y su mariposa de veneno, acababa de mover la primera pieza. La pregunta que ardía en la mente de Nick, ahogada por el calor y la proximidad de su enemiga, era simple y aterradora: ¿Cuáles eran las reglas?
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