CAPÍTULO 3: LA DANZA DEL FUEGO Y EL HIELO

2091 Words
El agua tibia envolvía a Nick, pero el verdadero calor emanaba de la mujer que lo tenía atrapado entre sus muslos. Ivanka, con una sonrisa de gata satisfecha, hundió los dedos en el cabello rubio de Nick, ahora oscurecido por el agua. El champú de lavanda esparció su aroma mientras sus manos, firmes y hábiles, masajeaban su cuero cabelludo con una presión que rozaba lo doloroso y lo placentero. Cada movimiento era deliberado, una coreografía de control. — Relájate, Nikolai — murmuró, su voz un susurro sobre el rumor del agua — la resistencia solo te cansará más. Nick no respondió. Mantenía los ojos cerrados, concentrando cada átomo de su voluntad en no reaccionar. Pero era una batalla perdida. Las manos de Ivanka avanzaron por los brazos de Nick, limpiando la sangre seca y la suciedad, pero sus toques no eran de cuidado médico. Eran caricias. Lentas, seductoras. Las yemas de sus dedos seguían las líneas de sus tendones, los contornos de sus músculos magullados, explorando cada herida como si fuera un mapa de su resistencia. Rozaban los pezones, trazaban círculos en su abdomen, bajaban peligrosamente hacia la línea de sus bóxers mojados, que se adherían a su piel como una segunda piel reveladora. Nick apretó los puños bajo el agua. El esfuerzo por mantener la respiración estable, por no dejarse arrastrar por la corriente de deseo que Ivanka estaba desatando a propósito, era sobrehumano. Sentía la erección creciendo, traicionera, inevitable bajo la combinación del agua caliente, el agotamiento extremo y la peligrosa proximidad de su torturadora convertida en bañista. Entonces, Ivanka se movió. Un ligero ajuste de su posición. Sus pechos, apenas cubiertos por la fina seda roja empapada, quedaron a la altura del rostro de Nick. La tentación era física, palpable. Y Nick, el zorro viejo, el maestro del contraataque inesperado, cedió a un impulso primario. Con un movimiento rápido, casi animal, inclinó la cabeza y hundió los dientes con suavidad, pero firmeza en el suave valle donde sus senos se unían, justo por encima del escote de la combinación. — ¡AH! El grito de Ivanka fue de pura sorpresa, un sonido corto y agudo que cortó el aire húmedo del baño. Se estremeció violentamente, un movimiento instintivo que hizo que sus muslos se cerraran involuntariamente alrededor de las caderas de Nick. El roce de su sexo, apenas amortiguado por las capas de tela mojada, contra la erección ahora evidente de Nick, fue una descarga eléctrica. Un gruñido profundo, ronco, casi involuntario, escapó de su garganta. Fue el sonido de un hombre al borde del control. Ivanka se separó bruscamente, sus ojos azules, antes glaciales, ahora ardían con una mezcla de furia, sorpresa y… excitación. Su respiración era más rápida. — ¿Te gusta jugar con fuego, bonita? — preguntó Nick, su voz un ronquido cargado de advertencia y un deseo que ya no podía ocultar. El agua goteaba de su cabello rubio sobre sus ojos azules, intensos y desafiantes. Ivanka recuperó la compostura rápidamente, pero una sonrisa peligrosa, genuinamente divertida, curvó sus labios. — Acercarse al fuego es... placentero — susurró, su acento ruso envolviendo cada palabra con una sensualidad peligrosa — especialmente en medio de tantos inviernos. Su mano, que había estado apoyada en el borde de la bañera, volvió al agua. Esta vez, su objetivo era claro. Deslizó la palma por el abdomen tenso de Nick, sus dedos rozando el borde superior de sus bóxers mojados. Luego, con una lentitud agonizante, con una presión apenas perceptible, trazó una línea descendente sobre la tela húmeda, siguiendo el contorno de su erección. Fue una caricia mínima, un roce que apenas calificaba como toque, pero fue deliberada, exploratoria, tanteando el terreno, midiendo su reacción. Nick cerró los ojos con fuerza, una mueca de placer y agonía cruzando su rostro. Su cabeza cayó hacia atrás contra el borde de la bañera. La batalla interna era feroz: el instinto de supervivencia gritándole que era una trampa, el cuerpo exhausto y sobreestimulado clamando por rendirse al placer que esa mano diabólica prometía. — Pienso que vales totalmente la pena, Nikolai — susurró Ivanka, su aliento caliente rozando su oreja de nuevo, sus labios casi tocando su piel — espero... que no me decepciones. La caricia cesó. Nick abrió los ojos justo a tiempo para verla levantarse del agua con esa gracia fluida que parecía innata. La espuma y el agua resbalaban por su cuerpo de sirena venenosa, la seda roja pegada a cada curva. Lo miró desde la altura, una diosa caprichosa que había terminado su juego... por ahora. Sin una palabra, envolvió su cuerpo en una lujosa bata de baño blanca que una empleada silenciosa le tendió desde la puerta. — Termínenlo. Y tráiganmelo a la habitación en diez minutos — ordenó, su voz recuperando su frialdad habitual, aunque una chispa extraña aún brillaba en sus ojos azules. Salió del baño, dejando a Nick sumergido en el agua que de repente parecía fría, temblando no solo por el contraste de temperatura, sino por la tormenta de sensaciones que ella había desatado y abandonado a medio camino. * * * Los siguientes minutos fueron un borrón de manos ajenas y humillación controlada. Las empleadas, eficientes y mudas como espectros, lo sacaron de la bañera, lo enjuagaron con agua limpia y lo secaron con toallas ásperas que no ocultaban la evaluación clínica de sus heridas. Le pusieron un vendaje rápido en un corte profundo del brazo. No le dieron ropa. Solo lo envolvieron en una toalla grande de algodón blanco, ceñida a su cintura. Los dos guardias rusos reaparecieron, tomándolo cada uno por un brazo, y lo arrastraron, descalzo y goteando, fuera del baño vaporoso y de vuelta a la lujosa habitación. Ivanka ya estaba allí. Había cambiado su bata de baño por otra de seda, esta vez negra como la medianoche, que contrastaba brutalmente con su palidez y su cabello oscuro. Estaba de pie junto a la cama grande, con dosel, que dominaba la habitación. En sus manos sostenía una toalla pequeña. Cuando lo llevaron frente a ella, los guardias lo empujaron para que se sentara en el borde de la cama. La toalla grande se abrió un poco, revelando más de sus muslos magullados. Ivanka se acercó. Sin ceremonia, se subió de nuevo a horcajadas sobre su regazo, sus muslos a ambos lados de los suyos, la seda negra rozando su piel desnuda. Nick contuvo el aliento. La proximidad, el calor de su cuerpo a través de la fina tela, el recuerdo vívido del roce en la bañera... todo se combinó en una bomba de relojería. Ella comenzó a secarle el cabello con la toalla pequeña, movimientos firmes, casi maternales, pero sus ojos no dejaban de clavarse en los suyos. — Mis hermanos han decidido que irás a la arena — anunció, su voz neutra — Ahí... no puedo hacer nada por ti. Nick arqueó una ceja, buscando su mirada azul bajo la toalla. — ¿Por qué? — preguntó, la voz ronca por el esfuerzo de mantener la calma con su peso sobre él. Ivanka dejó de secarle el cabello por un instante. Una sombra de frustración genuina, rara en ella, cruzó su rostro. — Porque soy mujer, Nikolai — dijo, como si explicara lo más obvio del mundo — La arena es cosa de hombres. De lobos — su tono estaba cargado de un desprecio amargo por la regla no escrita. Nick esbozó una sonrisa torcida, desafiante. — Para ser mujer... — dijo, su voz baja, intencionalmente provocadora — ...me pareció que tenías muy bien dominados a tus hermanos. Viktor tiembla ante ti. Ivanka soltó una carcajada, un sonido sorprendentemente libre y rico que resonó en la habitación. Pero no había alegría en sus ojos, solo cinismo. — Hasta mi poder tiene un límite, Nikolai — admitió, un destello de vulnerabilidad fugaz en su mirada glacial antes de que el muro volviera a levantarse — la arena está fuera de mi alcance. Mientras hablaba, se bajó de su regazo con un movimiento fluido. Uno de sus guardias se acercó, portando una pequeña caja de madera lacada en n***o. Ivanka la abrió. En su interior, sobre un terciopelo rojo, descansaban dos anillos. No joyas delicadas, sino piezas de orfebrería pesada, de plata oscura y diseño brutalista. Uno tenía la cabeza de un lobo con ojos de rubíes diminutos; el otro, un puño cerrado surcado por espinas. Ivanka hizo un gesto hacia el otro guardia. Este, sin vacilar, sacó un cuchillo corto y se acercó a Nick. Con unos movimientos rápidos, cortó las cuerdas que aún sujetaban sus muñecas a la espalda. Nick se frotó las muñecas adoloridas, los dedos entumecidos, sintiendo el alivio instantáneo de la circulación restaurada, pero sin bajar la guardia. — En la arena — explicó Ivanka, tomando el anillo del lobo — es ilegal llevar anillos. O cualquier tipo de arma... — hizo una pausa significativa, acercándose a Nick. Le tomó la mano izquierda con una firmeza que no admitía resistencia —. ...a menos que seas el guerrero de uno de los Volkov — deslizó el pesado anillo de plata con el lobo en su dedo anular. Luego, tomó el anillo del puño espinoso y lo colocó en su dedo medio derecho. Eran fríos, pesados, marcándolo como propiedad. — La única regla: sobrevivir — declaró, su voz grave, cargada de un peso mortal. Sus ojos azules se encontraron con los de Nick. En la profundidad de su mirada, más allá del hielo, Nick creyó ver algo: un desafío, una apuesta, un atisbo de... expectativa. En ese momento, algo se rompió en Nick. La tensión acumulada, el dolor, la humillación, el peligro inminente, y esa atracción perversa e innegable, convergieron en un impulso irrefrenable. El fuego que siempre había ardido en él, el del guerrero, el del hombre que no se doblega, estalló. Con una velocidad que sorprendió incluso a los guardias, su mano enguantada por el anillo del lobo se disparó hacia adelante. No para golpear, sino para agarrar. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del cuello de Ivanka, justo debajo de la línea de la mandíbula. No fue un agarre para asfixiar, sino para controlar, para inmovilizar, para forzarla a mirarlo. La presión fue firme, implacable, pero calculada. Una demostración de fuerza, no de intención asesina. Ivanka no luchó. Un sonido escapó de sus labios entreabiertos: no un grito de miedo, sino un gemido bajo, gutural, de pura excitación. Sus ojos azules se dilataron, reflejando el fuego salvaje en los de Nick. — ¿Y si fallo? — preguntó Nick, su voz un susurro ronco, seductor, cargado de una peligrosidad que hacía eco a la de ella. Su pulgar acarició la línea de su mandíbula, un gesto paradójicamente tierno en medio de la agresión contenida. Ivanka sonrió, una curva lenta y retadora que no alcanzó sus ojos glaciales. — No es una opción, Nikolai — susurró, desafiante, su aliento entrecortado. Fue la chispa. Nick se movió. En un torbellino de fuerza bruta y deseo reprimido, la levantó de la cintura y la empujó contra la pared más cercana. El impacto resonó en la habitación. Ivanka golpeó la pared con un jadeo, pero sus manos no buscaron defenderse. Se engancharon en su cabello húmedo, tirando de él hacia ella con una fuerza igual a la suya. Sus labios se encontraron no en un beso, sino en un choque. Fue hambriento, salvaje, posesivo. Un combate sin puños donde la boca, la lengua, los dientes eran las armas. Nick la saboreó a whisky, a poder y a peligro. Ivanka respondió con la misma ferocidad, mordiendo su labio inferior hasta hacerlo sangrar de nuevo, su cuerpo arqueándose contra el suyo, buscando contacto, fricción, dominio. Las piernas de Ivanka se enroscaron instintivamente alrededor de su cintura, anclándose a él. Nick la sostuvo fácilmente, sus manos agarrando sus muslos a través de la seda negra, apretando, afirmando su posesión en ese momento caótico. La toalla de Nick se soltó y cayó al suelo, pero ninguno lo notó. Estaban perdidos en el torbellino del contacto, en la descarga eléctrica de dos depredadores reconociéndose, desafiándose, consumiéndose en un abrazo que era tan mortal como erótico. Los guardias rusos, inmóviles como estatuas, observaban desde la sombra. Sabían que intervenir sería su sentencia de muerte. Este era un juego entre Ivanka Volkova y su presa elegida, un juego cuyas reglas solo ellos entendían, un baile peligroso en el borde del abismo, donde el fuego del soldado y el hielo de la araña se fundían en una única, explosiva, y potencialmente catastrófica, llama.
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