POV Nykolas
Sentado sobre la motocicleta, llamé a Amelia para contarle mi ascenso, y ella gritó y chilló emocionada por la línea telefónica, y me invitó a su casa para cenar con su madre esa misma noche.
Y es que si no me invitaba ella, las invitaba a ambas y a Alek, porque estaba lleno de júbilo, aunque también muy nervioso, y eso me impidió manejar por el carril rápido de las avenidas, así que cuidando mi vida me abstuve de maniobras arriesgadas y superfluas. Solo conduje junto a la calzada peatonal.
Al llegar a la residencia Mokashi, Amy estaba en el pórtico del edificio. Saltó hacia mí y me abrazó fuerte.
—Te dije que todo iba a salir bien —farfulló y me quitó el casco.
—Lo sé, lo sé, ya sabes que me preocupo de más…
—Estoy orgullosa de ti.
Ella me hizo darle espacio y se sentó de lado para abrazarme con más propiedad. Se sintió tan bien, que fue como una ida a un spa.
—¿Nos vamos a quedar aquí haciendo el ridículo sobre la moto? —bromeé.
Podía quedarme allí por horas si me lo pedía.
—Te amo, mi supervisor —dijo con ternura—. No sé qué quieres comer hoy, pero mamá me dijo que haría raviolis si comprábamos el postre.
—¿Te gusta el pie de maracuyá, verdad?
Ella sonrió y volvió a abrazarme. Cuando se separó, le detallé el rostro y noté algo diferente.
—Amor, ¿y tu septum?
Abrió los ojos con sorpresa y se tocó la nariz con suavidad.
—N-no me lo puse hoy…
—Nena, pero se te va a cerrar la perforación. Para ver.
—¡No! —chilló y se echó hacia atrás—. No, es que me dolía un poco, pero me lo pongo ahora que subamos.
—Bueno, pero no quiero oírte llorar cuando te cueste ponerte la pieza…
Luego de comprar el postre, subimos al apartamento, y su madre, Leyla, estaba cocinando lo prometido. Bebimos vino, cenamos el exquisito plato, y al final degustamos el postre. Amelia quería que me quedara esa noche en su casa, pero «el nuevo supervisor» no iba a dar una buena imagen personal yendo a trabajar con el mismo traje del día anterior; así que un poco antes de las diez, me despedí de ambas y retorné a mi hogar.
*****
—…entonces, la extensión «cuatro cero uno» es la mía, y continúa la secuencia de acuerdo al orden de las oficinas.
Escribí la información en una pequeña libreta y lo releí.
—No tienes idea de lo mucho que me estás ayudando.
Daiana sonrió y se apoyó con los codos sobre el escritorio, recargando su mentón sobre ambas manos.
—¿En cuáles otras cosas tienes dudas? —preguntó ella, con su curiosa mirada sobre la mía.
—Por ahora era lo de las extensiones telefónicas. Y bueno, ya me quedó claro que todos los documentos que entren y salgan a este piso pasarán por tus manos.
—Así es. Si necesitas ayuda con alguno de los formatos…
—Marco el «cuatro cero uno».
Ella sonrió y asintió.
—Ya lo tienes.
Miré la macetita con un pequeño repollo suculento que me había obsequiado, el cual pensé que sería algo estorboso, sin embargo su tono verde pastel le daba un refrescante y hogareño toque al oscuro escritorio. Y mi oficina era tal como la de Hayter. Espaciosa e iluminada, con muebles de madera junto a las paredes y sobrios sillones. Yo nunca me había asomado a otra oficina de este piso, pero si todas eran así, había mucho dinero en la agencia.
—¿No se te complica llevar tantos pendientes con cada supervisor?
—Ay, no… Nada de eso —chistó y se relajó en el sillón—. Soy muy organizada, se me hace sencillo y aparte… Me gusta.
—¿Tienes mucho tiempo trabajando aquí?
—Unos cinco años. Pensé que sería temporal porque entré como pasante, pero la secretaria que estaba antes renunció y me dejaron a mí…
Daiana continuó hablando con una pequeña sonrisa, como si se sintiera intimidada conmigo, pero aún así estuviese esforzándose en crear un lazo amistoso, tal vez porque se veía muy joven, y me atreví a pensar que era menor que yo, y tener un superior contemporáneo le daba la ventaja de relajarse un poco, pues la muchacha, con sus rasgos finos y femíneos, era tomada más como un símbolo s****l —al cual llamaban «Muñeca»— que como una joven trabajadora de la que no se obtenían quejas.
Tal vez la queja más recurrente era que no correspondía a esos saludos confianzudos y cosificantes.
—Bueno, te dejo mi número celular por si acaso, ya sabes… Alguna emergencia.
Había tomado un post it rosa y anotó su nombre, seguido por su número celular. Lo pegó en el marco del monitor LED y se despidió con una sonrisa. El punto de la letra i de su nombre fue reemplazado por un corazón. Guardé el contacto en el móvil, dejé mi bolso bajo llave dentro de una profunda gaveta del escritorio y salí de la oficina, asegurando también la puerta.
Era hora de ver a Foreman.
Pasadas las ocho, me presenté ante él, y contraria a la imagen que me hice de un inspector estricto, serio y rígido, me sorprendí de manera grata al conocer a un hombre entrado en los cuarenta, bastante afable, sencillo y de discurso directo. Demostró su alta valoración en cuanto a la puntualidad y la capacidad de adaptación de los integrantes de su equipo de trabajo, así que mis miedos se apaciguaron, y me permití tranquilizarme, porque apenas era el primer día y esa no sería la última mañana que me reuniría con él.
Al rato, ya no estaba con Foreman, sino con Hayter, al que le pedí el favor de permitirme acompañarlo durante su jornada, pues yo aún no tenía agentes asignados, y según Foreman, en un par de semanas abrirán pruebas de selección porque varios agentes habían sido despedidos por irregularidades con el cliente final.
Agradecí que a Hayter y a Curtson no les interesaba mi vida personal, porque sino yo fuese uno de esos agentes despedidos, y más que nunca le di «agradecimientos mentales» a Curtson, porque de verdad que le caía muy bien.
Hayter no vio problema, y dichoso y socarrón, me dejó hacer todo su papeleo mientras me supervisaba. Fue bueno, porque si la cagaba, no iba a recaer toda la culpa en mí.
Bueno, sí iba a ser mi completa culpa, pero estaba «practicando».