«¿Por qué siempre conviene alegrar a la gente?
También de vez en cuando
está bien... asustar un poco».
Las consecuencias
Canción de Enrique Bunbury
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POV Amelia
¿Cómo era una vida normal, siendo una muchacha universitaria normal de veintiún años, viviendo con una madre normal, con una hermana normal estudiando en otro estado, y con un padre anormal que continuaba disgustado por mi relación con mi novio normal?
Rayos, no era muy normal —o común— si lo colocaba así, pero podía tratar de mantener la estabilidad en mi vida, porque me había costado entender a Nyx, hasta que mi madre me abrió los ojos, y comprendí que ya no tenía la necesidad de inventar todo un cuento para poder compartir con mi novio, sino que debía solo hacer lo que tanto me negaron en meses anteriores.
Pedir permiso.
Y mi madre, siendo como era, no iba a ser una roca difícil de roer.
En cierta manera, era afortunada por vivir solo con ella, porque podíamos recuperar todo el tiempo que los viajes a Legrand le quitaron, y afianzar nuestro lazo de madre e hija, el cual estaba desgastando yo misma, sin dolo, pero cegada por mi vanidad.
Me propuse ser buena hija, porque, refutando mi propio pensar, no era afortunada en cierta manera… ¡Era muy afortunada en todo sentido! Me pasaba las tardes trabajando con ella en el hotel de Khaled, y a veces me quedaba ayudándolo a él con las redacciones, aunque no lo necesitaba…
En la universidad me estaba yendo «bien».
Bueno, no sabía cómo debía irme, nunca había ido a una, y las clases con cincuenta alumnos y dos enormes pizarrones me parecían asombrosas y trascendentales. Los profesores eran un poco extraños, algunos más peculiares que otros, pero en general, eran buenos. Y no tenía queja alguna, me trataban bien. Tal vez demasiado bien…
Había quedado con Ahrianna para pasar la tarde juntas. A pesar de cursar en la misma universidad, teníamos mucho tiempo sin pasar el rato juntas, y aunque nos veíamos algunas veces al salir del campus, mi «trabajo» y los deberes ocupaban la mayoría de mi tiempo, y eso que nada más estaba cursando el primer semestre… No me quería imaginar los siguientes.
Estaba sentada en uno de los bancos de frío cemento de las caminerías techadas, moviendo los zapatos en el aire. Le había avisado a Ari que la esperaba allí para irnos juntas a pasear, y ella me había contestado que en unos minutos llegaría. Su facultad estaba más lejos de la entrada que la mía, por eso pocas veces coincidíamos por las mañanas, pero sí por las tardes.
Escuché su voz antes de verla, y al buscar por los extremos del pasillo la oí de nuevo, riendo. Me levanté y en pocos segundos estaba frente a mí, acompañada por un chico que era más alto que ella y yo. Tenía parte de la cara tatuada, piercings y más tatuajes en la piel que se veía de sus brazos.
—¡Zorris! —chilló Ari y yo apenas le pude corear nuestro mote. Nos dimos besos en las mejillas y un abrazo.
—Mi primo Leo, mi Zorris —presentó Ari y sonreí mordiéndome la boca.
Su mirada era horripilante, sus ojos eran de color n***o, o azul, o gris oscuro, no sabía a dónde mirarlo, porque todo era llamativo en él. Las perforaciones en su cara, los tatuajes en los laterales de su rostro, y su cabello estaba tejido con dreadlocks.
—Soy Amelia.
—Leonard —contestó el chico y movió el mentón arriba y abajo—. ¿Es tu cabello?
«¿Por qué traes la cara tatuada? ¿Y los ojos? ¡Y todo lo que se ve de ti!».
«¡Ni preguntes! No seas maleducada».
—Sí, sería raro usar una peluca así cuando no es Halloween…
—Ah… —suspiró y sonrió—. ¿Música?
—Artes —aclaré.
—No me alejé mucho.
—¡Ay! Sí, sí, en otro momento hablan de las horribles carreras que eligieron —protestó la pelinegra y caminó rápido—. Vamos, ya terminó mi horario y pasaré los siguientes cinco años aquí, así que por hoy fue suficiente… —apuró al girarse hacia Leonard y yo, y no nos quedó de otra que seguirla.
Charlábamos de mis semanas de perpetuo castigo y la extraña sensación que tenía acerca de mi querida madre, pues, tal vez me lo imaginaba, pero tenía la leve sospecha de que mi madre evitaba que yo pasara mucho tiempo con el empresario árabe, por aquella confesión de su flechazo hacia mí.
—¿Trabajas con un árabe? —averiguó el raro muchacho de tatuajes.
—Algo así, mi madre trabaja con él en su hotel.
—¿Nunca te provocó besarlo, Zorris?
—¡No! No sé cuál es el afán que tienen en malinterpretar la amistad que tengo con él…
—¡Ah! La santa… Uhm… pero él sí te quería besar… ¿Lo hizo?
Sentí los cachetes rojísimos y me mordí la boca.
—¡Amy! —chilló mi amiga.
—Fue cuando Nyx terminó conmigo. Y luego volvimos y ya, todo está bien.
—Tienes novio, vaya… que imbécil —bufó el primo de Ari—. Típico, la Princesa sale con un imbécil.
—Cuida tus palabras, que yo no te conozco —corté.
—Leo, no seas imprudente —chistó Ari, pero sentí que no lo dijo en serio.
Íbamos por cierta área libre de la universidad, noté el olor singular que tenía semanas preguntándome qué era.
—¿Qué es ese olor? Casi siempre huele así por este lado… y una vez olí eso en casa de Nyx.
Ari me miró como si hubiese preguntado cuál era el color del cielo y me hizo detener.
—¿Es en serio, Amy?
—No sé qué es. Y por aquí casi siempre huele así.
—Ese es el boleto para el mejor vuelo de tu vida. Yo traigo un poco… —dijo Leonard y señaló un llavero que colgaba de su bolsillo.
—Bueno, arma uno para que ella pruebe y ya sepa de dónde proviene el «olor».
—Siempre estoy preparado.
Seguí a los muchachos hacia una solitaria ladera, en la que nos sentamos. Vi a Leonard sacar un tubito y un encendedor.
—Te presento un porro de cannabis sativa. Lo había preparado para mí, pero es un honor cedértelo y ser parte del recuerdo de tu primera vez —ofreció. Su voz sonó grave y algo teatral.
Me intimidó al principio, pero ahora me parecía singular, tan singular como los tatuajes que le oscurecían la piel de sus brazos y manos. Aunque sus ojos seguían dándome repelús.
—Cursi —chistó Ari—. Dos caladas máximo y nada más. Si tienes hambre o sed, nos dices.
Leonard encendió el pitillo y le dio una aspirada profunda, contuvo el humo y lo dejó salir de a poco; me lo tendió y lo imité, aunque no sabía que tanto debía aspirar, así que lo hice despacio. El humo picaba un poco y me hizo toser como si fuese alérgica. Ellos se rieron y me sentí humillada y ridícula, era algo nuevo para mí. Ari tomó el cigarrillo, le dio una calada como toda una profesional y dejó salir el humito hacia arriba. Se estaba luciendo ante mí y se le notaba en la mirada.
¿Si ella podía, por qué yo no?
Le arrebaté el porrito y aspiré despacio, aguanté el picorcito del humo y lo dejé escapar tan despacio que sin querer lo respiré. Y sí, era ese mismo aroma que había descubierto en casa de Nyx, y que ahora me era tan conocido en los sectores desiertos del campus.
—No puedo creer que Nyx fume esto.
—A mí no me extraña —comentó Ari.
—Ah… ¿Estudia aquí también? —inquirió Leonard y me quitó el porro, aspiró y soltó el humo por la nariz. Lo miré con el ceño fruncido y él sonrió y alzó una ceja.
—Stop, Ragnar. Ella es inalcanzable para ti —zanjó Ari.
—Creo que eso significa que no…
—No, mi novio no estudia aquí, pero viene a buscarme algunas veces.
—¿Viene hoy? —intervino Ari.
—Le dije que saldría contigo, así que no lo creo.
—Por tu bien, es mejor que no venga.
Supuse que era mi turno del cigarrillo, quise tomarlo, pero Leonard lo alejó de mí.
—Es suficiente para ti, Princesa. Recuéstate y espera… —ordenó con sutileza y se recostó en la hierba.
Ahrianna sí volvió a fumar el cigarro y lo apagó, se acostó con los brazos bajo su cabeza, y yo me recosté entre ellos dos.
—¿Qué se supone que estamos esperando?
—El viaje, Princesa.
—¿Viaje a dónde?
—¿Siempre habla tanto? —bufó el muchacho y resoplé.
—Bájale, Leo… Amy, deberías sentirte más relajada. Así como flotando, y tus sentidos se sensibilizan.
—¿Y cuánto tarda para que me sienta así?
—Quince… media hora. Tú relájate y espera.
Busqué mi comodidad sobre el césped y me tapé las piernas con mi suéter, pues ese día había ido con falda a clases.
A los minutos, no sentía mi cuerpo. Bueno, sí lo sentía, pero livianito. Y mis manos las moví en el aire y parecían bailotear en cámara lenta. Miré a Ari y me observaba fijamente, y se acercó mucho a mí y pegó su nariz de la mía.
—Tus ojos parecen canicas. ¿Puedo sacarlos? —dijo.
Asentí y ella también asintió y soltó una risotada.
—Pero me los devuelves, no puedo regresar a casa sin ellos.
—¿Sin qué cosa? —averiguó el muchacho raro a mi lado.
—Sin… sin mis canicas. Mamá me castigaría por un año entero —musité y cerré los ojos con fuerza. Me senté y apoyé las manos sobre el césped, buscando estabilidad—. Ari, no veo nada…
—Pero si aún no te los he sacado… ¿o sí? No me di cuenta. ¿Dónde los puse?
—¡¿No sabes dónde pusiste mis canicas?! ¿Y ahora cómo voy a ver? —chillé y me levanté.
—N-no sé, espera, voy a buscar por aquí mismo. No debí haberlas perdido en otro lugar.
—¡Apresúrate!
Me tapé los párpados con las manos y sentí pánico. ¡Qué iba a hacer sin mis canicas para ver! Quise respirar profundo, pero la preocupación era enorme. Además, no solo mi madre iba a estar enojada, Nyx me iba a crucificar si se enteraba.
—Ahrianna, quiero llorar y no puedo…
—Encontraré tus ojos, ¡no me presiones!
Escuché una risa masculina y luego un brazo rodeó mi cintura.
—Princesa, cálmate —musitó—. Imagina tus canicas flotando…
Hice lo que Leonard me ordenó y traté de recordar como eran.
—Lo estoy haciendo… Son azules, muy brillantes… Y es-están flotando frente a mí.
—¿Puedes agarrarlas?
—No sé, no puedo verlas.
Me soltó el cuerpo y la calidez de su piel contorneó mi cara. Pasó la yema de sus dedos por las cuencas de mis ojos y bajó mis apretadas manos a los costados de mis caderas.
—Abre los ojos.
Con mucho temor de no ver nada, abrí los ojos. El cielo se veía muy celeste, y la maleza de un verdor tan vivo que provocaba hacerse una ensalada con ella. Y Leonard estaba allí, a un lado, observándome con sus intimidante ojos tatuados, pero en ese momento el miedo ya no era parte de mí. Lo había reemplazado una eufórica ola de agradecimiento.
—¡Dios mío! ¡Puedo ver de nuevo!
—¡La salvaste! —Ari brincó y nos abrazó a ambos sobre los hombros—. Amy, perdóname —gimoteó—. Te juro que no volveré a hacerlo…
—Te perdono, Ari —sollocé y la abracé.
—Mierda, les ha pegado fuerte.