Normalidad - Parte 2

1773 Words
POV Amelia Más tarde, mientras flotábamos por la ciudad, no encontraba manera de sosegarme, tenía un hambre terrible. Era como si un gigantesco kraken se hubiese adueñado de mis tripas y me pedía a gritos comida o me iba a devorar entera desde dentro. Le exigí algo de comer a Ahrianna, pero ella solo me decía que debía calmarme y que pronto comeríamos algo. —Ahrianna, no lo entiendes. Me estoy muriendo de hambre. Sino como ahora, me desmayaré y la criatura que llevo dentro va a sufrir al no entenderlo. Ari me miró con las cejas arqueadas y se tapó la boca con ambas manos. Reaccionó cuando me escaneó varias veces la cara y el abdomen, y terminó sobando mi estómago con suavidad. —¡Oh my god! Amy, no sabía… Lo siento, ya vamos. ¡Ya! Me tomó de la mano y corrimos, o zigzagueamos dando saltos hasta una heladería. La verdad, no supe ni cómo llegamos, porque los edificios se movían como si no quisieran que nosotras llegáramos a ellos. Nos posicionamos en la fila para comprar y me acarició el brazo, como si entendiera mi malestar. —¿Por qué no me lo habías dicho antes? —Tengo rato diciéndotelo, pero no me entendías, o no me sé explicar. —¿Y quién más lo sabe? —Solo tú y Leonard… ¿Y tu primo? —Estoy aquí, Princesa. Asegurándome que no se vuelvan locas —bisbiseó por mi cuello.  Era espeluznante. El escalofrío que sufrí fue instantáneo.  —¿Nyx no lo sabe? —¡¿Está aquí?! —exclamé y miré hacia la puerta del local. —No… creo que no —cuchicheó y miró alrededor—. ¿Por qué no le has dicho? Debería saberlo. —No sé, mira, nuestro turno. Pedimos un helado enorme para las dos, de esos que le ponen crema batida y chispas de colores, y el primo extraño de Ari no se resistió y quiso un cono pequeño, pagamos y salimos con nuestros helados. Anduvimos por la calzada durante varias cuadras, y el helado me alivió el mareo y la desesperante sequedad de mi boca. Y el kraken de mi estómago se apaciguó. Nos detuvimos frente a una tienda de tatuajes porque el primo de Ari quería comprarse algo. Entramos con él y el sonido de campanilla de la puerta me hizo reír. La abrí y cerré varias veces y no podía contener mis carcajadas, era tan gracioso el tintineo que necesitaba escucharlo por otro rato más. —Ya, deja eso —regañó Leonard y me llevó al mostrador. Había muchas piezas plateadas y negras, y otras pocas de colores. —Qué aretes tan bonitos.  —Piercings, Princesa. —Quiero unos de esos… Para mi nariz. Sujetó mi barbilla con delicadeza y giró mi cara, observando mi perfil. —Se te vería bonito, tienes un lindo rostro. —¿Verdad? —pregunté, aunque ya estaba muy convencida—. Uno de vaca.  —Claro… Lo vi hablar con un hombre que estaba muy tatuado, la piel era más negra verdosa que clara, y sus cejas y labios tenían muchas piezas de metal. —Él te hará tu septum. —¿Mi qué? —Tu piercing de vaca, Princesa. Asentí y reí de felicidad. Me hizo escoger la pieza que me gustó, y me dijo que por ser mi segunda «primera vez», él pagaría. Este día solo mejoraba tras cada minuto.  Seguí al muchacho tatuado a un cubículo y me pidió que tomara asiento en una camilla dispuesta junto a una pared llena de fotografías de tatuajes. Me dio un algodón humedecido para que limpiara mi nariz, y Leonard se ofreció a hacerlo, porque yo no sabía qué me pasaba, que no podía dejar de reírme. El líquido frío impregnado en la blanca mota me hacía cosquillas, y la gélida sensación era adictiva como la misma risa. —Te puede doler un poquito, pero te debes quedar muy quieta. ¿Okey, Princesa? Asentí y aferré las manos al borde de la camilla. Leonard se quedó a mi lado y el otro muchacho tatuado se acercó con varias cosas en una bandeja. —M-me dan miedo las agujas —musité. —Guau, ¿aún quieres perforarte? —preguntó el encargado. —Sí. —Bueno. ¿Eres alérgica a algo? —Negué con la cabeza—. Te pondré lidocaína en crema por unos minutos. Y a los minutos dejé de sentir mi nariz. Tomó una bolsa de la bandeja y sacó la aguja. Era gigantesca… ¡Fue horrible verla! Me levantó un poco la cara, introdujo un pinza por mis fosas nasales y haló hacia arriba con seguridad. Sentí un apretón en mi nariz y cerré los ojos por inercia. Me aguanté y no chillé, no podía hacerlo frente a dos desconocidos, tampoco era tan ridícula, ¿verdad? Una mano apretó la mía y abrí los ojos, y vi mi reflejo de frente. Me veía hermosa. El arito colgaba entre las fosas nasales y le agregaba coquetería a mi rostro. Sonreí feliz por el resultado. —No me duele —dije mientras observaba la joya. —En una hora se pasa el efecto —explicó el muchacho y deshechó lo que había usado conmigo, hasta los guantes. Quise llorar al escucharlo, pero estaba tan contenta que la sonrisa no se iba de mi rostro, y menos cuando aún me observaba en el espejo. Le pedí a Leonard que me tomara una fotografía con mi celular, necesitaba un recuerdo gráfico de la atípica ocasión. Salimos del cubículo y Ari nos estaba esperando sentada en una de las sillas de cuero del local. —¿Te hiciste eso? —exclamó al verme. Asentí y ella sonrió y se guindó de mi cuello—. ¡Es hermoso! —gritó. —¿Qué hora es? Siento que ya debo volver a mi casa… —¿Metro? —sugirió el primo de Ari y las dos asentimos. Él parecía ser el único cuerdo de los tres. ¿Será mayor que yo? Llegué al apartamento y la cabeza me pesaba. Como si la hubiese remojado en alquitrán y luego hubiese permanecido horas bajo el sol. Y ya no tenía hambre, y por fortuna, mi piercing no dolía. «Que la anestesia sea eterna, por favor». —¡Amelia Sylvana! ¿Qué es ese moco brillante que traes en la nariz? —farfulló y se paró detrás de mí—. ¡¿Te perforaste la nariz?! No me había dado cuenta de la presencia de mi madre porque estaba muy concentrada observando mi reflejo en las puertas de vidrio de una estantería. Me giré y ella me agarró la cara.  —No me dolió nada, y-y… —¡Ahora sí me acomodé yo! ¡Amelia! Te quitas eso… ¡ya mismo! —ordenó y me soltó para señalar hacia el baño—. ¿Y ese perfume? Es muy dulzón. —Ari me regaló un poquito de su perfume… —musité, avergonzada. —Pues tiene mal olfato, ¡uy, no! —chistó mientras se abanicaba. Los ojos se me aguaron y terminé haciendo pucheros para no llorar a moco tendido. Me sujetó por los hombros y me instó a sentarme en el sofá. —Señorita, usted no puede llegar a su casa con eso pegado en la nariz. Cuando usted sea independiente, se engrapa hasta detrás de los codos y entre las nalgas, pero mientras viva conmigo y bajo mi tutela, usted me obedece y me respeta —zanjó con voz fuerte. Estaba tan seria, y su mirada era la de una mamá que, no solo estaba enojada, sino decepcionada. —Lo siento. Es que, no sé, lo vi y me gustó y ya… —gimoteé y bajé la cara. —Ve al baño y te quitas eso. —Mamá, porfa, déjamelo unos días —rogué.  —No. Anda al baño y me lo traes. Resollé y me levanté. Ya nada me daba risa. Entré al baño y me vi en el espejo con el piercing antes de sacarlo. ¡Ni siquiera sabía cómo quitármelo! —Al menos guardaré un recuerdo de esto, antes de que me arranquen la nariz… Me hice varias fotografías y se las envié a Nyx. A los segundos el respondió por el chat: —Hey… Me gusta ;) —A mi madre no :( me lo quitaré antes que ella me lo arranque con todo y nariz. —¿Lloraste cuando te lo hicieron? Dios mío, era una llorona y él más que nadie lo sabía. —Casi :') pero me envalentoné y aguanté. —Ya no eres una nenita, has crecido. —Idiota. —También te amo muuuuucho ;) *tolón tolón* Me reí mientras lavaba mis manos y cuando terminé, comencé a contorsionarme frente al espejo, buscando la forma de quitarme la pieza metálica. Sin querer halé el aro y casi grito porque me pude haber lastimado. Pero mi nariz estaba bien. Y el arito lo tenía en mis dedos. Y entonces ahí sí grité. ¡Dios mío! ¡Yo misma me arranqué el piercing! Me temblaron las manos y dejé lo que quedaba del arito en el lavabo. Mi madre comenzó a golpear la puerta del baño con desespero y abrí con los lagrimones mojándome la cara. —¡Me arranqué el piercing sin querer! —chillé angustiada y ella me sujetó la cara con las manos. —A ver, quédate quietecita ¿sí? Asentí, pero ella me aguantó la cara con más firmeza que antes. Se agachó un poco y miró por debajo de mi nariz. Y me puso a la luz, y luego alumbró con la linterna del celular… Y me observaba seria, y luego frunció el ceño y se mordió los labios.  —A ti como que te estafaron… —¿Qué? ¿Por qué? —Yo no veo ningún agujerito, ni rojez, ni sangre. ¿Te duele? Me miré en el espejo y, en efecto, mi nariz lucía bien. —No… creo que no. Me toqué donde estuvo el arito y no me dolía, sentía mi piel normal. Mamá agarró el arito, lo lavó y se lo colocó en la nariz. La arrugó y la movió con gracia y me dio un zape en la cabeza.  —Muchacha tonta… Es de presión. Si yo fuese tu padre, te castigaría por la bromita. Pero como soy buena y me ha hecho gracia, dejaré que lo tengas. Y ve a bañarte, ese perfume marea. Se lo quitó y me lo entregó en la mano, y salió del baño muerta de risa. En definitiva, me estafaron por más que tonta.
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