«El hombre absurdo es el que no cambia nunca».
Georges Clemenceau
*****
POV Nykolas
Había pasado varias tardes con Curtson, estudiando algunos de los procesos administrativos de SoulPlate antes de hacer el curso intensivo. Y después lo agradecí infinitamente, porque el tipo que nos dio el curso de inducción fue un fraude. Explicaba de manera escueta, y a la vez era confuso, pero me sirvió de repaso para las pruebas posteriores.
A Hayter le sorprendió cuando le dije que me había postulado para el curso de «supervisor de campo», que era un burdo título para un cargo de supervisor, pero se mostró afable y sugirió su experiencia en caso de la existencia de dudas. Malo no era.
Una noche, luego de algunas prácticas con Curtson, volví a casa, quizá más tarde de lo usual, y mi celular rebosaba de llamadas perdidas y mensajes de texto, pero unos mensajes en particular llamaron mi atención, no por el remitente, sino por el contenido.
—Nyki, ¿yo no le agradé a tu novia?
Reyna no era estúpida. Pero tampoco era muy lista.
—¿Por qué lo dices?
—Ya con eso sé que no le agrado… Fueron pocas las veces que hablé con ella, de hecho, mamá hasta la hizo reír. Pero yo, tu casi hermana, la que cuida de ti hasta en las sombras, casi no le escuchó la voz.
—Dramática.
Dejé el celular en el sofá, subí las escaleras mientras me desvestía y entré al baño. Ya luego recogería la ropa regada. El agua templada me relajó, y al cabo de diez minutos, mi estómago era el que necesitaba atención. Quise concentrarme solo en la preparación de mi cena, pero el celular pitaba y vibraba en intervalos muy cortos, por lo que asumí que Reyna me estaba enviando letras al azar en el chat para llamar mi atención.
Luego que cené, retomé la conversación con ella y abrí su cadena de mensajes…
—¿Le caigo mal, verdad?
»Debo caerle mal, pero a mí tampoco me cayó muy bien. Se ve muy soberbia y odiosa, y sus modales todos delicaditos, muy frufrú. Cuando le pedí la sal durante el desayuno casi me mató con la mirada y después sonrió toda hipócrita, como si se le había olvidado que debía fingir. A lo mejor cree que no me di cuenta, pero ¡sí me di cuenta!
»¿No crees que es muy joven para ti? O sea, tal vez es muy inmadura…
Y eso me bastó para no continuar leyendo, pero sí para responderle.
—Te aclaro una sola cosa: no te concierne nada de mi relación con ella. No me importa lo que opines de ella y no voy a seguir hablando de ella contigo.
Reyna podía ser mi prima y la persona más cercana de mi pequeña familia, pero nuestro lazo consanguíneo no le adjudicada la potestad de criticar a la mujer que yo amaba y que me defendía con uñas y dientes ante su familia.
Ahora era mi turno defenderla.
—No te molestes, mi rey, es que la veo muy frágil y voluble, no es tu tipo. Y como frívola contigo. Aunque sí la vi preocupada por ti, pero no sé, no la vi muy segura.
Leí el mensaje y apagué el móvil. Si le contestaba, no sería cortés.
¿Qué le hacía creer a Reyna que tenía el derecho de criticar a mi novia? Tal vez a sus ojos Amy no era perfecta o adecuada para mí, pero bajo mi lupa y según mi criterio, Amy rompía cualquier molde que yo quisiera llenar con su persona. Era más, mucho más de lo que yo imaginé alguna vez tener como pareja. La única persona que podía encontrarle defectos a mi preciosa novia, era yo. Y para mí no los había, ella era perfecta tal como era.
Con Amelia tendría un hermoso hogar. Nuestra casa sería más cálida de lo que ya era cuando pasábamos tiempo juntos. Conseguiría un pequeño comedor, o buscaría la forma de colocar un mesón alargado y banquetas altas para nuestras comidas. Podía imaginarlo todo…
Tan nefelibato y maravillado me hallaba, que la anterior conversación amarga con mi prima quedó olvidada. Agradecía su preocupación, mas no era necesaria. Todo marchaba bien, todo estaría bien.
*****
—Tienen una hora para rellenar el primer formato de respuestas. Si tienen dudas en la interpretación de alguna pregunta, levantan una mano y me acercaré.
Curtson entregó el librillo de preguntas junto con los formatos en blanco. Una gota de sudor bajó por mi frente y la retiré de inmediato. El nerviosismo lo dejaría para después. Cogí el lápiz y apunté mis datos personales en el recuadro superior, y leí detenidamente las preguntas y organicé las respuestas antes de enumerarlas.
El llamado de atención de Curtson me hizo detener y capté que ya había transcurrido una hora. Tan concentrado estuve que no levanté la mirada hasta que no vi la hoja de respuestas rellena.
Un breve descanso de diez minutos me sirvió para mirar el celular y comentarle a Reyna acerca de la prueba, y Curtson ingresó al salón con otro sobre en las manos, por lo que guardé el móvil en el saco y aguardé las nuevas instrucciones.
La rapidez con la que cumpliría mis metas dependía de esas pruebas y me preocupaba no obtener el puntaje más alto para ser el candidato adecuado al cargo. No solo había estudiado con Curtson, también lo hice durante mi tiempo libre, y había prestado más atención a Hayter en sus obligaciones, hechos que lo incomodaron al comienzo, pero —muy a su modo— también me ofreció su sabiduría, la cual no desperdicié; y, admitiendo mi falta de espiritualidad, tenía fe que esto también me saldría bien. A pesar de que la audacia me caracterizaba la mayoría de las veces, el miedo era un sentimiento que no dejaba de morar en mi vida; aparte, mi familia y mi novia tenían razones de peso para querer alejarme de los riesgos de ser un guardia de personas de valor social y político, y esta era la oportunidad idónea para cambiar algo tan importante para mí.
Con el nuevo cuadernillo en la mesa, leí las preguntas un par de veces y respondí el cien por ciento de las interrogantes. Me sobraron minutos, los cuales utilicé revisando las respuestas cuyas preguntas me hicieron dudar. Aguardé en silencio y escondí mis manos entre las piernas, el aire acondicionado estaba muy frío.
Curtson recogió las pruebas y la evaluación terminó. Ahora me quedaba esperar.
Y las esperas me desmoronaban.