Confianza - Parte 2

1090 Words
POV Nykolas Volvimos a mi oficina, y desde afuera escuché mi celular sonar dentro de uno de los compartimientos del escritorio. Me apresuré a entrar, y lo primero que vi fue que sobre el escritorio no estaba la Glock de Alek, le hice señas y él la mostró en su pistolera, por lo que sentí alivio. El móvil volvió a timbrar, me apuré en desbloquear la gaveta y no pude atender la llamada, pero vi que tenía otras tres llamadas perdidas de la misma persona. Devolví la llamada con la curiosidad a tope, porque casi no hablaba con ella. —¡Nyx! Hasta que apareces. —¿Qué pasó, Darks? Se quedó en silencio y tartamudeó, y el ruido de su nariz siendo sorbida me hizo entender que había estado llorando. Eso me alertó. —¿Ahrianna? —¿P-puedes venir al apartamento de Amelia? Es que discutimos y me echó, y e-estoy en planta baja, y ella está allá arriba con mi primo —contó, muy nerviosa. Saber que ese pendejo confianzudo estaba en las mismas cuatro paredes que Amelia me despertó una llamarada de rabia, y tensé el puño, aguantando el enojo para no volverme loco. —Coño, Ahrianna. Mira… —comencé exasperado. No tenía tiempo ni ánimos para esas peleas infantiles. —Es grave —intervino—, si no lo fuera ni te hubiese llamado. Pero esto es serio. —Entonces deja los rodeos y dime qué es lo que ocurre —exigí, sintiendo la preocupación calarme por la garganta. —Amy está fumando marihuana con mi primo. Y no es la primera vez. «¡¿Qué carajo?!». Me froté los dedos sobre los ojos y respiré profundo. Yo lo sabía. Sabía que ese primo imbécil de Ahrianna solo ocasionaría problemas en la vida de Amelia. Alek me observó, y sus ojos escarbaban en mi rostro, como si buscara una explicación a mi desasosiego. Me volteé, esquivando esa mirada inquisitiva, porque no sabía qué hacer en ese momento. —¿Nyx? Sujeté el móvil más fuerte contra mi oreja y asentí por inercia, y es que no me salían las palabras. Hice un esfuerzo en hablar y terminé carraspeando. —Te escuché. No sé. Resuelve tú. Y colgué. —¿Qué sucede, men? —Nada —gruñí y el móvil se volvió víctima cuando lo lancé dentro de la gaveta. —Oh, vale. Nada. Me sostuve del borde del escritorio y miré las carpetas apiladas. Todo en orden. La planta gorda en una esquina, las carpetas sobre las bandejas organizadoras, un par de bolígrafos en un portalápices, el teléfono local, el cenicero… todo en orden menos ¡mi condenada novia! Una súbita ola de rabia empujó mi raciocinio por la borda y desperdigué todas las cosas por el suelo. Una mano me sujetó por el hombro y volteé enfurecido, y Alek me movió con fuerza hacia un sillón. Me obligó a sentarme y batallé un poco, no quería obedecerle, pero a fuerza terminé de culo en el sillón, e intentando volver a levantarme, me incliné al frente asiéndome fuerte a los posabrazos, pero de nuevo, Alek me lo impidió. —Men, ¿qué sucedió? —insistió Alek. Respiré profundo, buscando la manera de escupir cualquier palabra, pero estaba demasiado molesto—. Okey, vamos a calmarnos, pensamos y actuamos. Me temblaban las manos, sentía el sudor queriendo enfriarme la piel de los brazos y la nuca, pero es que esto rebasaba mis límites. No lo comprendía. ¿Qué hacía esa pendeja fumando?, y es que si fuese cigarrillos no me molestaría mucho, pero ¿marihuana? ¿En serio? —Es que esta vez no voy a hacer nada, que se joda. Siempre estoy ahí tratando de sacarle las patas del barro, pero esta vez se va a joder, se va a joder… —farfullé, todavía apretando las manos a los posabrazos, y estos rechinaron bajo la humedad de mis dedos. Las palabras iban y venían veloces en mi cabeza. Me picaba el cuero cabelludo y me rasqué como un desquiciado, y mi corazón bombeaba demasiado rápido, y yo no encontraba manera de dejar de moverme en el sillón, porque sentía que debía hacer algo, pero a la vez no, y ¿qué era lo correcto? ¿Y por qué estaban en el apartamento de Amelia? ¿Y por qué el maldito no se fue con Ahrianna? ¡Maldita sea! —¡Coño, Nykolas! ¿Qué mierda sucedió? —Vamos, vamos. Te explico en el camino —farfullé y me levanté. Recogí mis cosas y las guardé a trancazos en mis bolsillos, como si tuviesen culpa de las cagadas de Amelia. —Mierda… Con tal no sea matar a nadie, todo bien —dijo, con un tono desconfiado y luego se acomodó la ropa. —Ya veremos —murmuré cuando salimos de la desastrosa oficina. Desde mi celular llamé al inspector Foreman, y no supe cómo, pero logré avisarle sobre mi ausencia en las últimas horas laborales sin evidenciar mi descompuesto estado anímico por la «emergencia familiar», y al informarle el motivo, me dejó ir sin hacer preguntas. Bajamos por las escaleras, salimos del edificio y me dirigí hacia mi moto parqueada. Alek forcejeó conmigo para quitarme las llaves y dijo que él conduciría, pero que le explicara a dónde íbamos y por qué. Le di el corto resumen de «Amelia está fumando monte en su apartamento» y silbó, medio asombrado y medio incrédulo. —No es tan grave como pensé, pero de igual manera vamos —opinó y subió a la moto. —No es tan grave, pero así comienza todo, ¿no crees? —Tú y yo hemos fumado, y okey, entiendo que no está bien, pero ha sido algo ocasional. Y ella debería saber cuándo detenerse, tampoco es tan ingenua. —Ahrianna me dijo que no es la primera vez que lo hace —agregué—. Se va a volver adicta, Alek. Ella es débil e influenciable. —No creo que sea tan débil como crees. Influenciable sí. ¿Pero eso no es normal a esa edad? —¿Has visto a Kassie fumando? —repliqué exasperado y con malicia. —No, y si la veo le arranco el cabello que le queda —bufó. Al parecer entendió mi molestia. Resollé y me pellizqué sobre el puente de la nariz. —No quiero que mi novia llegue a ese punto de la dependencia —bufé y subí a la moto. —Bueno, vamos a ver qué encontramos…
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