Confianza - Parte 1

2200 Words
«Come and play another day Throw your mask away I don't care what you say Cause your lovely words decay». «Ven y juega otro día Quítate la máscara No me importa lo que digas Porque tus lindas palabras decaen». Anteroom of death Canción de Tarja Turunen ***** POV Nykolas «¿Por qué...?».  Floyd al fin había regresado de sus largas vacaciones. Como que había unido un reposo médico con sus días libres, y por eso fue tan larga su ausencia laboral. Lo bueno de su regreso, es que no tendría que volver a verle la cara a sus lacayos, y menos relacionarme con sus contratos o expedientes, así que mi plantilla de agentes se reducía y tenía menos procesos por trabajar. Sin embargo, el inspector Foreman nos había avisado que dentro de unos días habría campamento de actualización, y que salí elegido en el sorteo de los asistentes. Eso me trajo recuerdos, que instantáneamente odié. Porque pude haber vomitado mis órganos y luego tragármelos para continuar corriendo como una puta bajo la lluvia por el perímetro de las instalaciones, y a nadie le hubiese importado. Pero no pude negarme, y menos siendo el novato de la plantilla de supervisores, así que me vi en esa lejana montaña sin señal móvil, amargado y viendo a los agentes corriendo como una puta mojada. Por lo menos no iba a ser uno de ellos. «Gracias Curtson». Tecleé en el móvil un mensaje general para mi plantilla de agentes, avisándoles del campamento de actualización y su obligatoria asistencia, porque yo no iba a ser el único jodido durante toda esa semana, lejos de mi novia y de mi cama. Y no me di cuenta que estaba sonriendo hasta que sentí los labios acartonados y pegados a los dientes. En definitiva, dar órdenes y que otros me obedecieran me hacía sentir superior por muchos niveles, pero una punzada de humildad se clavó en la boca de mi estómago, regañándome y halándome de esa falsa nube de supremacía. No estaba bien, pero aún así me aferré a ese momento y decidí disfrutarlo. No era malo, no me estaba aprovechando de nada ni de nadie, solo hacía mi trabajo… Al rato, alguien tocó la puerta de la oficina y, sin ánimos de levantarme de la silla, alcé la voz para permitir el ingreso. Alek se asomó y entró, arrastró uno de los sillones a mi lado, detrás del escritorio, se sacó la Glock del portapistola del cinturón, la cual dejó sobre el escritorio, y se repantigó en el sillón. Jamás iba a aprobar el que no usara una sobaquera, daba mala imagen. Luego de su típico saludo de «¿qué hay, marica?», nos volvimos dos comadres que tenían tiempo sin verse. Se quejó por tener que asistir al campamento, pero agradeció la ocasión, porque era la oportunidad para salir de su casa. —¿Por qué quieres alejarte de tu casa? —Por Sara —soltó sin muchos preámbulos. —¿Ya la quieres dejar? Entrecerró los ojos y supuse que por ahí iba el asunto. ¿Tendría que ver también con su cliente, Cristina? —¿Tiene que ver con Cristina? —No. Ni sé por qué te hablo de esto… —Yo tampoco, sabes que no me interesa —murmuré y saqué un cigarrillo. Lanzó un ágil zarpazo con el que me arrebató el cigarrillo. Le ofrecí fuego por falsa cortesía y se acostó más en el sillón. Saqué otro cigarrillo y lo acompañé en el ritual. Tras varias caladas y respiraciones silenciosas, Alek carraspeó y me miró con cierto desdén. —Siento que las cosas con Sara no están funcionando. —Entonces déjala. Te evitas alargar lo inevitable, lágrimas, reclamos… Aspiré otra bocanada de nicotina, deliciosa y cálida. Me recliné en la silla y subí los zapatos al escritorio. —Me reconforta llegar a casa y verla, pero siento que la relación no va a ninguna parte y no es lo mismo que antes. Como si ya no le interesara, y por consiguiente, a mí también me ha dejado de interesar. —¿Entonces qué haces allí donde no te sientes bien? —Ser un imbécil. —¿La has engañado? —pregunté, algo descolocado por la duda. —No, Nyx. Sabes que no soy ese tipo de persona. Conmigo las cosas son o no son —respondió a la defensiva. Y la verdad, solo lo pregunté por molestarlo. —Lo sé, quería joderte nada más… —Solo… que ahora siento que estoy por estar y creo que a ella no le importa. No es como antes, dulce y hasta tímida, ahora solo es reclamona y amargada. Y está bien serlo cuando la situación lo precisa, ya sabes… El desorden, el que no haya llenado la hielera, o si dejé la escoba fuera del armario de limpieza. ¿Pero reclamar que no compré la marca de pasta que ella quería? ¿O que el grano entero del arroz es del setenta y cinco por ciento y no de noventa? Mierda, me tienes que estar jodiendo —bufó y fumó mirando al techo. —Sí suena fastidiosa y propio de ella. Alek rió bajo, como si la misma Sara lo pudiese escuchar. —Sé que es insignificante, pero es estúpido e inmaduro reclamar ese tipo de tonterías tan insignificantes cuando se supone que el resto de nuestras vidas está bien. Pero no es así. Tal vez esa es solo una parte del iceberg. —Men, pero ya habías visto cómo era allá en la mansión Goldman. —Men, no es lo mismo —aclaró—. Es muy distinto verse a diario en el trabajo a tener que convivir con una persona en un espacio más reducido y sin apariencias que mantener. Tú lo sabes, viviste con Mara. —Bueno, sí, pero con Mara fue mayor el tiempo que estábamos fuera de casa que en ella… Tal vez estás exagerando… —Me vas a recordar cuando vivas con Amelia y conozcas más de ella —tajó como una especie de advertencia. Sostuvo el cigarro con dos dedos y aspiró hasta que la punta brilló en un tono rojo. —No voltees la tortilla, estamos hablando de ti y tu relación con Sara. —Nadie es perfecto, Nykolas. Lo sabes tú al conocer a Celeste, lo sé yo al equivocarme con Sara y con Paulina y así, porque en algún momento aseguré que alguna de ellas era la indicada para mí, pero me falló el radar. En retrospectiva veo muchas peleas estúpidas, y en Sara no veo el ánimo de querer solventar las diferencias. Y ya me cansé. Bajó la cabeza y se quedó observando la ceniza que se había formado en el pitillo. Le acerqué un cenicero y con un par de golpecitos con el dedo se deshizo de ella. —Lo siento, bro. —Tss, cállate. Me pareció extraño verlo tan abatido. Él siempre había sido el tipo duro al que era difícil derrotar, porque podía alterarse, salir herido inclusive, pero jamás se daba por vencido. Y ahora que estaba en esa situación tan atípica, quizás en una encrucijada de decisiones, y verlo tan convencido de tomar un camino cuyo resultado no le era de conformidad, me hacía cuestionarme ¿cómo yo lo enfrentaría si fuese mi caso? Ya había terminado una vez con Amelia. Bueno, dos veces, pero la segunda vez no contaba, fue por puro impulso y desesperación por controlarla. ¿Pero y si ella no me hubiese buscado? Las consecuencias me dejaron la piel helada, y por inercia, me froté las manos por los brazos, pasándome calor a través de las mangas largas de la camisa. —¿Cuándo lo harás? Alzó la mirada, algo enrojecida y decaída. —No lo sé, un día de estos. —¿Y el apartamento en alquiler que tienen? —No lo sé, men, no he pensado en nada de eso. Pero supongo que si ella quiere continuar viviendo allí, me mudaré a otra parte. —Sabes que puedes parar en mi casa —ofrecí. —Tu desorden es más ordenado que el mío, no puedo convivir con alguien así —largó con ese tono burlesco que me sacaba de quicio y sonrió. —Eres un puto malagradecido. Ambos nos reímos, pero él sabía que lo último que dije no fue en serio. Sin embargo, el silencio se llevó nuestras palabras y nos quedamos así por un rato. Solo fumábamos como adictos, nos dejamos bañar por el humo de los cigarrillos, y cuando comenzamos la segunda ronda, Alek volvió a hablar. —A veces te envidio —dijo, como si meditara en voz alta. —¿Por qué me envidias? Si la mitad de mi vida ha sido una improvisación y la otra mitad han sido golpes de suerte. Una suave y ronca risa escapó de su boca, una risa que sonó burlona. —No me lo tomes a mal, pero envidio lo bien que te salen las cosas, con todo y las dificultades que se te presentan… —Estás loco —bufé. —En serio, ve cómo salió tu relación con Amelia. Digo, con el viejo todo terminó como debía —reflexionó—, pero la señora Leyla y Lissandra te quieren. —No me quieren, men. —Te aceptan. Y aunque creas que no, sí te quieren. —Dejémoslo de ese tamaño —corté—. No me gusta escuchar eso… Que me envidias. Viniendo de ti me desagrada. —Lo dije mal. No es envidia del todo, también es admiración —explicó, con un gesto más calmado—. Estás colocando los cimientos para una relación duradera, porque aunque no me lo hayas dicho, veo tus intenciones en establecer tu futuro con Amelia, y creo que eso es admirable y envidiable —aprobó mientras asentía mirando el techo. —Hay muchas cosas que desconoces, Alek. —No importa, ustedes se tienen el uno al otro. Y eso es lo que envidio y admiro, que pasaron por encima de opiniones, desacuerdos y terceros en discordia, y aún siguen juntos. Son un equipo. Y Sara es más una adversaria —finalizó con pesar. —Mierda, men. No creí que entre ustedes hubiese tanta tensión. —Es lo que siento, y tal vez estoy equivocado, pero es desagradable que mi refugio dejó de serlo hace mucho. Mi madre la adora, y ya sabes cómo es Kass, lo odia todo. Y Sara no fue la excepción, sin embargo un día me dijo algo muy «revelador» —señaló haciendo comillas en el aire. —¿Qué te dijo Kass? —pregunté, intrigado. —Sabes que Kassie es… Es ella, pues. Muy esotérica, y no es que yo crea en esas cosas, pero un día me dijo que soñó con mi muerte, y que la causante había sido Sara. —Pues, dudo mucho que Ricitos pueda asesinarte. Si te llega al pecho, es mucho, y si te parte una pierna es porque su estatura no la alza más. Alek sonrió muy leve y odioso viró los ojos. —Pensé lo mismo, pero Kass me dijo que no lo viera de manera literal, sino que lo interpretara como una señal de traición y desconfianza. —¿Dices que Sara podría engañarte? —inquirí dubitativo, ya no entendía mucho la conversación. —Solo digo lo que soñó la loca de mi hermana —aclaró y se hundió de hombros. —No sé, men, pero yo siendo tú y sintiéndome de esa manera, hace tiempo la hubiese terminado —tajé muy seguro—. Si Amy quisiera minimizarme, o hacer alguna otra cosa que deteriore nuestra relación y no sea capaz de asumir su compromiso, pues no tiene nada que hacer conmigo ni yo con ella. —Quiero verte… —Basura. —Gracias —largó con tono irónico—. Y… ¿Qué tal el trabajo? Le comenté acerca de lo aburrido que era el cargo, y también sobre el incómodo suceso con Daiana, y Alek aseguró que iba a ser un problema futuro si ella no se sinceraba, y me aconsejó mantener una relación únicamente laboral, para no crear más malos entendidos. Y por supuesto, todo era lógico, pero llevarlo a la práctica iba a ser un tanto difícil. —¿Y no has podido avanzar con la investigación de las municiones? —Nada, men. Daiana no comenta nada útil y revisar entre la correspondencia de ella sería algo riesgoso, tendría que hacerlo cuando la tensión entre nosotros baje. —Uh, sí. Ella con esa raja abierta y sangrando no va a darte ni la hora. —Muy gráfico y explícito, pero acertado… Alek quería fumar un tercer cigarrillo, pero yo me negué. Ya la oficina estaba un tanto nublada y el aire se volvió denso en muy pocos minutos, por lo que él desistió ante mi negativa. Tiré los residuos que manchaban el cenicero al cesto, y me ausenté hacia el baño, que se hallaba al final del pasillo. Pero no me esperaba que Alek también fuera, pues eso de ir al baño «juntos» era inusual. Como toda la conversación de la tarde.
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