«Use your eyes only to look at me
Use your mouth only to kiss my lips
We are branches of the same old tree
You can laugh only if you laugh with me
You can cry only if you cry for me
Don't forget that you're condemned to me
Can't you see
You always were
You'll always be».
«Usa tus ojos sólo para mirarme
Usa tu boca sólo para besar mis labios
Somos ramas del mismo árbol de siempre
Sólo puedes reírte si te ríes conmigo
Sólo puedes llorar si lloras por mí
No olvides que estás condenado a mí
Oh, ¿no lo ves?
Siempre lo fuiste
Siempre lo serás».
Rules
Canción de Shakira
*****
POV Amelia
Pasadas las dos de la tarde, fui a casa de Nyx. Estábamos preparando el almuerzo, y mientras él lavaba la carne, yo picaba las verduras y me quejaba de un fastidioso dolor de cabeza. Seguro era por el hambre, en los últimos días me daba mucha hambre.
—A que no adivinas lo que me sucedió este viernes.
—Uhm, ¿tiene que ver con el trabajo? —pregunté para descartar, porque todo estaba relacionado con el trabajo.
—Uh… Sí, sí un poco. Pero no directamente…
Continué picando el apio en rodajas muy finas.
—No sé… ¿Es algo bueno? ¿Llegó el supervisor que estaba de vacaciones?
—Ya debería volver, lleva como muchos días fuera… Pero no es eso, es otra cosa.
Comenzó con «le gusto a la secretaria de mi piso» y terminó con «yo no capté todas las indirectas de Dayana». El cuchillo se me resbaló y me corté media uña, un milímetro más arriba y me cortaba la punta del dedo. Chillé por el susto y Nyx se apresuró en atenderme.
—A ver, ¿en serio no lo notaste cuando te dio la planta?
—Sabes que soy despistado para algunas cosas, Amor —dijo, examinando mi dedo y dejó un beso sobre la uña.
—Despistadísimo… —solté y retiré mi mano de mal modo.
—Pero ¿por qué te molestas? Si le dejé bien claro que la única que me llena eres tú —explicó y sonrió amplio.
—Pues, no es molestia, o sí, no sé —murmuré, confundida.
A decir verdad no sabía qué pensar. Era lógico que cualquier mujer podría enamorarse de Nyx, porque él tenía hermosos rasgos y características que una mujer querría tener a su disposición siempre.
—Te lo comento porque no quiero tener secretos contigo —agregó él con un tono dulce y sincero—. Sabes que no haría nada que te alejara de mí.
—Lo sé, y agradezco tu confianza y sinceridad.
—Bueno…
Sus fuertes manos me acunaron el rostro y un apretado beso me hizo cosquillas en los labios. Me quité el pedacito de uña y lo tiré al canasto de basura. Lavé mis manos y continué picando las verduritas para condimentar la carne beef steak. También me comentó que esa muchacha le habló de un instituto universitario privado donde podría estudiar los fines de semana. Eso me gustó mucho y se lo hice saber, que él demostrara interés en continuar su educación era suficiente motivo para apoyarlo en cualquiera que fuese su decisión, y le recordé que lo ayudaría y orientaría en caso de necesitarlo. Al rato, Nyx se adueñó de la cocina y yo me retiré al sofá, y tuve curiosidad por ver a la muchacha que invitó a salir a mi novio.
Como no vi su celular en la sala, subí a su habitación, y no tuve que rebuscar mucho porque el aparato estaba sobre la cama. Apenas lo tomé, la pantalla se iluminó y lo desbloqueé. Ni siquiera le tenía contraseña…
«Entonces no tiene nada que ocultar».
Coloqué el celular en la cama y caminé para salir de la habitación, pero me picaban las manos y los ojos por escudriñar en el aparato, así que me devolví y me abalancé sobre el celular como un gato cazando un ratón. Chequeé la bandeja de chats, y mi conversación estaba de primera, luego otros chats de personas que supuse eran del trabajo, y entre todos esos, estaba el de Dayana.
—¡Ah! Así que es Daiana, con i latina… —murmuré y miré hacia el pasillo. Nyx aún no subía.
Casi todos los mensajes eran de ella. Y las escasas respuestas de él eran tan cortantes como las de mi padre cuando yo le escribía: un simple y gélido «ok». En definitiva, la muchacha sí tenía interés en él, y él no hizo ni el mínimo esfuerzo en entablar, así fuese por mera lástima, una conversación tan trivial como lo era el clásico tema del clima.
Vi su foto de perfil y comprobé que era bonita. No pude pasar por alto su mullido flequillo y sus oscuros ojos azules, y esa piel lechosa que seguro se enrojecía ante el minúsculo contacto con los rayos del sol.
Cerré la aplicación de chats y dejé el móvil sobre la cama, tal como estaba. Vi varias camisas amontonadas en el sillón de la esquina, así que como buena novia —y buscando resarcir mi entrometimiento—, las cogí para organizarlas, pero estaban usadas y les percibí el olor del perfume de Nyx, así que las junté todas para llevarlas al lavadero.
Bajé al piso inferior y le di una nalgada a Nyx cuando pasé por la cocina. Él, sobresaltado y con una risilla coqueta, me abrazó por la espalda, y con su mandíbula apoyada sobre mi coronilla y pasos algo robóticos, me acompañó hasta el lavadero.
—Duré un rato hablando solo, pensando que estabas allí en el sofá, escuchándome con atención porque ni un murmullo oí, y cuando volteé, no estabas.
—Es que subí para organizar la habitación —me excusé.
—Y el pendejo que te cocina y te consiente, abandonado y hablando como un loco.
—Gracioso… Cuéntame de nuevo en vez de estar haciendo dramas.
—Te decía que allá en el trabajo… Huele como a… ¡Mierda! Se pegó la carne.
Nyx me soltó y corrió a la cocina, y yo, sin saber si reirme o ir con él a ver, preferí seguir con la colada. Metí sus camisas a la lavadora y otras prendas, no sabía cómo se llenaba, así que entre alaridos Nyx me informó que se llenaba sola, entonces apliqué una lluvia de jabón en polvo, vertí el líquido suavizante en el recipiente dispensador y la encendí. No era como la lavadora del apartamento que tenía una pantallita táctil, esta tenía perillas y botones, pero del resto se parecía mucho. Volví a la cocina, y Nyx estaba sirviendo los platos, así que lo ayudé al servir el té de durazno que compramos antes de llegar a su casa.
Me quedé observando lo que hacíamos, y supuse que lo nuestro sí podía funcionar. Tal vez era insignificante, pero llevábamos varios meses pasando los fines de semana juntos, y aunque yo no sabía hacer mucho, me esforzaba cada vez que se trataba de hacer alguna labor doméstica. Por supuesto que sabía barrer y trapear, aunque a Nyx no le gustaba que yo lo hiciera.
«¿Será que eso lo hago mal y por eso a Nyx no le gusta?».
Pero no se oponía cuando le organizaba su ropa, la que normalmente dejaba tirada en cualquier lugar de su casa. Quizá, si viviéramos juntos, él se encargaría de la comida y yo de la limpieza, o del orden, o de lo que él no hiciera…
Pensar en aquello me abrumó un poco y mi estómago se estremeció. La idea no se me hizo desagradable en ningún punto, pero me daba temor no ser lo suficientemente buena para Nyx. Y aunque siempre trataba de cumplir sus expectativas, no tenía idea de cuáles eran sus estándares o metas en una mujer. Entonces solo lo hacía lo mejor posible.
Escucharlo, acompañarlo, aceptarlo y amarlo.
¿Se suponía que las parejas hacían eso, no? Fue lo que yo vi por mucho tiempo en mis padres.
Respiré profundo y cogí mi plato, luego que Nyx me había llamado varias veces y yo estaba absorta en una espiral de pensamientos. Bebí un poco del té frío y me senté junto a Nyx en el sofá. Su comida siempre era sabrosa, siempre sabía bien.
Luego que comimos, nos quedamos acurrucados en el sofá, y la alarma de la lavadora nos avisó que ya había realizado el ciclo, entonces Nyx se levantó, y se iba a llevar los platos, pero me ofrecí a lavar todo lo que estaba en la tarja de la cocina, y él me agradeció con un guiño y fue al lavadero. Comencé a enjabonar los platos y creí escuchar a Nyx llamándome, pero como no lo escuché de nuevo, continué en mi labor.
—¡Amelia! —gritó fuerte.
Tal fue el susto que se me resbaló un vaso y chocó fuerte contra los cubiertos, pero no le pasó nada porque todo era de metal.
—¡¿Qué pasó?! —vociferé—. No me acostumbro a esos alaridos tuyos —dije mientras caminaba al lavadero, secándome las manos en el pantalón.
—Nena, ¿no revisaste que había un suéter rojo?
—Nop, ¿por qué?
—Bueno, porque ahora tengo una colección de camisas rosadas —señaló con varias camisas en las manos.
Y en efecto, sus colores abarcaban una gama de rosas pasteles y otros que se acercaban a los lilas.
—Ay, Cielo, perdón… —musité, apenada.
—Camisas nuevas sin la presión del cuello rígido. En la próxima colada las ponemos con medias negras o azules, a ver si oscurecen —bromeó, queriendo minimizar el desastre.
—Te compraré unas en cuanto cobre…
—¿Todavía cobras? Porque casi ni has ido a trabajar.
—Pues, la universidad consume mucho tiempo… Igual, te compraré unas y ya.
—Talla L, gracias.
Me acerqué y lo abracé de espaldas por la cintura, y él continuó pasando la ropa a la secadora.
—Lo siento —balbuceé con la boca prensada en la curva de su espalda.
—No pasa nada, Amor.
—Soy una inútil…
—Bueno, así como inútil inútil, no…
—Pendejo —chisté y lo mordí por una costilla.
Me devolví a la cocina escuchando su risa entrecortada y casi me dio un infarto cuando vi el grifo abierto y la tarja a nada de desbordarse. Me apresuré en cerrar la llave y mover los platos para que el agua corriera. Al menos no tuve que enjabonar ni enjuagar más.
Y Nyx no se enteró del pseudo accidente, porque no ocurrió nada.
La mañana siguiente, aunque mi espalda estaba rodeada por Nyx, el frío me despertó. Me arrebujé con la cobija y Nyx me apretó con más cariño hacia él, y continuó sumido en el sueño. Intenté dormir, pero ya había descansado bastante, y al evaluar los pequeños rayos de luz que luchaban por entrar a través de los hilos de la oscura cortina, parecía ser más de las siete de la mañana, así que tomé con dificultad mi celular sobre la mesita de noche para confirmar la hora.
No estaba muy desubicada, eran un poco más de las siete con treinta, así que con cuidado, me levanté sin despertar a Nyx y fui al baño. Me aseé con mucha calma, sabía que Nyx dormía como una roca y no necesitaría entrar al baño. Hasta me lavé el cabello con su champú de fragancia masculina. Estaba nuevo, y también vi que tenía el jabón a juego, acondicionador y loción de afeitar.
«Guau, se está cuidando».
Salí del baño envuelta en una amplia y mullida toalla, y al entrar al cuarto vi a Nyx despierto, apoyado en su costado y mirando mi celular. Se giró hacia mí con el ceño fruncido y la boca apretada.
—Nena, ¿quién es Leonard?
—El primo de Ahrianna, el muchacho al que le lanzaste mi café en la cara.
—Ah, el que te pagó el septum falso… ¿y por qué te dice «princesa»? —enunció, afincando el tono de voz en el mote que me tenía Leonard.
—¿Qué dice el zalamero ese? Detesto que me llame «princesa», pero decírselo no va causar que deje de hacerlo, entonces trato de ignorarlo para ver si se aburre, pero es muy latoso y sigue llamándome así —rezongué.
—«Hey, Princesa. ¿Tienes planes para hoy?» —recitó de mal modo.
Nyx estaba rojo del enojo. Serio y resoplando. Se quitó la sábana de encima y la tiró al suelo.
—¿Qué planes tienes para hoy, Princesa? —remedó y no pude contener mi risa.
—¡Ay! Pasar el día contigo, mi Cielo.
Le di la espalda para rebuscar en el gavetero algo para ponerme. No sabía si saldríamos esa mañana, así que opté por una licra negra y una playera estampada.
—Uh hum… Ah, mira, volvió a escribir —recalcó odioso luego que sonó mi celular—… Es insistente. —Carraspeó y leyó—: «Ya vi que leíste mi mensaje… ¿te desmayaste de la emoción o tu novio te pega y por eso no me contestas?» —entonó fastidioso.
«Qué idiota es Leonard».
Hice el despectivo sonido de un pedo con la boca y la lengua, y saqué las prendas íntimas de una de las gavetas que ocupé desde hacía meses. Saqué la toalla de mi cuerpo y me sequé el cabello, que aún destilaba agua por todas partes, ya había salpicado el suelo en derredor. Me puse la ropa interior con más lentitud de lo necesario, queriendo provocar a mi celoso novio. Subí el panty de encaje n***o muy despacio por mis muslos, y cuando lo dejé sobre mi zona íntima repasé los delicados bordes de la prenda varias veces, como si no calzara bien, y el brasier me lo coloqué con el torso frente a él, sin apartar la vista de la pesada mirada de Nyx, y acomodé mis senos dentro de las transparentes y delgadas copas, y él, quien a pesar de verme en el bonito conjunto de lencería de encaje, tenía el ceño más tenso que antes de leer los mensajes.
—¿Y entonces? Le voy a partir la quijada cuando vaya mañana a buscarte.
—Ay, Nyx —bufé y destensé mis hombros—. No seas pesado. Según Ahrianna, le gusto. Pero él sabe muy bien que tengo a mi novio hermoso y celoso, y que no necesito ni quiero a nadie más —mimé y le acaricié el cabello.
—Okey, contéstale —ignoró mi melosería y extendió su mano con el móvil hacia mí, con frialdad—. Contéstale con una nota de voz, que tus planes conmigo son follar todo el día en cada ambiente de la casa.
Lo dijo tan serio que no me podía creer que fuese una verdadera petición. ¡Era muy tonto! Y aunque el ataque de celos me pareció adorable, no iba a complacerlo con tal ridiculez. Sin pensarlo, esbocé una sonrisa y Nyx me miró con indignación. Ladeó un poco la cabeza y asintió de manera desafiante.
—Y de paso, te burlas…
—No me burlo, es que me parece absurdo que te pongas así.
—Me pongo como quiera, porque no tiene que estarte diciendo «princesa» ni preguntándote por «tus planes» ni un carajo.
—Ya vas a comenzar… —largué en voz baja y terminé de vestirme, resignada a que no serviría de nada ponerme de cabeza o con los tobillos detrás de las orejas.
—Sí, ya voy a comenzar —gruñó.
Se levantó de la cama como por impulso y me haló hacia él, tan fuerte que terminé sentada entre sus piernas. Un brazo me aprisionó por la cintura y con la mano libre manejaba mi celular, en el que colocó la conversación con Leonard, la cual carecía de interacciones, pues casi todos los mensajes que me enviaba quedaban leídos y sin respuesta. Leonard era mi versión masculina de Daiana.
—Háblale, Amy. Ya sabes qué decirle.
—¡Ay, Nykolas!, deja la tontería, por favor.
—¿Cuál tontería? Nosotros siempre la pasamos bien y no estarías diciendo mentiras —musitó por mi cuello y su respiración me causó un delicioso escalofrío por la piel.
—Pero no tengo que decirle esas vulgaridades, y menos cuando no lo amerita.
—Lo amerita. Es necesario, «princesa».
—Eres tan antipático y fastidioso…
Me removí contra su cuerpo y sentí el bulto palpitante pegado a mi trasero. Por puro gusto y ganas de fastidiarlo, me refregué contra él como una serpiente sobre la arena, y los brazos de Nyx me apretaron más fuerte que antes. Sus grandes manos rodearon mis senos sobre la playera, y como si hubiese leído mi mente, pellizcó mis pezones con la suficiente presión para hacerme gemir.
—No te gusta la guerra, pero te encanta meterte en la batalla… No te quiero ver llorando cuando te lleves tu balazo —soltó con voz ronca en mi oído.
—Hablas tan vulgar... —gimoteé, envuelta en sus caricias y perdiendo mi poca conciencia.
Y la verdad era que me encantaba que hablara de esa manera.
Él se levantó sobre la cama y pasó una pierna sobre mí al bajarse. Y solo se levantó de esa manera para rozar su erección contra mi espalda. Se fue al baño con la toalla en la mano, y varios minutos después, en donde el calor de mi cuerpo no había disminuido, regresó semidesnudo y mojado.
Cogí el celular y activé la grabadora de voz.
—Voy a la guerra y sin fusil.
Envié el archivo de audio a Leonard y dejé el celular a un lado, esperando por una respuesta frente a mí.
Nyx volteó intrigado, alzó una ceja y sonrió con picardía al cruzar sus ojos con los míos.
—Conque vas a la guerra…
Tiró la toalla a un lado y me dio el mejor desayuno del mundo.