POV Nykolas
Hablamos de tatuajes, preguntó por las líneas y puntos que tenía regados por mi cara y cuello, y ella, con mucho pudor, me enseñó un colibrí que le coloreaba el fino hombro. Pasados varios temas banales de conversación, había detallado que un par de botones de la blusa de Daiana permanecieron abiertos, y podía ver su nívea piel bajo la tenue iluminación amarillenta del local, y que su sonrisa era más ancha a medida que el ámbar líquido de su vaso disminuía, mucho más apresurado que el mío.
Terminamos juntando las banquetas y riendo codo a codo, ignorando que quizá teníamos un alboroto en el barsucho y que podíamos estar atrayendo miradas, y seguramente allí había más gente de SoulPlate. Si era así, el lunes habría rumores en la sala de fotocopiado y en los pasillos del piso cuatro… Pero me lo estaba pasando a gusto, descubrí que a Daiana le gustaban los videojuegos y pasaba parte de su fin de semana jugando en línea, con unos amigos del instituto sabatino al que asistía.
—Oye, vas a tener que pasarme el dato de ese instituto, no se me ocurrió estudiar los días sábados…
Y me pareció una excelente idea, aunque mi tiempo se vería reducido de forma drástica, pero lo valdría cuando estuviese graduado de alguna carrera, así fuese de tres años. Era un comienzo.
—Si quieres te paso la dirección de mi casa, me buscas y vas mañana conmigo, así puedes ver las carreras que imparten —ofreció, con una mano sobre la mía, y luego la movió para beber de la segunda cerveza que había ordenado.
Asentí.
Cuando llegaron las brochetas, ella tomó una y comió uno de los trozos de pollo, y con un delicado gesto me ofreció, pero… ¡Hey! ¿Qué estaba sucediendo? ¿Comida en la boca? ¿Acaso esto era una cita?
Me arrimé al diminuto espaldar del taburete y ella hizo una mueca de inconformidad y bajó la brocheta para dejarla sobre la bandeja de cartón.
—Oye, no quiero ser grosero, pero eso sería extraño.
—¿Extraño por qué? Creo que está bien que quiera compartir…
—Sí, lo sé, pero no así, o sea, tú y yo somos colegas de trabajo… —interrumpí.
Porque compartir no era el problema, sino esa manera tan personal e íntima.
—Aparte, no es la primera vez que comemos juntos —intervino, con un gesto de incomodidad que la hizo voltear los ojos a otro lado y resoplar.
—Sí, pero en ningún momento hemos intercambiado comida de esa manera —aclaré.
—Por la mera formalidad y decencia que se debe mantener en el lugar de trabajo —acotó, un poco odiosa.
—Y porque no quiero que me malinterpretes.
—¿De qué forma?
—Daiana, ¿te gusto? Porque no es el mensaje que quiero darte.
—¿No es obvio que me gustas? Casi se me sale un seno cuando te mostré mi tatuaje de colibrí, ¿y dudas de lo atractivo que me pareces?
«Coño».
—Hay algo que debería decirte… —comencé.
—No me digas que eres gay —se adelantó y abrió mucho los ojos. Parpadeó, atónita y congelada.
—¡No! No, no. Nada de eso... —negué de manera apresurada.
¿Qué mierda le había dado a entender?
—… lo que quiero decirte es que tengo novia, y estoy seriamente feliz y comprometido con mi relación —completé.
—Vaya, se nota —burló y se abotonó la blusa—. Entonces ¿qué haces aquí, conmigo?
La vergüenza me tiñó la cara de carmesí y me cubrí la boca con una mano, mientras rodeaba mi abdomen con el brazo libre. Es que ¿cómo no lo vi antes? Podía distinguir algo diminuto moviéndose a muchos metros de distancia, pero todo el flirteo de la bonita secretaria pasó desapercibido para mí. Entonces nunca fue amable, solo fue coqueta…
«Mierda, todo concuerda ahora».
—Guau, lo siento, estoy bien pendejo con las relaciones interpersonales…
—No es necesario que lo digas —musitó y sonrió, no de manera dulce como antes, sino con desdén.
—Daiana, en serio, discúlpame. No quise ilusionarte ni nada parecido. Eres muy agradable y pensé que podíamos ser amigos.
—Tú me gustas, no creo que podamos ser amigos con un problema como ese. Aparte, ¿por qué fuiste recíproco conmigo?
—Pensé que d-de verdad eras amistosa…
—Me viste medio brasier. ¿No fue una pista fuerte?
—Me regalaste una planta, es algo tan de señora copetona ese gesto.
Se quedó boquiabierta y se bajó del taburete.
—Daiana, lo siento —murmuré, pero no pude evitar reírme.
¿En serio le ofendió?
—Si tanto te desagrada me la puedes devolver, no necesito lástima de otro supervisor imbécil —tajó y cogió su cartera con un brusco movimiento que hizo tambalear la mesita.
«Mierda, piensa rápido, Nykolas».
—Daiana, espera por favor.
La seguí hasta la salida, con el fuerte pensamiento de que la había cagado en todo sentido. Ella se detuvo y giró muy rápido y casi la empujé al detenerme, y debajo de ese flequillo de carbón, sus ojos rojizos y lagrimeantes se asomaron.
—¿Crees que es divertido? Todos esos imbéciles me acosan y me dicen tantas morbosidades, que mi mente las anula como si fuese un proceso más del cuerpo. Y de la nada, llegas tú a la agencia, tan correcto y educado, y diferente al resto. Y ya estás comprometido.
¿Qué se suponía que debía contestar a eso?
Balbuceé un quedo «discúlpame» que sonó patético, y a ella pareció llegarle a su interior.
Daiana se acercó con timidez y recostó su cabeza ladeada en mi pecho, justo donde mi corazón parecía tener un pico y una pala e intentaba escapar de mi ser. La abracé a la altura de los hombros, e imaginando que todas las mujeres se calmaban igual, comencé a mecerla hacia los lados, como cuando a Amy le daban esos llantos que parecían interminables.
—Si tu novia te termina, ¿me tomarías en cuenta? ¿Me avisarías?
Se me cruzó el aire con una carcajada y casi me ahogué con la risa, y contrario a lo que esperaba, Daiana soltó unas risitas y me asió por los costados para separarse.
—No necesitaría avisarte porque tendría un humor de mierda, y te daría miedo acercarte a mí.
La muchacha sonrió algo débil, y luego pasó la yema de sus dedos bajo sus ojos, y se excusó hacia el baño. En este punto, lo mejor era que cada quien tomara su camino a casa, ya había sido bastante incómodo. Pagué lo consumido y pedí lo que restó de las brochetas para llevar, y se las ofrecí a Daiana, y miró la bolsa por varios segundos y al final las tomó, mencionando con el ánimo más elevado que ese sería su almuerzo de mañana.
Me explicó dónde quedaba el instituto, por si eso sí me interesaba, y ¡por supuesto que me interesaba! Al menos tomó los hechos con humor…
Por la mañana fui a la residencia Mokashi por Amy, pero la condenada morsa se quedó dormida. La señora Leyla me invitó a desayunar tostadas francesas preparadas por ella, y ¿cómo le iba a despreciar un desayuno a mi suegra?
Jamás.
Una hora después, mi novia hizo acto de aparición por el pasillo, arrastrando los pies cubiertos por medias y tambaleando su cuerpo en una diminuta pijama.
—Amy, otra vez con una de esas pijamas —señaló la señora Leyla con un tono de fastidio.
El short parecía un panty, tenía unas aberturas a los lados que mostraban sus redondas caderas. Y la blusita le quedaba ceñida, tanto que pude ver sus pezones marcados tras la tela. Tuve que bajar la mirada, me provocaba arrancarle la ropa con los dientes.
—Ay, mami, ni que Nyx no me haya visto desnuda…
Se me resbaló un cubierto y chocó escandaloso contra la vajilla.
—¡Amelia! —regañó la mamá.
—Es culpa de Liss, que no tiene suficiente tela para hacerme ropa —señaló jocosa y tomó asiento—. Mi Cielo —saludó y me lanzó un beso.
Suspiré y sonreí con incomodidad, con el deseo de meterme bajo la mesa.
—Sirena… tú siempre tan delicada.
Continuamos desayunando, y Amy se sirvió un par de tostadas con fruta y miel para acompañarnos. Al rato ya nos habíamos levantado de la mesa y ella fue a cambiarse para salir a pedalear sobre las bicis.
Salimos del estacionamiento sobre las bicis y nos unimos al calmado tráfico del sábado. El día estaba bonito, y esperaba que continuara así, con el sol en lo más alto contrastando en el manto celeste.
Entramos a un parque y casi nos adueñamos del ancho de una de las caminerías, hablando de la semana y poniéndonos al día con todo. Luego ella se señaló la nariz y se sacó el piercing con un movimiento muy simple. Me quedé perplejo y grité «¡Esa cosa no es real!», y ella asintió con los cachetes tan rojos como un par de manzanas.
—¡Fue horriblemente vergonzoso! —chilló Amy.
Esquivé un bache en la senda de cemento y seguí pedaleando.
—Amelia, ¿cómo no te diste cuenta que no era real?
—No sé, la emoción…
—Y seguro te cobraron la pieza con la falsa perforada —alcé la voz para que me escuchara la indignación.
Íbamos hombro con hombro, o en este caso rueda con rueda, y alcancé a darle una palmada en el brazo a modo de reprimenda.
—No… bueno, no sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Yo no pagué, me lo regaló el primo de Ahrianna.
«Ah, es que encima de que te mira el culo, te regala un piercing falso».
—¡Ah! Qué bonito. A la niña le regalan piercings de mentira…
—Pero se me ve lindo —balbuceó como una niña pequeña y se lo volvió a colocar.
—Bueno, sí. Te ves bella.
Ella sonrió, mostrando sus bonitos dientes y continuó pedaleando, pero más rápido que yo, dejándome un poco rezagado. Y como yo sí gozaba del derecho y la potestad, miré su redondo culo.