Prólogo
Giovanni
Si me preguntaran cómo terminé aquí, probablemente respondería con una mentira.
No porque quiera ocultar la verdad.
Sino porque, después de todo lo que he visto, ya ni siquiera sé cuál fue el momento exacto en que mi vida dejó de parecerse a la de cualquier chico de mi edad.
Aunque... supongo que primero debería responder una pregunta mucho más sencilla.
¿Quién soy?
Para la mayoría, solo soy Giovanni.
Un botones.
El muchacho que carga maletas, sonríe demasiado y conoce cada rincón del Hotel Omertà.
El tipo al que los huéspedes apenas miran dos veces.
Y eso está bien.
Porque las personas invisibles son las que más cosas ven.
Mientras unos llegan buscando unas vacaciones de lujo, otros cruzan estas puertas para cerrar negocios que jamás aparecerán en un contrato.
Aquí conviven millonarios, políticos, celebridades, turistas extravagantes... y asesinos.
A veces, incluso son la misma persona.
El Omertà no es un hotel.
Es una ciudad escondida detrás de una recepción de mármol.
Tres restaurantes.
Un club nocturno.
Un spa.
Salones privados.
Oficinas de lujo.
Habitaciones cuya tarifa por una noche supera el sueldo anual de muchas personas.
Todo impecable.
Todo elegante.
Todo perfectamente diseñado para que nadie se haga la pregunta correcta.
Porque el verdadero hotel empieza después del piso quince.
Allí ya no existen los huéspedes.
Solo la Famiglia.
La Familia Genovese, una de las organizaciones criminales más poderosas de Nueva York.
Elevadores privados.
Pasillos secretos.
Rutas de escape construidas décadas atrás.
Habitaciones donde se negocian fortunas, se planean guerras... y, de vez en cuando, desaparece alguien.
Ahí es donde trabajo de verdad.
Soy uno de los hombres de mayor confianza de la Familia.
No porque sepa disparar.
No porque sea un mafioso.
Sino porque sé mantener la boca cerrada.
Y porque hago bien mi trabajo.
A veces consiste en cambiar unas sábanas después de una noche demasiado apasionada.
Otras, en sacar un cadáver antes de que llegue el servicio de desayuno.
Hay días en los que debo encontrar un reloj de diez millones de dólares.
Y otros en los que termino buscando dientes debajo de una cama.
Uno aprende a no hacer preguntas.
También aprende muy rápido quién manda de verdad.
Porque los hombres de esta organización pueden inspirar miedo.
Pero las mujeres...
Las mujeres consiguen que esos mismos hombres obedezcan.
Así que, cuando ellos me piden algo, camino.
Cuando ellas me piden algo...
Corro.
Como ahora.
Voy atravesando una red de pasadizos ocultos, diseñada para evacuar a toda una organización criminal en caso de una redada del FBI, mientras intento no derramar un helado de menta con chispas de chocolate.
Son las tres de la madrugada.
La chica de la habitación 101 decidió que no podía dormir sin helado.
Y, sinceramente, nadie en este hotel está lo bastante loco como para decirle que no.
Aunque...
Comparado con el otro encargo de esta noche...
El helado es la parte fácil.
Porque la mujer del penthouse...
Quiere una ballesta.