Eliza El malestar era tan intenso que cualquier intento de describirlo con palabras parecía inútil. Cada célula de mi cuerpo parecía estar librando una guerra perdida, y el dolor era su bandera ondeando en alto. Respirar era una tarea titánica. Mis pulmones parecían encogerse, luchando contra un peso invisible que me aplastaba el pecho. Llevaba dos horas en el baño, inclinada sobre el inodoro, vomitando hasta el alma. El ácido quemaba mi garganta con cada espasmo, y las lágrimas involuntarias se deslizaban por mis mejillas. Dos sesiones de quimioterapia, y ya sentía como si mi cuerpo hubiera declarado rendición. Una sensación punzante se instalaba en mis piernas; los calambres iban y venían como olas que me zarandeaban sin piedad. A cada paso, el dolor me recordaba que no había refugio

