Jonathan Han pasado dos largas y eternas semanas desde que Eliza fue intubada. Dos semanas en las que el tiempo parece haberse detenido, y cada minuto que pasa siento cómo la desesperación me consume más profundamente. No ha habido ningún cambio. Ninguna señal de mejora. La habitación sigue llena del frío sonido de las máquinas que la mantienen con vida, de los monitores que registran cada latido débil de su corazón y el susurro constante del oxígeno. Y yo no me he movido de su lado. Ni un solo día. Ni un solo segundo. La idea de apartarme siquiera un momento me resulta insoportable. Tengo un miedo paralizante a que despierte y no esté aquí para sostener su mano y decirle que todo estará bien, que la amo más allá de lo que cualquier palabra podría expresar. Pero también tengo otro mied

