Pero entonces sentí que mi pecho se apretaba porque sabía que me enviarían de vuelta a Cecylia esa misma tarde. Eso me recordó que no era realmente parte de su familia.
Era el único momento bueno que tenia. Lo reproducía una y otra vez, tumbado en mi cama, cada vez que oía los resortes de Cecylia gemir bajo el peso de un extraño.
—Lo adoptaremos. —anunció Oliwia fríamente—. Vete. Te enviaremos el papeleo en cuanto nuestro abogado redacte los documentos.
Mi pecho se llenó de algo cálido en ese momento. Algo que nunca había sentido antes. No pude evitarlo. Se sentía bien. Algo cómo, ¿Esperanza? ¿Oportunidad? ¿Familia?.
No podía ponerle nombre.
—Oli—dijo Armandek con el apodo de su esposa.
Y así, mis entrañas se volvieron a enfriar. No quería adoptarme. ¿Por qué iba a hacerlo? Ya tenían una hija perfecta. Ludwika era linda, divertida y normal. No se metía en peleas, no la habían expulsado de tres escuelas diferentes y, definitivamente, no se había roto seis huesos del cuerpo haciendo cosas peligrosas porque el dolor le recordaba que seguía viva.
No era un idiota. Sabia a dónde me dirigía: a la calle. Los niños como yo no eran adoptados. Solo se metían en drogas, alcohol, robo y problemas.
—No—le espetó Oliwia—. Ya me he decidido.
Nadie habló por un momento. Me asusté mucho. Quería sacudir a Cecylia y decirle lo mucho que la odiaba. Que ella era la que debería haber muerto en lugar de la abuela Lena. Que se merecía morir. Con todas sus drogas y novios casados y viajes de rehabilitación.
Nunca le conté a nadie cómo me daba tragos de ron para hacerme dormir. Cuando Armandek o Oliwia nos visitaban por sorpresa, me frotaba polvo blanco en las encías para despertarme. Maldecía en voz baja, amenazando con quemarme si no me despertaba.
Tenía siete años y cuando no me ponía el polvo blanco a diario, temblaba, sudaba y gritaba contra la almohada hasta que me quedaba sin energía y me desmayaba.
Tenia ocho años cuando me di cuenta que era un adicto al polvo blanco y al alcohol.
Peleaba para que me diera cualquier tipo de alcohol o polvos. Me volvía loco cada vez que ingresaba a su habitación a consumir esas cosas y no me ofrecía. Una vez, mordí el brazo de Cecylia de tal manera que una parte de su piel se quedó en mi boca, salada y metálica y dura contra mis dientes.
Ella me había agarrado robando drogas del cajón de la mesita de noche de su habitación y me agarró del cuello para sacarme de su habitación .
Después de eso no volví a intentarlo, lo conseguía vendiendo algunas cosas suyas a los drogadictos de la calle.
—Tienes la maldita suerte de que mi esposa es muy terca —siseó Armandek—. Adoptaremos a Bazy, pero habrá estipulaciones, y muchas.
—Sorpresa —dijo Cecylia—. Escuchémoslas.
—Lo entregarás y firmarás todo el papeleo legal, sin negociaciones y sin pedir un centavo.
—Hecho-dijo Cecylia sin una pizca de humor en su voz.
—Te irás a la mierda. Múdate lejos. Lárgate a Alemania, Brasil donde tu quieras, pero lejos de él, de aquí. Y cuando digo lejos, Cecylia, me refiero a un lugar donde él no pueda verte. Donde el recuerdo de su madre inútil no arda en sus venas. Es preferible otro planeta, pero aun no hay como llegar allí. Así que dos estados de distancia como mínimo será mi requisito. Y si alguna vez vuelves, lo que sinceramente desaconsejo, deberás pasar por mi si quieres verlo. Si te alejas de él ahora, pierdes todos tus privilegios de madre. Si te sorprendo metiéndote nuevamente con este niño, mi niño...— Hizo una pausa para enfatizar—...te daré la muerte lenta y dolorosa por la que has estado rogando durante toda tu miserable vida, y te haré ver tu propia muerte en el espejo, vano desperdicio de oxígeno.
Y yo le creía.
Y sabía que ella también le creía.
—Nunca me volverás a ver. —La voz de Cecylia sonó como si su garganta estuviera llena de monedas—. Ese chico esta podrido hasta la médula, Armandek. Por eso lo amas tanto como a ti mismo. Te ves reflejado en él. Su oscuridad te llama.
Fue entonces cuando me convertí en una estatua de sal. O al menos eso es lo que sentí.
Tenía miedo de que, si alguien me tocará, me hiciera añicos.
Podría ser como Armandek.
Tenia oscuridad. Y violencia. Y todas las cosas que lo hicieron grande.
Tenia el mismo hambre y desprecio por el mundo y el mismo corazón que era sólo eso, un corazón latiente, sin gran cosa en su interior.
Podría cambiar.
Podría ser otra cosa.
Podría ser algo, y punto.
Era una posibilidad que nunca había considerado.
Cecylia se fue poco después. Entonces Armandek y Oliwia hablaron. Escuché al tío Armandek servirse un trago. Hablaron de abogados y de qué decirle a Ludwika.
Oliwia sugirió que me enviaran a una escuela de pedagogía Waldorf, sea lo que sea eso. Me dirigí a la cama de puntillas, demasiado cansado para preocuparme por mi propio futuro.
Las rodillas me fallaban y sentía que la carne seca me subía por la garganta. Hice una parada en el baño y vomité todo lo que había dentro de mí estómago.
Era un huérfano. Un error. Una rata de alcantarilla. Una bestia oscura.
No supe cuánto tiempo pasó hasta que entraron en mi habitación. Me hice el dormido. No quería hablar. Todo lo que quería era estar allí con los ojos cerrados, asustado, con miedo a que se decidieran que no me querían después de todo o que iban a decirme algo que no quería oír.
Sentí que mi cama se hundía mientras Oliwia se sentaba en el borde. Tenía ropa de cama con la bandera de Polonia, una PlayStation 2, un televisor y una camiseta de Ozzy Soborno colgada en la pared. Mi habitación estaba pintada de azul claro y llena de fotos enmarcadas mías con Armandek, Oliwia y Ludwika en Energyland, Dubái y un círculo que fuimos en Moscú.
Mi habitación en casa de Cecylia era sólo una cama, una cómoda y un cubo de basura.
No había pintura. Sin cuadros. Nada de nada, que la hiciera parecer la habitación de un niño.