El aire en la mansión Novak se había vuelto irrespirable. La partida de Alexander hacia la bodega no había traído la paz, sino el silencio que precede a una supernova. Pero el silencio se rompió con el estruendo de la puerta principal siendo golpeada contra la pared. Lucía, entró como un torbellino de furia. Sus ojos, usualmente tranquilos, despedían chispas. No se detuvo ante los criados, sino que subió las escaleras gritando el nombre de su madre. —¡¿DÓNDE ESTÁ?! —rugió Lucía, encontrando a Aurora en el pasillo—. ¡Aidan me acaba de llamar! ¡Dime que es mentira lo que papá le dijo a Isabella! ¡Dime que no tuvo la sangre fría de repudiar a su propia hija en medio de la noche! Aurora, que ya estaba al límite, palideció. Pero antes de que pudiera responder, la figura imponente de Alexande

