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A la medida del Destino

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Blurb

Dieciocho años han pasado desde que el León de Milán y la Soberana de Imperia unieron sus imperios en una boda que detuvo al mundo. Hoy, la paz de los Ferré-Valente pende de un hilo, y no por enemigos externos, sino por la fuerza indomable de su propia sangre.Vittoria y Bianca, las gemelas que una vez fueron el centro de la protección absoluta de una familia de titanes, han crecido. Una posee la mente fría y el olfato infalible de su padre para la perfumería; la otra, el fuego rebelde y el instinto comercial de su madre para la alta costura. Pero a los dieciocho años, las reglas de la mansión Ferré empiezan a sentirse como una jaula de oro.El regreso de los primos Sterling, Arturo y Nicolás, desata una tormenta de celos y secretos. Arturo, el niño rubio que desafió a Dante en el pasado, regresa convertido en un hombre de una seguridad devastadora, dispuesto a reclamar el corazón de la impetuosa Bianca. Mientras tanto, el enigmático Nicolás pondrá a prueba la gélida armadura de Vittoria, en un juego de seducción donde el intelecto es el arma principal.

Segunda parte de la Novela A la medida del León.

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Capitulo 1: El Despertar de las Herederas
París, la ciudad de la luz, parecía rendirse ante el resplandor de la mansión Ferré. Era la noche de la Gala de Invierno de Imperia, un evento que no solo marcaba el éxito financiero del imperio de Victoria, sino que servía como el debut oficial de Vittoria y Bianca Valente Ferré ante la alta sociedad europea. A sus 18 años, las gemelas ya no eran las niñas que corrían por los viñedos de la Toscana; eran dos fuerzas de la naturaleza que cargaban con el peso de dos apellidos legendarios. En la planta superior, el vestidor de las gemelas era un hervidero de actividad. Estilistas, maquilladores y asistentes de moda se movían con precisión quirúrgica. Victoria observaba desde el umbral de la puerta, con una copa de champagne en la mano y una expresión de orgullo que apenas podía disimular. A sus 53 años, Victoria seguía siendo la mujer más elegante de Francia, pero esa noche, ella sabía que el protagonismo les pertenecía a sus hijas. Vittoria estaba de pie frente al espejo tríptico. Su elección había sido un vestido de seda negra azabache, de corte columna, que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. No llevaba encajes ni adornos innecesarios. Su belleza residía en la simetría y en esa mirada gélida y analítica que había heredado de su abuelo Alejandro. Estaba concentrada, terminando de aplicar una gota de "Souveraine" en sus muñecas. —Es perfecto, madre —dijo Vittoria con voz calmada—. El equilibrio entre el sándalo y la rosa negra es lo que el mercado de lujo estaba esperando. Papá cree que es muy "oscuro", pero yo sé que es poder embotellado. —Tu padre siempre ha preferido los campos de lavanda, Vittoria —sonrió Victoria—. Pero tú tienes el instinto de los negocios. Sabes que el poder no siempre tiene que oler a flores. Al otro lado de la habitación, Bianca era el polo opuesto. Mientras su hermana era la calma antes de la tormenta, Bianca era el rayo. Su vestido era de un rojo carmesí vibrante, con un escote palabra de honor y una falda asimétrica que dejaba al descubierto sus piernas infinitas. Ella no estaba quieta; se movía al ritmo de una música que solo ella escuchaba en su cabeza. —¡Vittoria, deja de analizar el PH del perfume y mírame! —exclamó Bianca, dando una vuelta—. Si con este vestido no logro que los abuelos sufran un síncope, habré fallado como nieta. —Lograrás que papá encadene las puertas de la mansión, Bianca —respondió Vittoria sin mirarla—. Lo cual arruinaría nuestros planes para después de la gala. En un rincón, los mellizos de 14 años, Alessandro y Leonora, observaban la escena sentados en un diván. Alessandro, que era la viva imagen de Dante pero con la picardía de los gemelos Ferré, jugueteaba con un walkie-talkie. Leonora, más parecida a Victoria, revisaba un mapa digital de la mansión en su tablet. —El perímetro está vigilado por los cinco "Sargentos del Honor" —susurró Alessandro—. Papá está en la entrada, los abuelos en el gran salón, y los tíos Marco y Julián están rotando por el jardín. Es una vigilancia de nivel 5, chicas. Salir de aquí va a costarles caro. —Ya les pagamos, enanos —recordó Bianca, lanzándoles un beso—. Solo asegúrense de que la puerta de servicio esté desbloqueada a las doce. Mientras tanto, en el gran salón de mármol y cristal, la atmósfera era muy distinta. Cinco hombres vestidos de etiqueta impecable formaban un semicírculo cerca de la escalinata principal. Si alguien no los conociera, pensaría que eran un consejo de sabios o un tribunal de justicia. En realidad, eran un grupo de padres, tíos y abuelos al borde de un ataque de nervios. Dante Valente, con algunas canas plateadas que solo acentuaban su mandíbula de acero, revisaba la lista de invitados como si fuera un expediente criminal. —No me gusta —dijo Dante por quinta vez en la noche—. No me gusta que este evento sea abierto a "jóvenes promesas de la industria". ¿Qué significa eso? ¿Significa que cualquier muchacho con un traje alquilado puede acercarse a mis hijas? —Cálmate, Dante —dijo Marco, quien ahora compartía la carga familiar como esposo de la tía Bianca—. He revisado los antecedentes de cada invitado menor de 25 años. Si alguno tiene una multa de tráfico, ni siquiera pasará de la verja. Julián, siempre el más impulsivo, se ajustaba los puños de la camisa. —Yo he contratado personal extra para que finjan ser camareros. Su única misión es derramar vino sobre cualquier chico que intente bailar más de dos canciones seguidas con Vittoria o Bianca. Es una táctica de distracción clásica. Don Alejandro y Don Ignacio asentían con gravedad. —En mis tiempos —intervino Alejandro, golpeando su bastón contra el mármol—, un hombre tenía que pedir permiso al patriarca antes de siquiera mirar a una Ferré. Ahora se creen que con un "seguimiento" en r************* tienen derecho a todo. —Padre, ¿tienes el dispositivo? —preguntó Dante. —En el bolsillo, hijo —respondió el padre de Dante, mostrando un pequeño control remoto—. Si la música se vuelve demasiado "atrevida", cortaré la luz del escenario. Eran una muralla de testosterona y sobreprotección. Cinco hombres que habían dirigido empresas y sobrevivido a crisis, pero que temían más a un adolescente de 18 años que a una caída de la bolsa. Entonces, el maestro de ceremonias anunció la llegada de la familia. Victoria bajó primero, radiante, ganándose los aplausos de la élite parisina. Pero cuando Vittoria y Bianca aparecieron en lo alto de la escalera, el tiempo pareció detenerse. Dante sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Eran hermosas. Eran poderosas. Y, sobre todo, eran peligrosas para su paz mental. Vittoria bajó con la elegancia de una pantera, saludando con la cabeza a los accionistas. Bianca bajó con una sonrisa radiante, deteniéndose a mitad de camino para enviar un beso al aire, lo que provocó que Don Alejandro apretara su bastón con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. —Están... —comenzó Dante, cuando las niñas llegaron a su lado. —...demasiado expuestas —completó Julián, mirando con recelo el escote de Bianca. —Papá, tíos... dejen de actuar como si estuviéramos en la Edad Media —susurró Bianca, dándole un beso en la mejilla a su padre—. Es una gala de Imperia, no un convento. —Dante, respira —le ordenó Victoria al oído mientras se posicionaban para las fotos—. O te dará un infarto antes del primer brindis. La gala transcurría con el ritmo habitual de las altas esferas: conversaciones sobre inversiones, desfiles de modelos y champagne fluyendo. Hasta que la puerta principal se abrió para recibir al invitado más esperado de la noche. Sir Arthur Sterling, el Embajador británico, entró con la distinción que lo caracterizaba. Pero esta vez, no era él quien atraía todas las miradas. Detrás de él, dos jóvenes caminaban con una presencia que eclipsaba a cualquier otro hombre en la sala. Arturo Sterling. El niño rubio de ojos azules que solía agarrar la mano de Bianca en el colegio había desaparecido. En su lugar, un hombre de 1.90 de altura, con hombros anchos y un traje de sastre azul noche, avanzaba con una seguridad devastadora. Sus ojos azules, ahora más intensos, recorrieron la sala hasta fijarse en una sola persona: Bianca. A su lado, su primo Nicolás Sterling, de ojos verdes esmeralda y una mirada mucho más tranquila pero igual de penetrante, caminaba con las manos en los bolsillos, observando el entorno con un aire de superioridad intelectual. Dante sintió un tic en el ojo derecho. —No puede ser —masculló—. Ha vuelto. El problema rubio ha crecido. Arturo no esperó a ser presentado. Caminó directamente hacia el grupo familiar, ignorando la mirada asesina de Dante y el escrutinio de los abuelos. Se detuvo frente a Bianca y, con una elegancia que hizo que hasta Doña Elena asintiera internamente, tomó su mano y la besó. —Bianca. El tiempo ha sido generoso contigo —dijo Arturo con una voz grave, de barítono—. Pero París sigue siendo muy pequeña para alguien tan radiante. Bianca, que raramente se quedaba sin palabras, le dedicó una sonrisa desafiante. —Arturo. Veo que por fin has aprendido a caminar sin tropezarte. Lástima que hayas tardado dos años en volver. —Vine en cuanto supe que estarías libre de la escuela, Bianca. No quería distracciones —respondió él, sin soltarle la mano. Dante se interpuso físicamente entre ellos, rompiendo el contacto. —Sterling. Embajador. Qué... sorpresa —dijo Dante, con una amabilidad que sonaba a amenaza de muerte—. Veo que su hijo ha heredado su falta de noción sobre el espacio personal. —Dante, mi viejo amigo —rio Sir Arthur, acercándose—. No seas tan rudo. Los chicos han sido amigos desde la infancia. Deja que disfruten la noche. Mientras tanto, Nicolás se acercó a Vittoria, quien lo miraba como si fuera un insecto interesante bajo un microscopio. —Vittoria. Tu perfume dice "aléjate", pero tus ojos dicen "inténtalo" —dijo Nicolás con una sonrisa de lado. —Mis ojos dicen que estás bloqueando mi camino hacia el buffet de caviar, Nicolás —respondió ella fríamente, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con su collar de perlas. En otra parte del salón, el resto del grupo se reunía. Violeta (Vilu), la pelirroja vibrante, llegó con un vestido de gasa que combinaba con su fuego interior. Junto a ella, los mellizos Daniel y Daniela Thorne. Daniela miraba desde lejos cómo Nicolás intentaba entablar conversación con Vittoria. Sus ojos negros reflejaban un anhelo silencioso. Ella amaba a Nicolás desde los diez años, pero su lealtad hacia Vittoria era sagrada. No quería arruinar la amistad por un hombre, incluso si ese hombre era el dueño de sus sueños. Su hermano Daniel, notando la tristeza de su melliza, la tomó del brazo. —Ni siquiera lo pienses, Dani —susurró Daniel—. Nicolás solo tiene ojos para la "Reina de Hielo". Vamos a divertirnos nosotros, antes de que los Ferré decidan que el baile es ilegal. Cuando la orquesta comenzó a tocar un vals moderno, Arturo Sterling hizo su movimiento. Inclinó la cabeza ante Bianca. —¿Me concederías este baile, Bianca? Prometo no pisarte los pies esta vez. Bianca miró a su padre, que parecía a punto de estallar, y luego a Arturo. La rebeldía Valente ganó la partida. —Me encantaría, Arturo. Dante dio un paso adelante para intervenir, pero Don Alejandro lo detuvo. —Espera, Dante. Si intervienes ahora, quedarás como un tirano frente a toda la prensa. Deja que bailen... pero Marco, Julián, acérquense a la pista. No quiero que ese muchacho ponga sus manos más allá de lo estrictamente necesario. Los cuatro hombres (Dante, los dos abuelos y los dos tíos) se alinearon en el borde de la pista de baile, observando con ojos de halcón. Era una escena cómica: cinco hombres de etiqueta, con caras de pocos amigos, siguiendo cada movimiento de Bianca y Arturo. —¡La tiene demasiado cerca! —susurró Julián—. Mira eso, su mano está en la parte baja de la espalda. ¡Eso es un centímetro por debajo de lo permitido! —Y el sobrino está intentando sacar a Vittoria —añadió Ignacio—. Marco, ve por el otro lado y finge que necesitas hablar con Vittoria sobre un contrato. ¡Ahora! Mientras los cinco guardianes estaban distraídos vigilando la pista de baile como si fuera una frontera en guerra, los mellizos Alessandro y Leonora se movían entre las sombras. —Papá está distraído con el Embajador. Los abuelos están hipnotizados por la mano de Arturo en la cintura de Bianca. Es ahora o nunca —dijo Leonora por el walkie-talkie. Vittoria, que acababa de deshacerse de Nicolás con una excusa diplomática, se reunió con Bianca cerca de la salida del jardín. Vilu y los Thorne ya estaban allí, esperando. —¿Los coches? —preguntó Bianca, jadeando por la adrenalina. —Están en el callejón trasero. Arturo y Nicolás se reunirán con nosotros en diez minutos en el club L'Étoile —dijo Daniel Thorne—. Sus conductores ya están informados. Las gemelas, la Soberana del Perfume y la Rebelde de la Moda, se quitaron los tacones y corrieron por el césped húmedo, riendo como locas. Alessandro les abrió la puerta de servicio con un guiño. —Tienen hasta la medianoche. Después de eso, no podré evitar que papá entre a sus habitaciones a darles el beso de buenas noches —advirtió el niño. —Eres un ángel, Alessandro —dijo Bianca, lanzándole un fajo de billetes para su colección de videojuegos. Veinte minutos después, la orquesta terminó la pieza. Dante, sintiéndose victorioso por haber "supervisado" el baile, buscó a sus hijas para el brindis oficial de Imperia. —¿Vittoria? ¿Bianca? —llamó Dante. Silencio. Miró a Victoria, quien estaba hablando con Doña Elena. —Victoria, ¿dónde están las niñas? Victoria miró a su alrededor. Una premonición la golpeó. Miró a los mellizos, que estaban muy concentrados comiendo helado de vainilla. —Alessandro... —dijo Victoria con voz de advertencia. —No sé, mamá. Dijeron que iban al baño a retocarse el maquillaje —respondió el niño sin levantar la vista. Dante corrió hacia el baño de damas, pero por supuesto, no estaban ahí. Salió al jardín y vio las huellas de pies pequeños y descalzos en la tierra blanda del cantero de rosas. Siguió el rastro hasta la puerta de servicio, que estaba entornada. —¡SE FUERON! —rugió Dante, y su voz se escuchó hasta en la Place de la Concorde—. ¡ESE MALDITO RUBIO SE LAS LLEVÓ! —¡Marco, Julián, a los coches! —gritó Don Alejandro, olvidando su bastón y corriendo con una agilidad sorprendente—. ¡Nadie se lleva a una Ferré sin que yo le dé permiso! —¡Y mucho menos a una Valente! —añadió Ignacio, ya sacando el GPS de su teléfono. Los cinco hombres salieron disparados hacia el estacionamiento, dejando a Victoria y a las madres en el salón. Victoria suspiró, tomó un sorbo de champagne y miró a su suegra. —Esto va a ser una noche muy larga, Sofía. —Lo mismo dije yo hace 18 años, querida —respondió Sofía con una sonrisa—. El León nunca aprende que sus cachorras tienen garras propias. A lo lejos, el rugido de los motores deportivos de las gemelas se perdía en la noche de París, marcando el inicio de una nueva era donde el control de los Ferré y los Valente estaba a punto de ser desafiado por el arma más peligrosa de todas: la juventud.

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