Capitulo 2: La noche

1503 Words
El club L'Étoile no era solo una discoteca; era un santuario de hormigón, luces de neón violeta y cristal, incrustado en el corazón de París, donde solo la élite de la élite podía respirar. El aire vibraba con un bajo profundo que se sentía en los huesos, y el aroma a champán caro y perfumes de diseñador flotaba como una niebla lujosa. Cuando los deportivos frenaron en la entrada privada, el grupo descendió como si fueran los dueños de la noche. Vittoria y Bianca se bajaron del coche, todavía con el corazón martilleando por la huida. Apenas cruzaron el umbral de la zona VIP, el silencio de la complicidad se rompió. —¡Dios mío, lo logramos! —exclamó Vilu, la pelirroja, lanzándose a los brazos de Bianca. El grupo se apiñó en un abrazo colectivo que parecía una muralla de seda y poder. Daniela Thorne y la recién llegada Sara, cuya elegancia coreana y mirada afilada denotaban su linaje empresarial, se unieron al nudo de risas y suspiros de alivio. —No saben lo que fue estar en esa mansión —dijo Bianca, recuperando el aliento—. Papá tenía una mirada que juré que iba a prohibir el oxígeno. —Y nosotros aquí, esperando como escoltas olvidados —intervino Arturo, cruzando sus brazos potentes sobre su pecho, apoyado en una columna de mármol. Sus ojos azules destellaban con una mezcla de diversión y posesividad al mirar a Bianca. —¿A nosotros nada? —añadió Nicolás, con una sonrisa ladeada y su mirada verde fija en la gélida Vittoria—. Ni un "gracias por ayudarnos a burlar a la Interpol familiar". Bien, gracias. —No seas dramático, Nico —respondió Vittoria, aunque su voz tembló un milímetro. —No es drama, princesse —susurró él, acercándose lo suficiente para que ella pudiera oler su perfume amaderado—. Es que después de dos años, esperaba una bienvenida un poco más... personal. Vittoria sintió un escalofrío. Nicolás siempre sabía dónde presionar. Ella era la "Reina de Hielo" de la familia Valente, pero Nicolás era el único que parecía disfrutar intentando derretir las paredes que ella construía. Cuando el grupo se movió hacia el reservado principal, el club pareció detenerse. Eran una imagen imponente: Arturo Sterling, hijo del embajador; Nicolás, hijo del hombre más cercano al presidente; los mellizos Thorne, herederos del imperio médico; Sara, la magnate coreana; y las gemelas Valente-Ferré, las soberanas de la moda y la esencia. Mientras las chicas se lanzaban a la pista de baile bajo las luces estroboscópicas, los hombres se quedaron en el reservado. Arturo y Daniel Thorne se sentaron con la rigidez de dos centinelas. Sus ojos no se movían de la pista. —Ese tipo de la mesa cuatro lleva mirando a Bianca demasiado tiempo —masculló Arturo, con la voz volviéndose peligrosa. Sus dedos tamborileaban en el borde del vaso de cristal. —Y el de la chaqueta gris cree que puede acercarse a Vittoria —añadió Daniel, aunque su mirada se desviaba constantemente hacia su propia hermana, Daniela, y hacia Nicolás, con una punzada de preocupación—. Somos el grupo más poderoso de la ciudad y parecemos guardias de seguridad. Arturo no respondió. Su mirada estaba fija en Bianca, quien bailaba con una libertad salvaje, su vestido rojo moviéndose como una llama. Él era el serio, el calculador, pero cuando se trataba de Bianca Valente, su control se desmoronaba. Él no quería ser su amigo; él quería ser el único hombre que ella viera. Mientras tanto, fuera de L'Étoile, el caos tenía nombres y apellidos. Tres coches negros blindados derraparon frente a la entrada principal. Dante, Don Alejandro, Don Ignacio, Marco y Julián bajaron como si fueran a realizar una redada antiterrorista. Sus rostros eran poemas de furia y frustración. —¡Abran esa puerta ahora mismo! —rugió Don Alejandro, golpeando su bastón contra el suelo, casi pisándole los pies al portero, un hombre de dos metros que parecía una montaña de músculos. —Señor, esta es una fiesta privada. No están en la lista —respondió el portero con calma profesional. —¿Lista? ¡Yo soy la lista! —exclamó Don Ignacio, rojo de indignación—. ¡Soy Ignacio Valente y ese hombre de ahí es Alejandro Ferré! Si no nos dejas pasar, mañana este club será un estacionamiento de bicicletas. ¡Muévete, muchacho! —Papá, déjame a mí —intervino Dante, dando un paso al frente con una mirada que habría hecho retroceder a un batallón—. Mis hijas están ahí dentro con un par de... individuos de dudosa moral. No me obligues a derribar esta puerta. —Lo siento, señor Valente. Órdenes del dueño —insistió el portero. Julián empezó a grabar al portero con su teléfono. —Estás cometiendo un error legal grave. ¡Privación de la libertad de unos padres preocupados! ¡Marco, dile algo legal! Marco, que estaba tratando de mantener la poca dignidad que les quedaba mientras se acomodaba las gafas de sol a las dos de la mañana, suspiró. —Técnicamente, tienen 18 años, Julián. Pero como abogado de la familia, puedo decir que si no abres, mi padre Alejandro va a comprar el edificio antes del amanecer solo para despedirte. —¡Exacto! —gritó Alejandro—. ¡Llama a tu jefe! ¡Dile que el León y el Soberano están aquí y que no aceptamos un "no" por respuesta! Dante intentó empujar la puerta, pero el portero no se movió. El escándalo era tal que la gente que hacía fila afuera empezó a grabar con sus teléfonos. El gran Dante Valente, el hombre más sofisticado de la industria, estaba gritándole a una puerta cerrada mientras su suegro amenazaba con comprar el distrito. Dentro, ajenas al espectáculo bochornoso de sus padres en la calle, Vittoria intentaba recuperar el aire cerca de la barra. Nicolás apareció a su lado, pidiendo dos copas. —Estás nerviosa, Vittoria —dijo él, deslizando una mano por el respaldo del taburete, sin tocarla, pero sintiendo su calor—. Tu pulso está acelerado. Lo noto en tu cuello. Vittoria se obligó a mirarlo a los ojos. —Es la música, Nicolás. Y el calor. —No es la música —sonrió él, acercándose más. El espacio entre ellos desapareció—. Es el hecho de que sabes que, por mucho que corras, siempre termino encontrándote. Tu padre puede construir muros, pero yo sé cómo saltarlos. Él se inclinó, susurrándole algo al oído que hizo que ella apretara el vaso con fuerza. —Dime, princesse... ¿qué crees que haría Dante si nos viera así ahora mismo? Vittoria no pudo responder. Nicolás la ponía en una situación que ella no podía controlar, y ella odiaba no tener el control. Pero una parte de ella, la parte Valente, adoraba el peligro. En la pista, Bianca fue interceptada por Arturo. Él la tomó de la cintura, atrayéndola hacia él con una firmeza que no admitía discusiones. —Se acabó el baile con otros, Bianca —dijo Arturo, su voz resonando por encima de la música—. He esperado dos años para tenerte así de cerca. No voy a dejar que un grupo de idiotas se acerque a ti. —Eres muy mandón para ser el hijo de un diplomático, Sterling —rio Bianca, rodeando su cuello con los brazos—. ¿Dónde quedó la cortesía británica? —Se quedó en Londres. En París, solo soy un hombre que no sabe cómo dejar de pensar en ti —respondió él, bajando la mirada hacia sus labios con una intensidad que hizo que Bianca perdiera el aliento. De repente, las luces del club se encendieron de golpe y la música se cortó con un chirrido espantoso. Un silencio sepulcral cayó sobre la pista. En la entrada VIP, cinco figuras imponentes aparecieron, jadeando y con la ropa ligeramente desordenada por el forcejeo en la puerta. Dante iba a la cabeza, con una mirada que prometía el fin del mundo. —¡VICTORIA! ¡BIANCA! —el grito de Dante retumbó en todo el recinto. Don Alejandro avanzaba con su bastón en alto como si fuera un arma. —¡Se terminó la fiesta! ¡A los coches, ahora mismo! Arturo y Nicolás se tensaron, colocándose frente a las gemelas de forma instintiva. Arturo miró a Dante con una calma que solo enfureció más al León. —Señor Valente —dijo Arturo, sin soltar la cintura de Bianca—. Veo que el portero no fue lo suficientemente persuasivo. Dante caminó hacia él, deteniéndose a centímetros de su rostro. —Suelta a mi hija, Sterling. Ahora. O juro por todo lo que es sagrado que tu padre tendrá que buscarte en el fondo del Sena. El club era un escenario de tensión absoluta. El grupo poderoso de amigos frente a la caballería familiar. La guerra de los Ferré-Valente contra la nueva generación acababa de estallar en medio de la pista de baile más famosa de Francia.
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