Capitulo 3: La furia del León y sus Cachorras

1942 Words
El ambiente dentro del club L'Étoile se congeló en una fracción de segundo. La música, que segundos antes era un latido vibrante de libertad, había sido reemplazada por el zumbido eléctrico de los focos de emergencia y el silencio sepulcral de cientos de jóvenes que observaban, petrificados, la irrupción de la "vieja guardia". Dante Valente no parecía un empresario de perfumes en ese momento; parecía un verdugo. Sus ojos, fijos en la mano de Arturo Sterling que aún rodeaba la cintura de su hija Bianca, destellaban con una furia primitiva. Detrás de él, el frente de batalla era igual de aterrador: Don Alejandro con el bastón en alto, Don Ignacio con la mandíbula apretada, y los tíos Marco y Julián flanqueando la salida como si estuvieran sellando una tumba. —He dicho que la sueltes, Sterling —repitió Dante, su voz era un susurro ronco que cortaba más que un grito. Arturo, lejos de amedrentarse, apretó sutilmente el agarre. Su 1,90 de estatura le permitía mirar a Dante casi a la altura de los ojos, y en su mirada azul no había rastro de la sumisión que Dante esperaba. —Señor Valente, con todo respeto, Bianca está aquí por voluntad propia —respondió Arturo, manteniendo una calma diplomática que enfurecía aún más al León—. No somos niños en un patio de recreo. Estamos en una reunión privada entre amigos. —¿Amigos? —rugió Don Alejandro, avanzando un paso y haciendo que la punta de su bastón resonara contra el suelo—. ¡Ustedes son unos buitres! Han sacado a mis nietas de su propia gala como si fueran ladrones en la noche. Vittoria, que estaba a unos metros junto a Nicolás, decidió que era hora de intervenir. Sabía que si no hablaba ahora, su padre y su abuelo terminarían arrestados por asalto o algo peor. —¡Basta ya! —Vittoria se interpuso entre Nicolás y su tío Julián, quien ya estaba tratando de tomarla del brazo—. Papá, abuelos, están haciendo un ridículo espantoso. Nosotras decidimos venir. Nadie nos obligó. —¡Tú te callas, Vittoria! —exclamó Julián, con los ojos desorbitados—. ¡Este... este tipo de ojos verdes te estaba susurrando al oído como si fuera un poeta de quinta! ¡A los coches! ¡Ahora! Nicolás Sterling soltó una risita seca, una que desbordaba arrogancia. —Vaya, parece que el servicio de seguridad de los Ferré es un poco... invasivo. ¿Siempre interrumpen las fiestas de esta manera o hoy es una ocasión especial? Marco dio un paso al frente, ajustándose el saco con una frialdad legal que daba miedo. —Nicolás, como abogado de esta familia, te sugiero que guardes silencio. Lo que han hecho esta noche bordea el secuestro técnico, dado que engañaron a la seguridad de la mansión. No querrás que tu padre, la mano derecha del presidente, tenga que explicar por qué su hijo está en una comisaría a las tres de la mañana. —¿Secuestro? —Bianca se soltó de Arturo y se encaró con su tío Marco—. ¡No digas estupideces, Marco! ¡Tenemos dieciocho años! ¡Dieciocho! Somos adultas ante la ley, aunque ustedes quieran que sigamos usando pañales. Dante sintió que la sangre le hervía. Ver a su "pequeña" Bianca defendiendo al hijo del embajador frente a toda la élite de París era una humillación que no podía tolerar. —Se terminó la discusión —sentenció Dante, tomando a Bianca de la muñeca con firmeza—. A los coches. Ahora. O juro que mañana mismo Arturo Sterling es declarado persona non grata en cada una de las propiedades de los Ferré y los Valente en el mundo. Arturo dio un paso hacia adelante, pero Bianca le hizo una señal con la mano para que se detuviera. Sabía que su padre era capaz de cumplir su amenaza. Miró a Arturo a los ojos, transmitiéndole un mensaje silencioso: Esto no ha terminado. La salida del club fue un desfile de humillación. El grupo de amigos —Arturo, Nicolás, Daniel, Daniela, Vilu y Sara— se quedaron de pie en el reservado, observando cómo la "caballería" escoltaba a las gemelas hacia la salida. La tensión era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. —Esto no se va a quedar así —susurró Arturo, mirando la espalda de Dante con un odio renovado—. Si él quiere guerra, tendrá guerra. Fuera del club, el frío aire de la noche parisina no hizo nada para calmar los ánimos. Los cinco hombres se repartieron: Don Alejandro e Ignacio subieron a un coche, Marco y Julián a otro, y Dante, con una expresión que prometía una tormenta perfecta, subió al deportivo principal con Vittoria y Bianca en el asiento trasero. El motor del coche rugió con una violencia contenida. Dante conducía con las manos apretadas al volante, los nudillos blancos y la mirada fija en la carretera. El silencio dentro del habitáculo era asfixiante, cargado de reproches que no necesitaban palabras. —¿En qué estaban pensando? —preguntó Dante finalmente, su voz era un látigo bajo—. ¿Tienen idea de lo que arriesgaron? ¿De la imagen de la empresa? ¿De su propia seguridad? —¡Nuestra seguridad no corría peligro, papá! —estalló Bianca desde atrás—. Estábamos con nuestros amigos. Con gente que conocemos de toda la vida. Arturo y Nicolás no son extraños, son los Sterling. —¡Son hombres, Bianca! —gritó Dante, golpeando el volante—. Y tú eres una Valente. Esos chicos no ven en ti a una "amiga de la infancia". Ven una oportunidad, ven un trofeo, ven... —se detuvo, incapaz de decir lo que realmente pensaba sin sentirse enfermo. —¿Ven qué, papá? ¿Ven a una mujer? —intervino Vittoria con una frialdad que congeló el aire—. Porque eso es lo que somos. Mujeres. Pero tú y los abuelos nos ven como porcelana que se va a romper si alguien la toca. ¿Sabes lo que es realmente peligroso? Que nos traten como si no tuviéramos cerebro. —¡Vittoria, no le hables así a tu padre! —respondió Dante, mirándola por el espejo retrovisor—. Yo pasé por mucho para que ustedes tuvieran una vida segura. He luchado contra monstruos reales para que pudieran dormir tranquilas. Y ahora, ¿se escapan con los hijos de la diplomacia como si fueran adolescentes rebeldes? —¡Es que somos adolescentes rebeldes porque no nos dejas ser adultas responsables! —gritó Bianca, con lágrimas de rabia en los ojos—. Nos vigilas con cámaras, con guardaespaldas disfrazados de camareros, con tíos que parecen agentes de la CIA. ¡Estamos hartas! ¡Hartas de ser las "niñas del León"! Dante frenó bruscamente en un semáforo en rojo, girándose para mirarlas. Sus ojos estaban llenos de una amargura que le dolía en el alma. —Lo hago porque las amo. Porque el mundo allá afuera es despiadado, y esos chicos... Arturo especialmente... tiene una mirada que conozco muy bien. Es la mirada de alguien que no se detendrá hasta conseguir lo que quiere. Y lo que quiere es a mi hija. —¿Y qué si yo también lo quiero a él? —desafió Bianca, sosteniéndole la mirada. El silencio que siguió a esa frase fue tan pesado que pareció aplastar el coche. Dante sintió un dolor agudo en el pecho, una puñalada de celos y miedo que no pudo ocultar. —Si vuelves a acercarte a él sin mi permiso —dijo Dante con una voz que vibraba de peligro—, te juro que lo enviaré de regreso a Londres en una caja de cartón. Mientras tanto, en el coche de atrás, Marco y Julián seguían a Dante, manteniendo una distancia prudencial pero compartiendo la misma indignación. —¿Viste cómo le hablaba ese tal Nicolás a Vittoria? —preguntó Julián, gesticulando salvajemente—. Le hablaba al oído. ¡Al oído! Eso es prácticamente un insulto público. —Es un Sterling, Julián —respondió Marco, tratando de ser la voz de la razón aunque por dentro estaba igual de furioso—. Tienen esa arrogancia británica mezclada con el poder político francés. Creen que están por encima de nosotros. —Nadie está por encima de los Ferré —sentenció Julián—. Mañana mismo voy a encargar una investigación profunda sobre sus finanzas, sus amistades y hasta qué marca de pasta de dientes usan. Si tienen un solo secreto, lo encontraré. —No creo que eso detenga a las gemelas —suspiró Marco—. Bianca se parece demasiado a su tía... mi esposa. Tienen ese fuego Valente que, cuanto más intentas apagarlo, más fuerte quema. Dante está cometiendo un error al apretar tanto la cuerda. Se va a romper. —Pues si se rompe, que se rompa —dijo Julián—. Pero mis sobrinas no van a terminar con esos... esos "príncipes" de pacotilla mientras yo tenga aliento. Cuando los coches entraron en la propiedad de los Ferré, las luces de la mansión estaban todas encendidas. Victoria esperaba en la escalinata, con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno para nadie. A su lado, Doña Elena y Doña Sofía observaban con preocupación. Las gemelas bajaron del coche de Dante sin esperar a que nadie les abriera la puerta. Pasaron junto a su madre como ráfagas de viento, subiendo las escaleras hacia sus habitaciones sin decir una palabra. Dante bajó del coche, cerrando la puerta con un estruendo que hizo eco en todo el valle. Caminó hacia Victoria, listo para descargar su furia, pero ella levantó una mano, deteniéndolo en el acto. —No digas nada, Dante —dijo Victoria, su voz era gélida—. He escuchado los gritos desde aquí. —¡Se escaparon, Victoria! ¡Se fueron con esos...! —Sé con quién se fueron —interrumpió ella—. Y también sé que tú y tu "ejército de salvación" han montado un espectáculo en la puerta de un club que mañana será la comidilla de todo París. ¿Tienes idea de cómo queda el nombre de Imperia cuando su dueño se comporta como un matón de taberna? —¡Estaba protegiendo a mis hijas! —rugió Dante. —¡Estabas protegiendo tu orgullo! —le gritó Victoria, dándose la vuelta para entrar en la casa—. Ellas tienen dieciocho años, Dante. Puedes amarlas, puedes aconsejarlas, pero no puedes poseerlas. Y si sigues así, lo único que vas a lograr es que se lancen directamente a los brazos de esos chicos solo por llevarnos la contraria. Dante se quedó solo en la escalinata, bajo la luz de la luna. Marco, Julián y los abuelos se acercaron a él, formando un círculo de hombres derrotados pero aún furiosos. —Esto no ha terminado —dijo Don Alejandro, apoyado en su bastón—. Esos muchachos Sterling no saben en lo que se han metido. —No —coincidió Dante, mirando hacia las ventanas de las habitaciones de sus hijas—. Esto es solo el primer asalto. En la planta alta, Vittoria y Bianca se abrazaban en medio del pasillo, llorando de rabia y adrenalina. Pero en el fondo de sus ojos, había una chispa de determinación. Habían probado la libertad, habían sentido el calor de Arturo y Nicolás, y no había vuelta atrás. La guerra entre el León y sus cachorras acababa de subir de nivel, y el destino de los Ferré-Valente estaba a punto de escribirse con el fuego de la rebelión.
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