Capitulo 4: El Asedio del Silencio

2291 Words
El amanecer en la mansión Ferré no trajo la paz. El sol se filtraba por los grandes ventanales de cristal, pero el aire en el interior estaba viciado por la desconfianza. Tras los eventos en el club L'Étoile, la residencia se había transformado. No era un hogar; era una fortaleza en estado de sitio. Dante Valente no había dormido. Sus ojos, inyectados en sangre, vigilaban la hilera de monitores en el despacho de seguridad, un búnker de alta tecnología que solía usar para proteger los secretos industriales de Imperia, pero que ahora servía para un propósito mucho más personal: vigilar a sus hijas. —Aumenta la sensibilidad de los sensores térmicos en el ala este, Julián —ordenó Dante, su voz rasposa por el cansancio—. Y asegúrate de que el personal de servicio no use sus teléfonos personales. No quiero filtraciones de nuestra ubicación ni de lo que sucede aquí dentro. Julián, que compartía la obsesión de su cuñado, tecleaba con furia. —Hecho. También he bloqueado la señal Wi-Fi en el piso de las gemelas. Si quieren comunicarse con el "problema rubio", tendrán que usar señales de humo. Marco entró en la sala con una pila de carpetas legales. Su rostro reflejaba una preocupación distinta. Como abogado, sabía que estaban pisando una línea muy delgada. —Dante, esto es una locura. Los abuelos están patrullando el jardín con linternas como si estuviéramos esperando una invasión bárbara.Mi padre ha amenazado con electrificar la verja perimetral y Don Ignacio está tratando de convencer a los guardias de que usen perros de presa italianos. —Si es necesario, lo haremos —sentenció Dante, girándose en su silla giratoria—. Esos chicos, Arturo y Nicolás, creen que pueden desafiarnos porque tienen apellidos diplomáticos. Pero en este terreno, yo soy la ley. No voy a permitir que destruyan lo que tanto nos costó construir. Mientras los adultos jugaban a la guerra de alta seguridad, en el invernadero de la mansión, los mellizos Alessandro y Leonora de 14 años, mantenían su propia reunión secreta. Eran los únicos que tenían libertad de movimiento total, ya que Dante, en su ceguera protectora hacia las gemelas, subestimaba la capacidad de traición de sus hijos menores. —Papá cambió el código del panel principal, pero olvidó que yo instalé un keylogger en su tablet la semana pasada —susurró Alessandro, mostrando una pantalla pequeña con secuencias de números—. Tenemos el acceso, Leonora. —Bien. Arturo me contactó por el canal de juegos en línea. Dice que Nicolás tiene un inhibidor de frecuencia que puede anular las cámaras del sector del laboratorio por exactamente cuatro minutos —respondió Leonora con una calma gélida, muy similar a la de su madre—. Quieren entrar esta noche. —¿Cuánto nos van a pagar? —preguntó Alessandro, siempre pragmático. —Bianca nos prometió las acciones que tiene en la empresa de zapatillas de lujo. Y Vittoria nos dará acceso a su colección privada de prototipos tecnológicos. Es un trato justo por arriesgar el pellejo ante el León. Los mellizos se estrecharon la mano. Eran mercenarios dentro de su propia familia, moviéndose por los pasillos con una inocencia fingida que despistaba a los tíos Julián y Marco. En el ala norte, Vittoria se encontraba en el laboratorio privado de perfumes. Era su santuario, un lugar lleno de matraces, esencias de flores raras y aceites esenciales traídos de los rincones más remotos del mundo. Allí, el aroma a bergamota y almizcle solía calmar sus nervios, pero hoy, el ambiente se sentía pesado. Vittoria estaba trabajando en una nueva mezcla, pero sus manos temblaban. La imagen de Nicolás Sterling susurrándole al oído en el club se repetía en su mente como un bucle infinito. Ella odiaba perder el control, odiaba que alguien pudiera leerla tan fácilmente. De repente, las luces del laboratorio parpadearon dos veces. El sistema de ventilación se detuvo. Vittoria se puso tensa, tomando un frasco de vidrio pesado como arma instintiva. —El jazmín de medianoche es una nota difícil de dominar, Vittoria. Requiere paciencia y... un toque de audacia. La voz surgió de las sombras, cerca de la estantería de maderas preciosas. Vittoria se giró, con el corazón golpeando sus costillas como un tambor. Nicolás estaba allí, apoyado contra la pared, con su traje oscuro fundiéndose con la penumbra. Se veía impecable, como si entrar en la mansión más vigilada de Francia hubiera sido un paseo por el parque. —¿Cómo has entrado? —susurró ella, bajando el frasco pero sin relajar la postura—. Mi padre tiene guardias armados y sensores en cada esquina. Si te encuentra, no saldrás vivo de aquí, Nicolás. Nicolás avanzó con paso lento, acortando la distancia con esa seguridad depredadora que tanto la irritaba y atraía a la vez. —Tu padre confía demasiado en la tecnología, princesse. Y tus hermanos menores son mucho más inteligentes de lo que él cree. Además, ¿crees que un par de cámaras van a detenerme cuando tengo algo importante que decirte? Se detuvo a centímetros de ella. El aroma de Nicolás —algo amaderado, frío y masculino— chocó con el perfume de las flores del laboratorio. Vittoria retrocedió hasta que su espalda golpeó la mesa de mármol. —No tienes nada que decirme —dijo ella, tratando de recuperar su máscara de frialdad—. Lo de anoche fue un error. Mi familia y la tuya son agua y aceite. Mi padre te odia, y yo... yo no tengo tiempo para juegos diplomáticos. Nicolás extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, tomó un mechón de cabello oscuro de Vittoria, colocándolo tras su oreja. Sus dedos rozaron su piel, provocando una descarga eléctrica que la hizo estremecerse. —No son juegos, Vittoria. Sé que sientes esto. Lo sentí en el club y lo siento ahora. Tu padre puede construir muros de diez metros, puede ponernos escoltas, pero no puede controlar lo que pasa cuando estamos en la misma habitación. Eres la heredera del León, pero tienes un fuego dentro que él nunca podrá apagar. Vittoria lo miró a los ojos verdes, buscando una mentira, pero solo encontró un desafío ardiente. Por un momento, la "Reina de Hielo" se derritió. Estuvo a punto de acortar la distancia, de rendirse a la tensión que los consumía, hasta que un ruido de pasos pesados resonó en el pasillo exterior. —¡Vittoria! ¿Estás ahí dentro? —la voz de Dante, autoritaria y sospechosa, rompió el hechizo. Nicolás reaccionó en un segundo. Le guiñó un ojo, se puso el dedo en los labios pidiendo silencio y desapareció por el conducto de ventilación que Alessandro había desbloqueado previamente. Vittoria se giró hacia la puerta justo cuando Dante entraba, escaneando la habitación con mirada de halcón. —¿Con quién hablabas? —preguntó Dante, acercándose a ella, olfateando el aire como un animal buscando un rastro extraño. —Con nadie, papá. Estaba grabando notas de voz para la nueva fórmula —mintió Vittoria, sus manos escondidas tras la espalda para que él no viera cómo le temblaban. Dante entornó los ojos. —Huele a... algo diferente aquí. No es tu perfume. —Es el sándalo, papá. He abierto un frasco nuevo —respondió ella con firmeza. Dante guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, asintió, aunque la duda seguía grabada en su frente. —A dormir, Vittoria. Mañana tenemos una reunión con los accionistas y no quiero ojeras. Y por el amor de Dios... cierra la ventana con llave. Mientras tanto, en la habitación contigua, Bianca llevaba a cabo su propia forma de guerra. Había amontonado muebles contra su puerta y se negaba a bajar a cenar. —¡Bianca, abre esta puerta ahora mismo! —gritaba Julián desde el pasillo—. ¡Tu abuela Elena ha hecho tu pasta favorita! ¡No puedes quedarte ahí para siempre! —¡Me quedaré aquí hasta que me devuelvan mi teléfono y retiren a los gorilas de mi puerta! —gritó Bianca desde el interior—. ¡Son unos tiranos! ¡Dile a mi padre que si quiere una hija obediente, que se compre una muñeca de porcelana! Don Alejandro suspiró, apoyado en su bastón al lado de Julián. —Tiene el temperamento de su madre, pero la terquedad de Dante. Es una combinación explosiva, Julián. Estamos perdiendo la batalla psicológica. De pronto, un golpe rítmico sonó en la ventana del balcón de Bianca. Ella corrió a abrir, pensando que era un pájaro, pero se encontró con algo mucho mejor. Colgando de una cuerda de alpinismo, Arturo Sterling la miraba con una sonrisa de absoluta confianza. —¿Arturo? ¡Estás loco! —susurró Bianca, abriendo la ventana apenas unos centímetros para que no se escuchara afuera—. Hay guardias con sensores térmicos en el jardín. —Los sensores térmicos tienen un punto ciego cerca de las gárgolas, Bianca. Tu hermano me dio el mapa —dijo Arturo, saltando dentro de la habitación con una agilidad felina. Se quitó los guantes tácticos y la miró de arriba abajo—. Te ves hermosa incluso cuando estás planeando una revolución. Bianca se lanzó a sus brazos, escondiendo el rostro en su pecho. El miedo y la adrenalina se mezclaron en un abrazo desesperado. Arturo la rodeó con fuerza, besando la coronilla de su cabeza. —Mi padre está furioso, Arturo. Dice que si te vuelve a ver, te enviará a Londres en pedazos —dijo ella, separándose un poco para mirarlo. —Que lo intente —respondió Arturo, sus ojos azules brillando con un desafío gélido—. No he regresado después de dos años para dejar que un León viejo me asuste. He venido por ti, Bianca. Y no importa cuántos muros construya, siempre voy a encontrar la forma de llegar. Arturo sacó un pequeño paquete de su bolsillo. Al abrirlo, Bianca vio un collar de plata con un dije en forma de una pequeña rosa de cristal. —¿Te acuerdas? La rompiste en el jardín cuando teníamos diez años porque dijiste que las flores de cristal eran aburridas. La mandé a reparar con un joyero en Londres. Es para que recuerdes que nada de lo que se rompe entre nosotros se queda así para siempre. Bianca sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. Arturo la tomó por la barbilla y la besó. Fue un beso cargado de promesa, de rebelión y de un amor que había crecido en el silencio de la distancia. Abajo, en el jardín, el ladrido de un perro y el haz de una linterna indicaban que los abuelos se acercaban. —Tienes que irte —susurró Bianca, empujándolo hacia la ventana. —Vendré mañana. Y el día siguiente. Y todos los que sean necesarios hasta que te dejen salir —prometió Arturo antes de deslizarse por la cuerda y desaparecer en la oscuridad de la noche parisina. En la cocina, la familia se reunió para una cena tensa. Victoria presidía la mesa, observando a su marido con una mezcla de cansancio y reproche. —¿Estás feliz, Dante? —preguntó Victoria, cortando su carne con precisión quirúrgica—. Tienes a tus hijas encerradas, a tus hijos menores actuando como espías y a tus amigos patrullando como si estuviéramos en una zona de guerra. ¿Este es el futuro que querías para nosotros? Dante dejó los cubiertos, el ruido del metal contra la porcelana resonó como un disparo. —Lo que quiero es que no las lastimen, Victoria. Esos Sterling no son como nosotros. Tienen una agenda. El Embajador quiere nuestra influencia en la industria francesa, y sus hijos son las herramientas para conseguirla. —O tal vez —intervino Sofía, la madre de Dante, con su habitual sabiduría—, simplemente son jóvenes enamorados. ¿Acaso olvidaste lo que le hiciste a Victoria? ¿Olvidaste Todo el daño que le cansaste? Ya hora cruzarías todo un océano por ella. Capas que solo sea el momento, capas que no se queden juntos para siempre, sea el famoso amor de la adolescencia, pero atarlas así será peor y escúchame bien Dante Valente, no hagas que tus hijas de odien porque eso no vas a poder soportar. Dante no respondió. Miró a Don Ignacio y a Don Alejandro, buscando apoyo, pero ambos patriarcas bajaron la vista hacia sus platos. Ellos también empezaban a sentir el peso de la culpa. Sabían que estaban sofocando lo que más amaban. —Mañana es el aniversario de la fundación de Imperia —dijo Victoria, poniéndose de pie—. Habrá una cena oficial. He invitado a los Sterling. —¡¿Qué?! —Dante se puso de pie, su silla volcó hacia atrás—. ¡No puedes hacer eso! ¡Es mi casa! —Es nuestra casa, Dante. Y es mi empresa —respondió Victoria con la voz de la Soberana—. Si quieres ganar esta guerra, hazlo como un caballero, no como un carcelero. Los Sterling vendrán, y tú te sentarás a la mesa y te comportarás como el hombre del que me enamoré, no como el monstruo en el que te estás convirtiendo. Victoria salió del comedor con la frente en alto. Dante se quedó solo, rodeado de sus "guardianes", sintiendo por primera vez que la verdadera amenaza no venía de afuera, sino del vacío que estaba creando dentro de su propio hogar. El León estaba acorralado por su propio orgullo, mientras que en las sombras, la nueva generación ya había ganado la primera batalla. El asedio apenas comenzaba, y el destino de los Ferré-Valente estaba a punto de ser decidido en una cena donde el veneno no estaría en la comida, sino en las miradas cruzadas.
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