Capitulo 5: La cena De los Embajadores

1462 Words
El ambiente en la mansión Ferré se podía cortar con un bisturí. La cena por el aniversario de Imperia no se sentía como una celebración, sino como el preludio de una ejecución. La mesa de caoba maciza, decorada con cubiertos de plata y cristalería de Murano, separaba a dos ejércitos que se miraban con un odio apenas contenido por las normas de la etiqueta parisina. Dante presidía la mesa con la rigidez de una estatua de mármol. A su derecha, Victoria, cuyo silencio era más aterrador que cualquier rugido. Enfrente, el Embajador Sterling, su , Arturo y su sobrino Nicolás, quienes lucían tan cómodos como si estuvieran en un palco de la ópera, algo que enfurecía a los guardianes Ferré-Valente. Marco y Julián, los gemelos y hermanos de Victoria, estaban sentados como dos gárgolas. Marco, el abogado, mantenía la vista fija en Nicolás, mientras que Julián no dejaba de fulminar a Arturo. Al lado de Marco estaba su esposa, Bianca Valente (la tía de las gemelas), quien sostenía la mano de su hijo de cinco años, el pequeño Leo, que miraba la tensión de los adultos con ojos curiosos. Dante rompió el hielo con un tono cargado de veneno. —Me sorprende que hayas aceptado la invitación, Arturo. Pensé que después de lo del otro día, entenderías que no eres bienvenido en mi círculo más íntimo. Arturo dejó la copa de vino con una elegancia exasperante. Miró a Bianca, que estaba sentada frente a él, y luego fijó sus ojos azules en el León. —Señor Valente, el miedo es un sentimiento que dejé atrás hace mucho tiempo. Estoy aquí porque Bianca me importa, y porque no hay muro, guardia o amenaza que me impida estar donde ella esté. Si usted cree que puede intimidarme como a uno de sus competidores, está cometiendo el error más grande de su carrera. Dante apretó los cubiertos hasta que sus nudillos crujieron. —Eres arrogante, muchacho. No tienes idea de lo que soy capaz de hacer por proteger a mi familia de gente como tú. —Lo que usted llama protección, yo lo llamo cautiverio —respondió Arturo, inclinándose hacia adelante—. Bianca no necesita un carcelero, necesita a alguien que esté a su altura, alguien que no le tema a su fuego. Y si para demostrarle que soy ese hombre tengo que enfrentar a un león, entonces que así sea. No voy a retroceder ni un centímetro. El silencio que siguió fue sepulcral. Don Alejandro y Don Ignacio intercambiaron miradas de asombro. Nunca nadie le había hablado así a Dante en su propia mesa. Bianca, la hija de Dante, miraba a Arturo con una mezcla de orgullo y temor, dándose cuenta de que Arturo estaba arriesgándolo todo por ella. La cena terminó en un fracaso absoluto. Los Sterling se retiraron con una cortesía gélida, dejando tras de sí un incendio emocional. Una vez que la puerta principal se cerró, Dante se giró hacia Victoria, listo para descargar su frustración. —¿Viste eso? ¡Es un insolente! —gritó Dante, golpeando la mesa—. ¡Mañana mismo redoblo la seguridad! ¡Nadie sale! —¡Basta, Dante! ¡Basta! —el grito de Victoria retumbó en las paredes, haciendo que incluso los criados se detuvieran. Victoria caminó hacia él, su rostro estaba pálido de rabia. Se detuvo a centímetros de su cara, y por primera vez en años, Dante vio en sus ojos algo que lo hizo temblar: el fin de su paciencia. —Escúchame bien, Dante Valente —dijo Victoria con una voz que era puro acero—. Estoy harta. Harta de tus celos, harta de tu control y harta de que trates a mis hijas como si fueran propiedad de la empresa. Has convertido este hogar en una prisión y a mis hermanos en tus carceleros. —¡Lo hago por ellas, Victoria! —intentó defenderse él. —¡No! Lo haces por ti —le espetó ella—. Pero se acabó. Si mañana por la mañana no retiras a esos guardias, si no devuelves los teléfonos y si no pides disculpas por el espectáculo de esta noche, me voy. Y no me voy sola. Me llevo a Vittoria, a Bianca, a Leonora y Alessandro. Me llevaré a mis hijos y mi imperio lejos de ti. Y sabes perfectamente, Dante, que cuando una Ferré dice algo, lo cumple. No me busques, porque no me vas a encontrar. Dante se quedó mudo. La amenaza de perder a Victoria y a sus hijos era el único arma que podía doblegar al León. La Soberana se dio la vuelta, con su vestido de seda ondeando tras ella, y subió las escaleras sin mirar atrás. En el otro extremo del salón, la tensión no era menor. Marco, todavía furioso por la presencia de los Sterling, tomó del brazo a su esposa, Bianca Valente, intentando llevarla hacia su ala de la mansión. —¡Es increíble que apoyes a Victoria en esto, Bianca! —le recriminó Marco—. ¡Esos chicos son un peligro! ¡Mi sobrina no tiene por qué estar cerca de ese tal Arturo! Bianca Valente se soltó de su agarre con una violencia que dejó a Marco en shock. Ella era una Valente de pura cepa, y la sangre italiana hervía en sus venas. —¡No me vuelvas a tocar así, Marco Ferré! —le gritó ella, con los ojos echando chispas—. ¿Quién te crees que eres? ¿Te has olvidado de quién soy? ¡Soy una Valente! ¡Llevo el mismo apellido que Dante y tengo el doble de agallas que tú! El pequeño Leo, asustado por los gritos, se escondió tras una cortina. —¡Solo intento proteger el legado de la familia! —argumentó Marco, tratando de recuperar su autoridad de abogado. —¡Tu "legado" es una jaula de oro que me está asfixiando a mí también! —le gritó Bianca—. Te has convertido en el perrito faldero de Dante. Has olvidado cómo ser un hombre independiente para ser su sombra. Escúchame bien, hermanito de Victoria: si crees que voy a permitir que críes a mi hijo en este ambiente de paranoia y control, estás muy equivocado. Bianca se acercó a él, señalándolo con el dedo. —Si Victoria se va, yo me voy con ella. Me llevaré a Leo y te aseguro que no volverás a ver su cara hasta que aprendas a ser un esposo y no un guardia de seguridad. Me das vergüenza, Marco. Estás cavando la tumba de nuestro matrimonio por seguirle el juego a un hombre que ha perdido la cabeza. Marco se quedó pálido. Nunca había visto a su esposa así de determinada. Bianca tomó a Leo en brazos y se alejó hacia su habitación, dejando a Marco solo en medio del pasillo, dándose cuenta de que el "Muro de los Guardianes" se estaba desmoronando desde adentro. Mientras los adultos se destruían entre sí en la planta baja, en el ala norte, el silencio era interrumpido por un susurro. Vittoria se había refugiado en su laboratorio, buscando consuelo en sus esencias. Pero no estaba sola. Nicolás Sterling había aprovechado el caos de la discusión familiar para infiltrarse de nuevo, gracias a la distracción creada por los mellizos Alessandro y Leonora. —Tu familia se está desmoronando, Vittoria —dijo Nicolás, apareciendo entre las sombras del laboratorio de perfumes. Vittoria se giró, con los ojos rojos de tanto llorar. —Vete, Nicolás. Mi padre está a punto de matar a alguien. Si te encuentra aquí... —No me va a encontrar —respondió él, acercándose y tomándole las manos—. He venido a decirte que Arturo tiene razón. No podemos esperar a que nos den permiso para vivir. Mañana, después de que tu madre dé el ultimátum, quiero que vengas conmigo. Arturo tiene un plan para sacar a Bianca de aquí, y yo no me iré sin ti. —Es una locura, Nicolás... es traicionar todo lo que soy. —No, Vittoria. Es elegir quién quieres ser —él la atrajo hacia sí, y en medio del aroma a sándalo y rosas, la besó. Fue un beso desesperado, prohibido y cargado de la tensión de años de rivalidad familiar. Lo que no sabían era que, desde la puerta entornada, una pequeña cámara instalada por Julián estaba grabando todo. El tío más impulsivo de la familia estaba en la sala de monitores, viendo cómo la "Reina de Hielo" se entregaba al enemigo. Julián apretó el puño. El León estaba a punto de descubrir que la traición no estaba solo en las palabras de su esposa, sino en los labios de su hija favorita. Y lo siguiente prometía ser un baño de sangre emocional.
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