Capitulo 6: El rugir de las mujeres

1881 Words
El aire en la mansión Ferré-Valente se volvió estático, pesado, como si la estructura misma del edificio estuviera a punto de colapsar bajo el peso de los secretos y la soberbia. No era solo una pelea familiar; era el final de un régimen. El silencio en el despacho de Dante se rompió cuando la puerta se abrió de golpe, y Julián, con el rostro desencajado y las manos temblorosas, arrojó una tablet sobre el escritorio de caoba. —Míralo, Dante. Míralo y dime que todavía tenemos el control de algo en esta casa —la voz de Julián vibraba con una mezcla de pánico y traición. Dante bajó la mirada. En la pantalla, el video de seguridad del laboratorio mostraba a Vittoria, su "Reina de Hielo", la que él creía más parecida a él, entregada a un beso apasionado con Nicolás Sterling. Dante sintió que el mundo se inclinaba. No era solo celos; era la sensación física de que sus cimientos se desmoronaban. El color abandonó su rostro, volviéndose de una palidez marmórea, antes de que una vena en su sien empezara a latir con una fuerza violenta. —Baja ahora mismo al laboratorio, Dante. O lo haré yo —sentenció Julián. Dante no caminó; embistió los pasillos. Cada paso resonaba como un trueno en la planta baja. Detrás de él, Marco intentaba seguirle el ritmo, con el rostro pálido al ver el video sobre el hombro de su hermano gemelo. Cuando Dante irrumpió en el laboratorio de perfumes, el aroma a sándalo y rosas le pareció de repente nauseabundo. Nicolás ya no estaba, gracias a la advertencia silenciosa de los mellizos, pero Vittoria estaba allí, de pie, limpiándose los labios con una elegancia que enfureció a su padre. —¡Vittoria! —el rugido de Dante hizo que los frascos de vidrio vibraran en los estantes—. ¡¿Cómo pudiste?! ¡En mi propia casa! ¡Con ese... con ese buitre! Vittoria no retrocedió. Se enderezó, cruzando los brazos sobre su pecho, sosteniéndole la mirada al León con una frialdad que él mismo le había enseñado. —No he hecho nada de lo que me avergüence, padre —respondió Vittoria, su voz era un hilo de acero—. He besado al hombre que quiero. Algo que tú deberías entender mejor que nadie. —¡Ese hombre es el enemigo! —gritó Dante, acercándose hasta quedar a centímetros de ella—. ¡Es un Sterling! ¡Solo te están usando para llegar a mí, para debilitar a Imperia! ¡¿Es que no tienes cerebro?! —¡Lo que no tengo es libertad, papá! —estalló ella, y por primera vez, el hielo se rompió para dejar salir el fuego Valente—. ¡Me tratas como si fuera una fórmula química que puedes manipular! ¡Me hablas de contratos y de enemigos, pero te olvidas de que soy tu hija! Lo que acabas de ver no es una traición a la sangre, es la prueba de que ya no puedes decidir quién toca mi piel o quién entra en mi corazón. En ese momento, la puerta se abrió de nuevo y Bianca entró como un torbellino, colocándose al lado de su hermana gemela. —¡Déjala en paz, papá! —gritó Bianca, su vestido rojo ondeando como una bandera de guerra—. ¡Lo que viste en ese video es el resultado de tu propia paranoia! ¿No te das cuenta? Cuanto más nos encierras, más nos empujas hacia ellos. No es que no tengamos confianza en ti, es que tú no tienes ni una pizca de confianza en nosotras. —¡Las estoy protegiendo! —rugió Dante, mirando a sus dos hijas con desesperación. —¡No, nos estás alejando! —le espetó Bianca—. Nos miras y no ves a dos mujeres de dieciocho años capaces de dirigir un imperio; ves dos trofeos que tienes que esconder en una caja fuerte. Has pasado de ser nuestro héroe a ser el hombre al que tenemos que mentirle para poder respirar. ¿Es eso lo que quieres, Dante? ¿Ser el dueño de una mansión llena de fantasmas y de hijas que te odian? Dante retrocedió, golpeado por las palabras de Bianca. La tensión en la habitación era tan alta que Marco y Julián se quedaron paralizados, dándose cuenta de que sus sobrinas ya no eran las niñas que ellos cargaban en hombros; eran dos mujeres con garras, dispuestas a desgarrar el control que ellos tanto intentaban mantener. El aire se volvió gélido cuando una nueva figura apareció en el umbral. Victoria entró en el laboratorio. No venía gritando; venía con una calma que hacía que el rugido de Dante pareciera el berrinche de un niño. Lucía empoderada, vestida con un traje sastre n***o que realzaba su figura de soberana. Detrás de ella, Doña Elena y Doña Sofía caminaban con la cabeza alta, seguidas por la Tía Bianca (la esposa de Marco), quien llevaba a su hijo Leo de la mano. —Suficiente, Dante —dijo Victoria. Su voz no era alta, pero cortó la discusión como una guillotina. Dante se giró hacia ella, buscando apoyo. —Victoria, diles... diles lo que acaban de hacer. Vittoria se estaba besando con el Sterling... —Lo sé. Yo misma les di la llave del laboratorio —mintió Victoria, para asombro de todos, cubriendo a su hija—. Porque prefiero que mi hija se bese con quien quiera bajo mi techo, a que tenga que saltar muros y arriesgar su vida porque su padre ha perdido la cordura. Dante se quedó boquiabierto. —¿Tú... tú sabías? Victoria se acercó a él y le puso una mano en el pecho, pero no fue un gesto de cariño, sino de distancia. —Lo que estoy haciendo, Dante, es intentar salvar lo que queda de esta familia. Te di un ultimátum y lo ignoraste. Preferiste seguir los monitores de Julián antes que escuchar el corazón de tus hijas. Me dijiste que las protegías, pero lo que estás haciendo es matarlas por dentro. Ya no son tus cachorras, son mujeres. Y si no puedes ver eso, entonces no mereces estar a su lado. Dante miró a su alrededor, buscando a sus aliados. Miró a Marco. —¡Marco! Dile algo. Dile que esto es una locura. Pero antes de que Marco pudiera abrir la boca, su propia esposa, Bianca, dio un paso al frente. —No te molestes, Marco —dijo la tía Bianca, con los ojos llenos de una determinación feroz—. Ya he hecho las maletas. Leo y yo nos vamos con Victoria. —¡¿Qué?! —Marco se tambaleó—. ¡Bianca, no puedes hacerme esto! ¡Soy tu esposo! —¡Y yo soy una Valente! —le gritó ella, haciendo que Marco retrocediera—. Me casé contigo porque eras un hombre con principios, un hombre que amaba a su familia. Pero te has convertido en el títere de Dante. Te pasas el día mirando cámaras y hablando de leyes de restricción, y te has olvidado de mirar a tu propio hijo. No voy a permitir que Leo crezca pensando que el amor es control. Me voy para que entiendas, de una vez por todas, que si sigues comportándote como un idiota, te quedarás solo con tus códigos legales y tus cámaras de seguridad. —¡Es por las niñas! —gritó Marco, desesperado. —¡Las niñas han crecido, Marco! —le respondió Bianca con desprecio—. ¡Despierta! ¡Tienen dieciocho años! Lo que estás haciendo es empujarlas al abismo solo por tu miedo a no ser necesario. Si quieres volver a verme, tendrás que venir a buscarme siendo el hombre que eras, no el guardia de seguridad de Dante. Victoria tomó las manos de sus dos hijas. —Vittoria, Bianca, Alessandro, Leonora... a los coches. Ahora. —¡Victoria, no puedes hacer esto! —gritó Dante, tratando de bloquearles el paso—. ¡Esta es mi casa! ¡Es nuestro imperio! Victoria se detuvo y lo miró con una mezcla de lástima y amor residual. —Este edificio es solo piedra y cristal, Dante. El imperio era la confianza que nos teníamos, y tú la rompiste hace mucho tiempo. Me voy para que entiendas que no puedes poseernos. Me voy para que veas que tus hijas son libres, con o sin tu permiso. Y me voy porque ya no reconozco al hombre que tengo delante. Doña Sofía y Doña Elena se acercaron a sus hijos. —Lo siento, hijos míos —dijo Sofía, mirando a Dante,Marco y Julián—. Pero las mujeres de esta familia han decidido que ya no vivirán bajo el miedo. Nos vamos con ellas. Dante vio, en cámara lenta, cómo su mundo se vaciaba. Vio a sus hijas caminar con la frente en alto, vio a sus hijos menores cargar sus mochilas con una mirada de alivio, y vio a su madre y a su suegra darle la espalda. Vio a Victoria caminar hacia la salida principal sin mirar atrás ni una sola vez. —¡VICTORIA! —rugió Dante, su voz rompiéndose en un grito de agonía—. ¡Vuelve! ¡No puedes dejarme así! Pero el único sonido que recibió como respuesta fue el rugido de los motores de los coches de lujo arrancando en la grava. Los faros iluminaron la fachada de la mansión por un instante antes de alejarse por la gran avenida de tilos. Dante, Marco y Julián se quedaron parados en la escalinata, bajo la fría luz de la luna de París. Don Alejandro y Don Ignacio aparecieron detrás de ellos, apoyados en sus bastones, mirando hacia la oscuridad por donde se habían ido sus esposas, sus hijas y sus nietas. El silencio que cayó sobre la propiedad fue absoluto. Un silencio que pesaba más que cualquier discusión. —Se han ido —susurró Julián, dejando caer la tablet al suelo—. Realmente se han ido. Marco se dejó caer en los escalones, cubriéndose la cara con las manos, llorando en silencio al darse cuenta de que su esposa y su hijo no volverían esa noche. Dante se quedó de pie, inmóvil, mirando hacia el portón de hierro que ahora estaba abierto. Había ganado todas las batallas comerciales, había acumulado una fortuna incalculable, pero en su afán por proteger su tesoro, lo había asfixiado hasta que este decidió escapar. El León de Milán estaba solo en su guarida de oro. Victoria no solo se había llevado a sus hijos; se había llevado el alma de la mansión Ferré-Valente. Dante entendió, demasiado tarde, que el control es la forma más rápida de perder a quien amas, y que su "Reina de Hielo" y su "Rebelde de Fuego" habían crecido para convertirse en soberanas de su propio destino, lejos de su sombra. La mansión se siente ahora como un mausoleo. El eco de los pasos de los hombres resuena en los pasillos vacíos. El olor del perfume de Victoria todavía flota en el aire, una presencia fantasmagórica que atormenta a Dante. Los sentimientos de los hombres son de una derrota total; han perdido no por un enemigo externo, sino por su propia incapacidad de evolucionar.
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