El sol de la Costa Azul bañaba la terraza de mármol blanco de la Villa L’Olympe. El aroma del salitre se mezclaba con el de los pinos y el jazmín, creando una atmósfera de paz que contrastaba violentamente con la tormenta dejada en París. Victoria estaba de pie frente a la barandilla, observando el horizonte azul, cuando el sonido de unos pasos seguros anunció la llegada de los Sterling.
Arturo y Nicolás aparecieron impecables, pero sus ojos reflejaban el cansancio de quien ha cruzado el país por amor. Victoria se giró, su mirada de Soberana no se había suavizado ni un ápice.
—Si están aquí por amor, demuéstrenlo con respeto —sentenció Victoria, cruzando los brazos—. Si están aquí por poder, se pueden ir ahora mismo. No he sacado a mis hijas de una jaula para entregárselas a otros carceleros.
Arturo dio un paso al frente. Sus ojos azules, usualmente fríos y calculadores, se tornaron profundos y honestos.
—Señora Valente, con todo respeto, nunca necesité poder. Mi familia ya lo tiene, y honestamente, el poder es una carga vacía —Arturo bajó la voz, dejando que el sentimiento fluyera—. Amo a su hija como jamás pensé que se podría amar a alguien. Tengo todo lo que un hombre de veinte años podría desear: estatus, riqueza, un futuro asegurado... pero, ¿de qué sirve? ¿De qué sirve tener el mundo a mis pies si no puedo estar con la persona que le da sentido a mi vida? Bianca no es un trofeo para mí, es mi aire. Enfrentaría a mil leones más solo por verla sonreír un segundo. Prefiero ser un hombre común a su lado que un emperador sin ella.
Las abuelas, Sofía y Elena, que escuchaban desde el salón, soltaron un suspiro sincronizado, llevándose las manos al pecho.
Nicolás dio un paso al lado de su primo, mirando directamente a los ojos de Victoria, buscando a la madre de la chica que le quitaba el sueño.
—Vittoria es mi Reina de Hielo, señora, pero yo no quiero derretirla para cambiarla. Quiero ser el fuego que la mantenga caliente en sus noches más oscuras. La amo precisamente por esa fuerza gélida, por su mente brillante y su corazón inalcanzable para el resto del mundo. Para mí, ganar su confianza es un logro más grande que cualquier tratado diplomático. Mi vida estaba escrita en blanco y n***o hasta que ella apareció con sus silencios y su elegancia. No quiero poseerla; quiero caminar a su lado.
La tía Bianca, que estaba recostada en una tumbona con una copa de vino, soltó una carcajada vibrante y se abanicó con la mano.
—¡Ay, por Dios! Con razón estas niñas están locas por ustedes —exclamó Bianca, sonriendo de oreja a oreja—. ¡Hasta yo me derretiría! Si siguen hablando así, hasta la bombacha se me va a caer. ¡Qué hombres, por favor!
Victoria soltó una pequeña risa, la primera en días, y miró a los chicos con una pizca de disculpa.
—Disculpen a mi Prima, siempre ha sido así de... impulsiva. Pasen, por favor. Almorzaremos juntos.
Mientras esperaban el almuerzo, las parejas buscaron sus rincones de privacidad. Bianca caminaba con Arturo cerca de los limoneros. Ella lo miraba de reojo, con una sonrisa pícara.
—"¿De qué sirve el poder si no tengo a mi Bianca?" —se burló ella con voz melodiosa—. Arturo Sterling, te has vuelto un romántico empedernido. Me vas a dejar mal frente a mis amigas.
Arturo la detuvo, tomándola por la cintura y atrayéndola hacia su pecho con una firmeza que la dejó sin aliento.
—Todo lo que dije es cierto, Bianca. Apenas tengo veinte años y sé que me falta una eternidad por crecer. No tengo una bola de cristal para saber qué pasará en el futuro... pero daría lo que fuera porque tú estés en él. Eres mi destino, aunque el mundo se empeñe en decir que somos demasiado jóvenes para saberlo.
Se inclinó y la besó. Fue un beso lento, profundo, que sabía a sal y a promesas eternas. Bianca se aferró a su cuello, sintiendo que por primera vez en su vida, alguien la veía de verdad, no como una Ferré, sino como la mujer que quería ser.
A unos metros, en el laboratorio portátil que Vittoria había improvisado, Nicolás observaba a su Reina de Hielo mientras ella analizaba una muestra de esencia.
—Sigues intentando ocultarte tras tus frascos, Vittoria —susurró él, acercándose por detrás y rodeando su cintura.
Vittoria se sonrojó violentamente, algo que solo Nicolás lograba. —Tengo trabajo, Nicolás. No seas molesto.
—Eres hermosa cuando intentas ser fría y el rubor te traiciona —él le besó el cuello, justo donde late el pulso—. No tienes que ser perfecta conmigo. Solo tienes que ser tú. Déjame ser el que cuide tus espaldas mientras tú conquistas el mundo.
Vittoria cerró los ojos, dejándose llevar por la calidez de su abrazo. El hielo, finalmente, se estaba agrietando.
Mientras en el sur reinaba la luz, en París la mansión Ferré era una cueva de sombras. El suelo estaba cubierto de carpetas, botellas de whisky vacías y un silencio que hería.
Don Alejandro y Don Ignacio estaban sentados en el gran salón, mirando hacia el jardín vacío.
—Es tu culpa, Alejandro —gruñó Ignacio—. Tus aires de grandeza y tu obsesión por el protocolo alejaron a mi esposa y a mis nietas.
—¡¿Mi culpa?! —saltó Alejandro—. ¡Tú fuiste el que sacó el control remoto para apagar la música! ¡Tú y tu hijo Dante han asfixiado a esas niñas desde que nacieron!
Dante, que estaba sentado en un sillón con la camisa desabrochada y la mirada perdida, se levantó de golpe.
—¡Todos tenemos la culpa! —rugió—. ¡Ustedes me enseñaron que proteger es poseer! ¡Marco, Julián, ustedes no dejaron de vigilar cámaras ni un segundo! ¡Nos hemos quedado solos por ser unos imbéciles!
—La culpa es de los cinco, y lo saben perfectamente.
Una voz profunda, cargada de una autoridad natural que no necesitaba gritos, retumbó desde la entrada. Los cinco hombres se giraron. En el umbral de la puerta estaba Alexander Novak. Vestía un traje impecable, pero su expresión era de absoluto desprecio.
Dante lo miró mal, tratando de recuperar algo de su orgullo. —Novak. ¿Qué haces aquí? No es momento para negocios.
—Vine a cerrar un trato, Dante, pero me encuentro con que ninguno está en la oficina y que me han hecho perder el tiempo —Alexander entró en el salón, caminando con la seguridad de un depredador que sabe que tiene la razón—. Podría estar en mi casa, con mi mujer y mis hijos, pero aquí estoy... viendo a un grupo de idiotas que metieron la pata hasta el fondo y ahora no saben qué hacer.
—Tú no sabes nada de lo que estamos pasando —masculló Marco, ajustándose las gafas con manos temblorosas.
—Sé más de lo que crees, abogado —le espetó Alexander, deteniéndose frente a ellos—. Son tan idiotas que no se dan cuenta de que perdieron una guerra que nunca podrían haber ganado. Con una mujer, la guerra está perdida antes de empezarla, especialmente cuando esa mujer es tu propia sangre.
Alexander se cruzó de brazos y suspiró, su mirada se suavizó un poco al pensar en su propia familia.
—Yo también tengo dos hijas. Una de ellas está con un hombre maravilloso que la ama. Al principio, como padre, no estuve de acuerdo. Mi instinto era encerrarla, protegerla del mundo, alejar a Aidan de su lado, era su hermano porque así se criaron. Pero luego vi su sonrisa. Vi la felicidad en sus ojos cuando lo miraba, vi con mis propios ojos como se combirtio en un leon para protergerla y supe que ahí no podía hacer nada. Como padres, nuestro trabajo no es impedir que se caigan, sino apoyarlas cuando lo hagan. Los hijos crecen, y cuando lo hacen, ya nada se puede hacer más que estar ahí. Si ellas se equivocan, yo estaré para darles mi hombro y que lloren... porque eso es lo que hace un padre. Apoya, incluso cuando le duele.
Dante bajó la cabeza, las palabras de Novak calando hondo. —Me cuesta, Alexander. Me cuesta aceptar que ya no me necesitan.
—El problema, Dante, es que si sigues así, no es que no te necesiten, es que no te querrán en sus vidas —concluyó Novak con dureza—. Es aceptar lo que venga o perder a tu familia para siempre. Elige bien, porque el reloj corre. Ahora bien, ya que estarán ocupados arreglando el problema en el que se metieron por pendejos yo me voy con mí mujer y mis dos mellizos. Volveré otro día para el trato.
Alexander se dio la vuelta y salió de la mansión, dejando a los cinco hombres en un silencio aún más pesado. Dante miró a sus suegros y a sus cuñados.
—Preparen los coches —dijo Dante, su voz ahora firme pero cargada de humildad—. Nos vamos a la Costa Azul. Y no vamos a dar órdenes... vamos a pedir perdón.