El silencio en la mansión Novak no era de paz, sino el preludio de una ejecución. Las paredes de mármol y los cuadros de antepasados ilustres parecían observar con juicio cómo los hombres de la familia regresaban del ático de París con la cabeza baja y el orgullo hecho jirones. Pero lo que no esperaban era que el comité de recepción no fuera el servicio, sino las mujeres que realmente sostenían el corazón de ese imperio. Alexander Novak entró al salón principal intentando mantener su porte de patriarca, pero se detuvo en seco al ver a Aurora de pie frente a la chimenea apagada. A su lado, Lucía, la pareja de Aidan, y Clara, la esposa de Leo, sostenían una mirada que podría haber derretido el acero. —Aurora, querida, puedo explicarlo… —comenzó Alexander, pero su voz se quebró ante la fr

