El aire en la mansión Ferré se cristalizó. Lo que empezó como una tarde de melancolía por el nido vacío se transformó, en el lapso de una llamada telefónica, en el despertar de una bestia que llevaba dormida años. Dante Valente soltó el teléfono. El estruendo del aparato contra el suelo de mármol resonó como un disparo. Su rostro, que minutos antes lucía la suavidad de un padre que extraña a sus hijas, se contrajo en una máscara de odio puro. Sus ojos se volvieron dos rendijas de obsidiana y una vena comenzó a latir con violencia en su cuello. Julián y Marco, que estaban revisando unos informes legales cerca de la chimenea, se quedaron petrificados. No entendían el cambio. Dante parecía un cachorro herido hace un momento, y ahora era la encarnación de la muerte. —¿Dante? ¿Qué demonios p

