—No tengo nada que hablar con usted —le digo al padre de Laura haciendo un gesto para que abandone mi mesa. —A mí tampoco me gusta esto —responde él. —¿No me va a dejar tranquila?, muy bien, me cambiaré yo de mesa. Me levanto y cojo la bandeja de nuevo, Francisco me detiene cogiéndome con fuerza del brazo. —Sé lo que hay entre Alejandro y tú —susurra apretando los dientes y ejerciendo fuerza con los dedos sobre mi piel. —Usted no sabe nada, suélteme —le pido enfadada. —Ese bebé no es casualidad —empieza diciendo, suena igual a como dijo Alejandro —.Solo puede quedarse con la herencia de mi hija si tienen descendencia, ¿tan ilusa eres que creías que te quería? —usa un tono cruel. —Déjeme —le ruego aguantando las lágrimas que están por caer y el brazo dolorido. —Seguro que ya te han

