La vida en la ciudad era apresurada, con ruido constante, miles y miles de personas transitando por la calles a todas horas.
Las personas en aquella ciudad no distinguían entre el día y la noche, sin importar la hora, las personas caminaban, gritaban, reían, peleaban, y luchaban por ser parte de algo.
De algún círculo social, de algún grupo específico o simplemente ser recordados, por la chica o el chico que les atiende en el supermercado.
En un edificio de la afueras de la ciudad, algo pequeño pero acogedor. Estaba el departamento de una bella mujer de cabellos castaños, y dentro de aquel departamento una habitación con paredes blancas y encimeras del mismo color, con un estiló bastante minimalista.
En esa habitación el olor mezclado con el dulce aroma de una mujer y de un hombre después de que estos tuvieran sexo, deambulaba sobre la habitación, de la bella mujer y aunque el sol había salido la luz no había despertado a esta mujer.
Lo había hecho justo cuando un hombre que cubría sus nalgas con un bóxer a medio poner, salía de su habitación, casi a zancadas, intentando no hacer ningún tipo de ruido.
El aroma de este en las sábanas de ella, la hizo respirar profundo con una sonrisa, y saciar su olfato con el aroma que aquel hombre había dejado impregnado.
La mujer se sentó sobre la cama recogió la sábana sobre su cuerpo hasta poder cubrir su pecho, su rostro irradiaba de genuina felicidad, mientras le hablaba a aquel hombre, que ella pensaba seguramente le estaba preparando café
—Angel, está noche fue increíble, jamás había tenido sexo con alguien como tú —dijo la hermosa mujer de cabello castaño, que cubría sus pequeños pechos con la sabana blanca.
—Tal vez te parezca muy apresurado esto que te voy a decir, pero siento que tú y yo tuvimos una conexión —replicó la dulce jóven que no pasaba de los 26 años de edad, mirando al hombre que un par de horas atrás la había hecho sentir el cielo en su coño.
—Lo sé, lo sé es muy apresurado, olvídalo, no dije nada —por tercera ocasión agregó la mujer de labios rosados.
—Tengo que decirlo, me sentí muy bien contigo, ¿quieres intentar una relación? —cuestionó la bella mujer con un surco en el entrecejo, y sin recibir respuesta continuó, pero a esta, algo le parecía extraño.
—¡Angel! Angel, ¿Angel? —la hermosa joven extrañada de no tener respuesta se levantó de prisa, enredó la sábana sobre su cuerpo hasta la altura de sus senos, y con la puerta de su recamara abierta, salió en busca de Ángel.
Justo en ese momento escuchó un estruendo. La puerta de la entrada de su departamento se azotaba, Angel salía de prisa de aquel lugar con los zapatos sobre sus manos, el pantalón aún sin abrochar, y la camisa abierta sin abotonar, con el saco colgando de su antebrazo.
La hermosa mujer casi corriendo cruzó el pasillo y observó una pequeña nota que se encontraba en el suelo, “Fue todo muy lindo, pero no gracias. Yo, no me comprometo. Atte. Tú Angel”.
…
En una cafetería no muy alejada de aquel lugar, donde la desafortunada mujer se había quedado con un mal sabor de boca. Leonardo, el verdadero nombre de “Ángel”, le pedía un café a una mesera.
—Oye hermosa, dame un café, súper cargado, un par de analgésicos, pero lo más pronto posible —ordenó Leonardo, colocando sus gafas de sol, sobre sus impactantes ojos aceitunados.
La mesera, era una mujer atractiva, lo suficiente para que Leonardo se fijará en ella, o al menos para que esté le diera la oportunidad de coquetear.
El teléfono de Leonardo comenzó a sonar, —¿Dónde demonios estás Leonardo? —Cuestionó alguien al teléfono, con un tono de furia.
—Discúlpame, se me atravesó un problema y no he podido solucionarlo —respondió Leonardo.
—Al menos necesito saber dónde están los contratos —replicó la voz en el teléfono.
—No te preocupes en un momento le llamó a Maggie, para que te los lleve, gracias Antonio… te debo una —dijo Leonardo antes de colgar la llamada.
Leonardo hizo lo que prometió, llamó a Maggie, su secretaria y le dió indicaciones para que le llevará los contratos a su jefe Antonio.
La mesera volvió con el café y observó a
Leonardo, en ese momento supo que era un hombre como ningún otro, era un hombre alto, con músculos tan duros como las rocas, de extremidades alargadas, su nariz perfilada, con una cierta y graciosa desviación sobre el tabique, que generaba en él una esencia rebelde.
La mesera lo miraba con cierta lascivia, pues no estaba acostumbrada a ver hombres como Leonardo muy a menudo, esta le entregó el café, dejándolo sobre la mesa con una sutil sonrisa, pues estaba acostumbrada a que los hombres en aquella cafetería le brindarán alguna sonrisa y otros tantos más atrevidos intentaran seducirla, pero esto no ocurría con el hombre de ojos aceitunados.
Leonardo se miraba a través del reflejo del cristal que daba vista a la calle, miraba su cabello corto castaño, su piel apiñonada blanca, sin prestar mucha atención a la mesera limitándose solo a asentir con mirada cuando esta le entregó los analgésicos.
La mesera se dió media vuelta torciendo los ojos sin embargo a lo lejos ella y una compañera de turno observaban presionando sus labios mirando como las facciones de Leonardo eran hermosas.
Su piel se ceñía perfectamente a su estructura ósea, de labios rojos carnosos y bien definidos, sonreía al teléfono buscando alguna chica a la cual hacer su siguiente cita.
…
Después de dos tazas de café Leonardo se levantó, dejó un par de billetes sobre la mesa, y una servilleta sucia. Que contenía el número de la mesera, “llámame” seguía del número y estaba firmada.
El pantalón dejaba muy poco a la imaginación sus musculosas y largas piernas que lo hacían pasar por cualquier atleta de alto rendimiento, soportaban el cuerpo enorme de Leonardo, una barba sutil que cubría sus mejillas afiladas, haciendo un exquisito contraste entre sus labios y el vello facial, se iluminaban cuando esté sonrió mientras dejaba un par de billetes sobre la mesa.
Un hombre con un evidente atractivo no solo era eso, también era sensual, su mirada de ojos aceitunados y cejas pobladas, eran el deseo de cualquier mujer, y esto él lo sabía a la perfección.
Aquel día Leonardo, buscaba recuperarse de la resaca causada por el alcohol que había bebido, la noche anterior.
Y aunque aquella bella mujer de la que había escapado en realidad no había necesitado, de ni una sola gota de alcohol para meterse en la cama de Leonardo, este sí.
…
Leonardo parecía estar acostumbrado a este tipo de insinuaciones por parte de las mujeres, y es que era verdad que Leonardo era muy sensual. Su sonrisa blanca, tenía un toque lujurioso que hacía que las mujeres se derritieran. Al verlo sonreír, hablar o simplemente, pararse frente a ellas.
Leonardo llegó a su departamento, un espacio de estilo industrial, abierto, con un sobre nivel y un muro de cristal de doble altura al fondo, que le daba la más increíble vista a un balcón, desde la entrada hasta el final del departamento, la luz sobre el muro, iluminaba el segundo nivel donde se encontraba la recamara abierta, debajo la cocina y más cerca de la puerta el área de la sala de estar y sobre un muro de igual altura que el resto de los muros del departamento, se encontraba un enorme cuadro que según la historia que su padre le había contado, era muy valioso.
Y debajo, de esta una pequeña mesa rectangular, dónde Leonardo, colocaba sus llaves, su billetera y dentro de un jarrón, con cientos de látex, para su uso.
Leonardo cerró la puerta, se quitó los zapatos, y también el saco color vino, se deshizo de los calcetines que cubrían sus huesudos y sexys pies.
Caminó sobre la sala de estar, dejó su billetera y las llaves, miró el sofá que estaba pegado al muro justo frente a él, y se abalanzó sobre el dejando caer su cuerpo por completo.
Parecía que estaba listo para dormir, después de todo, Leonardo no había dormido durante toda la noche. Poco a poco sus ojos se cerraban mientras sus antebrazos cubrían su rostro, de la luz del día.
Y así fue como Leonardo Anders, un publicista, que poco a poco iba ganando reconocimiento en el ramo de su profesión.
Se ganaba la vida, haciendo que las marcas y las personas se hicieran notar.
Ocultando a la perfección su vida personal.