Capítulo 2: Bajo Control, Excepto el Corazón

2000 Words
por distraerse, sus pensamientos siempre volvían a la clínica, a ese breve encuentro con Nicolás. Se preguntaba si él también había sentido algo, si aquel beso en la mejilla había sido tan significativo para él como lo había sido para ella. Cada vez que cerraba los ojos, podía sentir el roce de sus labios de nuevo, y un calor extraño se apoderaba de su cuerpo. Por las noches, mientras se acostaba en su cama, el silencio de su habitación le permitía explorar sus emociones con mayor claridad. Nunca había sentido algo así por un hombre que apenas conocía, pero esa intensidad la asustaba tanto como la emocionaba. Nicolás era un profesional, y ella no quería leer demasiado en lo que había ocurrido, pero algo en su instinto le decía que ese beso en la mejilla no había sido una simple formalidad. Había algo más profundo, algo que los unía. Nicolás, por su parte, no podía dejar de pensar en cómo había reaccionado cuando sus manos tocaron la piel de Isabella durante la consulta. Su tacto había sido firme y profesional, como siempre, pero la cercanía había despertado en él una especie de necesidad, un deseo que había intentado reprimir en vano. Recordaba la sensación de su piel suave bajo sus dedos, el temblor apenas perceptible que había recorrido el cuerpo de Isabella. Cada detalle, por insignificante que fuera, lo mantenía despierto por las noches. Intentó racionalizar sus sentimientos, convenciéndose de que era solo una atracción pasajera. Pero cada vez que lo hacía, su mente volvía a la intensidad de esos momentos, a la forma en que sus ojos se habían encontrado, cargados de algo más que simples miradas. Había algo en su conexión que lo atormentaba y lo emocionaba al mismo tiempo. Los días previos a la siguiente cita fueron una mezcla de anticipación y preocupación para ambos. Isabella contaba las horas, intentando mantenerse ocupada con su rutina diaria, pero su mente siempre la traicionaba. En su cabeza, recreaba el momento en que lo vería de nuevo. ¿Sería igual que la primera vez? ¿Habría algún cambio en la forma en que se trataban? Sus manos temblaban ligeramente cada vez que pensaba en ello, pero al mismo tiempo, una emoción nueva crecía en su interior. Por otro lado, Nicolás se debatía entre el profesionalismo y la atracción que sentía. Sabía que debía mantener la distancia, que no podía permitir que sus sentimientos interfirieran con su trabajo, pero había algo en ella que lo llamaba. Esa sensación de inevitabilidad, como si estuviera destinado a cruzar ese umbral con Isabella. Cada día, mientras atendía a otros pacientes, no podía evitar preguntarse cómo sería el reencuentro con ella. ¿Cómo podría mirarla de nuevo sin dejar que sus emociones lo traicionaran? Finalmente, el día se acercaba cada vez. Isabella se preparaba con esmero, seleccionando su ropa con más cuidado del habitual, como si cada detalle importara para el encuentro que estaba por suceder. Su corazón latía con fuerza, y una mezcla de nervios y emoción recorría su cuerpo mientras se imaginaba cuando se dirigiera a la clínica. Nicolás también se sentía inquieto. Mientras esperaba que el sábado llegara, se quedó de pie frente a la ventana de su consultorio, mirando el flujo constante de personas en la calle. Había tratado de prepararse mentalmente para la consulta, para mantener el control, pero en el fondo sabía que, en cuanto ella cruzara la puerta, todo cambiaría. El simple sonido de su nombre podría desarmarlo. Nicolas pensó que pasaría, cuando Isabella entrara por la puerta, sus ojos se encontrarían una vez más, y en ese instante, ambos sabrían que todo lo que habían sentido durante esos días estaría a punto de colisionar de nuevo. Ninguno de los dos estaba seguro de lo que pasaría, pero algo estaba claro: esa consulta no sería como las demás. El primer encuentro había dejado una marca invisible en ambos, una marca que no se desvanecería fácilmente. La noche previa al sábado Isabella tubo un sueño, ella caminaba hacia él, y Nicolás la miraba fijamente con esos ojos negros seductores llenos de deseos, el respiraba hondo para mantener la compostura, pero para ambos ya era muy difícil de controlarse. Luego despertó muy ansiosa las horas faltantes para el amanecer la paso dando vueltas en tu cama, porque ambos sabían que estaban a punto de dar un paso en una dirección incierta, una dirección que los atraía poderosamente, pero que también los llenaba de dudas. El eco de esos días llenos de pensamientos y emociones volvería a resonar entre ellos, tal vez más fuerte que nunca. El sábado había llegado más rápido de lo que Isabella esperaba, a pesar de haber pasado la noche en vela, pero las horas antes de su cita parecían haberse detenido en una eternidad casi insoportable. El nerviosismo crecía en su interior con cada minuto que pasaba, aunque se esforzaba por no admitirlo. Sentada frente al espejo, arreglándose para la consulta, no podía evitar preguntarse por qué sentía una inquietud tan intensa. Se repetía a sí misma que solo era una consulta de rutina, que no debía preocuparse más de lo necesario, pero una voz en su interior le susurraba que había algo más. Era como si su corazón latiera más rápido solo con pensar en verlo de nuevo. ¿Era una atracción? ¿Curiosidad? Lo que fuese, había comenzado a crecer dentro de ella desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron en aquella primera cita. Mientras se peinaba, sus pensamientos volvían a Nicolás. Recordaba con claridad cada detalle de su rostro, su porte, la manera en que su voz profunda la envolvía. Había algo en él que la hacía sentirse vulnerable y atraída al mismo tiempo. ¿Qué estaba ocurriendo en su vida? Se había mudado a una nueva ciudad, estaba en medio de la transición con su esposo, y de repente este doctor aparecía en escena, provocando emociones que no había sentido en mucho tiempo. Al llegar a la clínica, se sorprendió al ver que no había muchos pacientes esperando. Apenas tuvo tiempo de sentarse cuando la recepcionista la llamó. −Señorita Collen, puede pasar al consultorio 3−, dijo la recepcionista con una sonrisa. Isabella respiró hondo, intentando calmarse mientras caminaba hacia la puerta que marcaba el comienzo de algo que, en el fondo, sabía que cambiaría su vida. Cuando entró al consultorio, sus ojos se encontraron inmediatamente con los de Nicolás, y en ese preciso instante, el mundo alrededor de ellos pareció detenerse. Él estaba sentado tras su escritorio, pero al verla, se levantó con una expresión de genuina felicidad en el rostro. −Buenos días, señorita Collen−, dijo Nicolás con una voz suave pero firme, cargada de una emoción que no podía disimular. Isabella sintió cómo el calor subía a sus mejillas. −Buenos días, doctor Miranda−, respondió ella, su voz temblorosa. Intentaba mantenerse tranquila, pero cada segundo que pasaba en esa habitación parecía intensificar la conexión entre ellos. Algo en el aire se sentía distinto, pesado, cargado de una tensión que ninguno de los dos podía ignorar. − ¿Cómo te has sentido estos días? −, preguntó Nicolás mientras tomaba asiento. A pesar de que la consulta debía ser rutinaria, la atmósfera en la sala estaba lejos de serlo. Cada movimiento, cada palabra, tenía un peso especial, como si ambos supieran que había algo más en juego. Isabella lo miró y sonrió ligeramente. −Todo bien, gracias−, respondió, aunque en su interior sabía que nada estaba completamente bien. Su mente había estado dominada por pensamientos de él durante días. Sentía una lucha constante entre lo que debía sentir y lo que realmente sentía. Nicolás revisó los resultados de sus exámenes con la misma atención de siempre, pero mientras leía, no pudo evitar mirarla por el rabillo del ojo. Había algo en Isabella que lo atraía de una manera que no lograba entender. Su elegancia, su calma exterior, el brillo en sus ojos. Todo lo que ella hacía le parecía fascinante, y eso lo inquietaba profundamente. Finalmente, rompió el silencio con una sonrisa. −Todo está excelente. Todo bajo control−, dijo, sin apartar la mirada de ella. Pero en realidad, sabía que había algo que estaba lejos de estar bajo control: sus emociones. Mientras anotaba los resultados en el récord médico de Isabella, sintió la necesidad de romper la barrera del profesionalismo, de conocerla más allá de lo que los protocolos médicos le permitían. −Así que... ¿te mudaste a la ciudad por trabajo o por alguna otra razón? −, preguntó con tono casual, intentando ocultar el verdadero interés detrás de sus palabras. Isabella lo miró, sorprendida por la pregunta. No era usual que los doctores fueran tan personales en sus conversaciones. −En realidad, fue por el trabajo de mi esposo−, respondió con una sonrisa ligera, aunque en sus palabras había una leve melancolía. −Nos mudamos hace poco, pero aún siento que no terminamos de adaptarnos. Falta algo. − Nicolás alzó la vista, captando ese matiz en su respuesta. −Es difícil encontrar ese equilibrio−, comentó con una seriedad que ella no había esperado. −Yo también estoy casado... y, aunque lo intentemos, la vida siempre presenta desafíos que parecen imposibles de superar. − Isabella asintió, pero sus ojos no se apartaban de los de Nicolás. Había algo en esa conversación que iba más allá de las palabras. La manera en que él la miraba, la tensión en el aire, la proximidad entre ellos... todo hacía que su corazón comenzara a acelerarse. −Es curioso−, dijo ella suavemente. −A veces lo que deseamos y lo que necesitamos son cosas completamente diferentes. − Nicolás dejó de escribir, sus manos se detuvieron sobre el escritorio. Las palabras de Isabella resonaron en su interior como un eco. Ella tenía razón. Lo que uno necesitaba no siempre coincidía con lo que deseaba, y en ese momento, sus deseos estaban nublando todo su juicio. −Exactamente−, murmuró, su tono de voz más bajo, más íntimo. −Y a veces, cuando menos lo esperas, alguien aparece en tu vida de una forma que no puedes ignorar. − El silencio que siguió a esas palabras fue denso, cargado de emociones no expresadas. Ambos sabían lo que estaba ocurriendo, pero ninguno se atrevía a ponerlo en palabras claras. Isabella lo miró, sintiendo que algo en su interior se derretía bajo la intensidad de la mirada de Nicolás. −Isabella...− Su nombre en los labios de él sonaba diferente, más cercano, más íntimo. Ella levantó la vista, sorprendida por el tono de su voz, pero incapaz de apartar la mirada. Sentía como si su pulso se hubiera descontrolado. −Sí, doctor...−Apenas fue capaz de pronunciar las palabras. Algo en el aire se había quebrado, y ambos lo sabían. Había un punto de no retorno al que estaban a punto de llegar. Nicolás respiró hondo, intentando controlar la tormenta de emociones que sentía. Sabía que lo que iba a decir podría cambiarlo todo, pero ya no podía seguir guardando lo que sentía. El poco a poco acorto la distancia que los separaba acercando su asiento al de ella y con tono de voz sube expreso. −Desde que entraste por esa puerta en nuestra primera cita...− comenzó, su voz temblorosa, −no puedo dejar de pensar en ti. Hay algo en ti que me atrae de una forma que no puedo ignorar−. Isabella lo miró, sorprendida y aliviada al mismo tiempo. Aquellas palabras, que tanto había deseado escuchar, por fin habían sido dichas. −Nicolás …− murmuró, su respiración agitada. −Yo... siento lo mismo. Desde la primera consulta, he estado pensando en ti más de lo que debería−. El silencio que siguió fue profundo, lleno de una tensión que casi se podía tocar. Ambos sabían que lo que sentían no era simplemente una atracción pasajera. Había algo más, algo más profundo que los empujaba el uno hacia el otro. Nicolás se acercó cada vez más a ella, rodando su silla hacia donde Isabella estaba sentada. Se inclinó ligeramente hacia adelante, sin romper el contacto visual, sus ojos oscuros llenos de una mezcla de deseo.
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