Capítulo 3: La Consulta Definitiva

2000 Words
vulnerabilidad. −Sé que esto no es lo correcto... pero no puedo seguir ignorando lo que siento por ti−. Isabella, con el corazón latiendo con fuerza, apenas pudo murmurar: −Yo tampoco−. En ese momento, algo dentro de ellos se rompió. La barrera que habían mantenido hasta entonces se desmoronó por completo. Nicolás tomó suavemente la mano de Isabella y, sin apartar la mirada, la llevó a su pecho. − Mira cómo tengo el corazón, teniéndote tan cerca−, susurró con una voz cargada de deseo. Isabella lo sintió. El latido fuerte y desbocado de su corazón bajo su mano era tan real como el deseo que había estado creciendo en su interior. Apenas podía respirar cuando Nicolás, sin dudarlo más, se inclinó hacia ella y la besó. El beso fue intenso, profundo, lleno de todo lo que habían estado reprimiendo. Isabella reaccionó de inmediato, entregándose a ese momento con el mismo fervor. Sus manos rodearon el cuello de Nicolás mientras el mundo a su alrededor desaparecía. Era como si solo existieran ellos dos, como si ese instante hubiera estado destinado a suceder desde el principio. El beso se convirtió en una explosión de pasión. Ambos dejaron de pensar, dejándose llevar por lo que sentían. Todo en el consultorio se desvaneció, y el espacio, normalmente estéril y profesional, se transformó en un lugar cargado de deseo desenfrenado. Finalmente, cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad. Sabían que habían cruzado un límite, pero ninguno de los dos lamentaba lo sucedido. La mirada entre ellos hablaba más que cualquier palabra. Habían compartido algo mucho más profundo que un simple momento de pasión. Nicolás se levantó, aún desorientado, por la intensidad de lo que había ocurrido momentos antes. Con la respiración entrecortada, −extendió la mano hacia Isabella, − como si temiera que, si dejaba de tocarla, aquel instante perdería su valor y se diluiría en el aire. −Ella, todavía en un trance de emociones encontradas, entrelazó sus dedos con los de él, sintiendo el calor que fluía desde su palma hasta la suya propia–. Nicolás miró hacia el suelo, buscando las palabras correctas en medio de la vorágine de sensaciones que invadía su mente y corazón. −No quiero que esto termine aquí, − murmuró con voz baja, que era apenas un susurro en el silencio del consultorio. Sus ojos buscaron los de Isabella, esperando una señal, una reacción, algo que le indicara que ella también deseaba prolongar aquel momento, que había significado tanto para ambos. −A pesar de su resistencia inicial−, aquella conexión les había revelado una parte de sí mismos que hasta ese momento había permanecido dormida. −Isabella lo miró fijamente, con el corazón latiendo tan fuerte que pensó que Nicolás podría oírlo. − Una mezcla de culpa y deseo cruzaba por su rostro, y al notar su vacilación, él se sintió vulnerable. −Quería decirle que no había planeado nada de aquello, que había intentado mantenerse profesional, que su prioridad había sido siempre su bienestar como paciente…− pero ¿cómo ignorar la realidad de lo que ahora sentían? Había un vínculo imposible de negar, algo que parecía arrastrarlos el uno al otro desde el primer momento. −Pero... no podemos seguir así, −respondió ella con voz quebrada, tratando de poner en orden sus pensamientos. −No ahora. −Sus palabras colgaban en el aire, como un lamento de una oportunidad que tal vez nunca llegaría a concretarse. −La razón le decía que lo correcto era marcharse, alejarse de Nicolás y poner una distancia entre lo que acababa de suceder y su vida, pero su corazón protestaba con fuerza. − Cada parte de su ser anhelaba permanecer junto a él, descubrir hasta dónde podían llevar aquella conexión. Isabella respiró hondo y apartó la mirada, sintiendo cómo su cuerpo aún vibraba por la cercanía, por el roce de sus manos, por la manera en que él la había mirado. Sabía que aquello era solo el comienzo de algo intenso, algo que podría cambiar la vida de ambos para siempre, pero también tenía claro que el momento no era el adecuado. Tenían vidas complejas, y ambos venían de relaciones que no habían dejado más que cicatrices. Era demasiado pronto para lanzarse a algo tan profundo sin medir primero las consecuencias. Nicolás soltó su mano con cierta reticencia, observándola con un gesto lleno de comprensión, pero también con una chispa de esperanza. No le pidió que cambiara de parecer, no intentó retenerla. Ambos necesitaban tiempo, lo sabía. Él también debía procesar lo que sentía, entender la naturaleza de ese lazo invisible que parecía haberse tejido entre ambos, entender cómo una paciente podía haberse convertido en alguien tan especial para él en tan poco tiempo. −Nos vemos pronto, − susurró Nicolás finalmente, su voz ronca por la tensión que reinaba en la habitación. Era una promesa y una despedida al mismo tiempo. No sabía cuándo volvería a verla, pero en algún lugar profundo de su alma, confiaba en que el destino los volvería a reunir. Isabella asintió, sintiendo un nudo en la garganta. −Quería abrazarlo, agradecerle por todo, pero sabía que era mejor mantener aquella distancia. − No podía permitirse otra despedida dolorosa, otra atadura emocional que le recordara lo que no podía ser. Sin embargo, al abrir la puerta del consultorio y dar un paso fuera, sintió que algo en ella había cambiado para siempre. Aquella no era una despedida cualquiera, y sabía que la próxima vez que se vieran, nada volvería a ser igual. Mientras caminaba por el pasillo, con cada paso el sonido de sus tacones retumbando en la fría cerámica del suelo, Isabella sentía que su mente regresaba una y otra vez a las últimas palabras de Nicolás. Había algo en su voz, en su mirada, que le recordaba a un animal herido; el deseo de no alejarse, pero al mismo tiempo el reconocimiento de que aquel no era el momento adecuado. Los latidos de su corazón parecían intentar darle una advertencia, como si aquella historia estuviera apenas comenzando y aún quedaran muchas páginas por escribir. Al llegar a su auto, se detuvo y dejó escapar un suspiro, mirando a través del parabrisas como si pudiera ver en el horizonte una respuesta a sus inquietudes. Las imágenes de Nicolás, sus palabras, su mirada, se repetían en su mente como un eco persistente, imposible de silenciar. Ella no podía explicarse cómo alguien podía trastocar tanto su vida en tan poco tiempo, cómo la solidez de sus principios se desmoronaba con un simple roce de sus manos. Aquella noche, en la soledad de su habitación, Isabella se permitió cerrar los ojos y revivir cada momento. Su mente la traicionaba, llevándola a imaginar cómo sería sentir la calidez de su abrazo en un espacio sin restricciones, donde el tiempo no se sintiera como un obstáculo. Una vida junto a él, un sueño tan peligroso como tentador. Por su parte, Nicolás permanecía en su consultorio, absorto en sus pensamientos, dejando que los minutos se alargaran como si aquel momento pudiera detenerse y perpetuar lo que acababa de suceder. La luz tenue de la tarde que se colaba por las persianas daba al espacio un aire melancólico, y el aroma sutil del perfume de Isabella aún flotaba en el aire, envolviéndolo, como si ella aún estuviera allí, a su lado. −Nicolás cerró los ojos un momento, − dejando que esa esencia lo rodeara y lo transportara a los instantes que acababan de compartir, a las emociones contenidas, al deseo que había marcado cada segundo en que sus cuerpos estuvieron cerca. Intentaba encontrar claridad, alguna explicación lógica que justificara por qué una conexión tan intensa había surgido de repente y, peor aún, por qué le costaba tanto soltarla. Sabía que su futuro no estaba claro, que era un terreno incierto el que se abría ante él, pero algo en su interior, en lo más profundo de su ser, le decía que esa chispa, esa atracción inexplicable que sentía por Isabella, no podía ser ignorada ni olvidada. −Era como si la vida le hubiera dado un atisbo de algo único, pero imposible de concretar en ese momento−. −Nicolás suspiró y se llevó una mano al rostro, − intentando borrar el peso de aquel pensamiento, aunque sabía que nada sería igual después de aquella tarde. La razón le decía que debía olvidarla, enfocarse en sus pacientes, en su familia, en su rutina; sin embargo, el latido constante de su corazón parecía tener su propia voluntad, un ritmo indomable que resonaba con fuerza cada vez que pensaba en ella. No recordaba la última vez que alguien había despertado en él un deseo tan auténtico y profundo, un deseo que escapaba a cualquier lógica, un deseo que era tan puro como desgarrador. Isabella había salido del consultorio, pero la impresión de su presencia permanecía allí, en cada rincón, y en la mente de Nicolás cada sonrisa, cada mirada, cada susurro que habían compartido. Aquella conexión era algo que él no buscó y que ahora, sin embargo, era incapaz de soltar. Habían pasado varias semanas desde aquel beso arrebatador en el consultorio, un tiempo en que ambos parecían estar sumidos en una especie de trance, atrapados entre el deber y el deseo, entre la razón y el impulso. Durante ese período, −Nicolás e Isabella no volvieron a verse en persona−. No obstante, el hilo invisible que los conectaba no se rompió; al contrario, pareció fortalecerse con el tiempo y la distancia. Cada llamada, cada mensaje entre ellos era un recordatorio silencioso de que lo que compartían era real, algo que iba más allá de una simple atracción o de un momento de debilidad. Ambos mantenían vidas ocupadas y comprometidas, vidas que no se detenían por aquella conexión imposible. Nicolás continuaba con su rutina, atendiendo dos consultorios, manteniendo la fachada de un hombre de familia, aunque internamente llevaba una carga de pensamientos y emociones que nadie más conocía. Se había vuelto una especie de experto en el arte de la disimulación, ocultando lo que sentía bajo la superficie, fingiendo que su vida no había cambiado en absoluto. Por su parte, −Isabella también estaba atrapada en sus propias obligaciones. Dividía su tiempo entre el trabajo, sus estudios y la relación con su pareja, intentando convencerse de que su vida seguía su curso habitual−. Pero en lo más profundo, cada mensaje de Nicolás la hacía recordar aquella tarde en el consultorio, el beso que lo había cambiado todo, y la decisión de no dejar que aquello creciera más… aunque ambos sabían que ya era demasiado tarde para frenar lo que habían despertado en sus corazones. Los mensajes que se enviaban al final del día se habían convertido en el único escape para ambos. Eran conversaciones aparentemente casuales, preguntas sobre el día, sobre el trabajo o la salud, pero cada palabra contenía un significado oculto, un anhelo que ambos reconocían sin necesidad de decirlo en voz alta. En cada mensaje había una confesión silenciosa de que no podían olvidarse, de que sus corazones seguían latiendo en sintonía, incluso a la distancia. Una noche, después de una de esas conversaciones nocturnas, Nicolás se quedó mirando la pantalla de su teléfono, con el último mensaje de Isabella grabado en su mente: −Ojalá fuera diferente... − Él también deseaba que fuera diferente, deseaba poder verla sin las barreras que la realidad imponía entre ellos, sin el peso de las obligaciones que parecían alejarlos cada vez más. La frustración y el deseo se entrelazaban en su mente, haciendo que, por primera vez en su vida, se sintiera perdido, sin saber cómo avanzar. La conexión entre ellos, aunque lejana, era innegable, y ambos sabían que tarde o temprano el destino los pondría frente a frente de nuevo. Porque, por mucho que intentaran ignorarlo, lo que habían iniciado en aquel consultorio no era algo que pudiera apagarse tan fácilmente. sin embargo, un día, −Isabella comenzó a sentir unas molestias y decidió agendar una cita con Nicolás −. Sabía que podría ser solo una excusa para verlo, pero esas sensaciones le ofrecían la oportunidad perfecta para reunirse con él.
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