¿Solo?
Bullying, acoso, soledad... ¿cuantas veces pasarían aquellas palabras por la cabeza de Ronny? Una y otra vez escuchaba a sus padres decirle que les informara sobre cualquier problema que tuviera en la escuela. En cada cena preguntaban sobre su día, desde el momento en el cual cruzaba la puerta hasta el mismo instante en el que entraba a la casa. En ocasiones era incluso molesto, pero, a fin de cuentas, se preocupaban por él.
Ronny era un adolescente de quince años. Sus calificaciones le abrían muchas oportunidades, algunas de ellas ya estaban brillando de forma radiante en las repisas de su habitación: trofeos, placas, medallas y otros premios por las diversas competencias de inteligencia en los cuales había vencido. Categorizado por algunos como un prodigio. Eso era Ronny, un chico extremadamente inteligente para los estudios.
Podía ver sus cabellos azabaches caer sobre su rostro mientras movía la cucharilla para finalmente llevarla hasta su boca. Su gesto era el mismo de siempre: indiferencia. Miraba a sus dos padres a través del grueso cristal de las gafas, dándose cuenta de que estos aguardaban sus palabras.
–Hoy ha sido un buen día, –comenzó a explicar luego de un audible suspiro– los inicios de curso siempre son sencillos.
–¿Has hecho amigos? Tú padre y yo sabemos mejor que nadie cuán difícil es hacerlos al ser trasladado de escuela. –Rita, la madre de Ronny, sonaba preocupada mientras sostenía uno de sus cubiertos con la mano derecha–. Sabes que si algo pasa debes decírnoslo de inmediato, ¿no es así, tesoro?
–Lo sé, mamá, lo sé. –El adolescente sonrió de forma vaga al mirar a su mamá–. Pero no hay nada que contarles. Todo está bien.
–Eres nuestro mayor orgullo. –Intervino inmediatamente su progenitor, quien llevaba el nombre de Leonard–. Estamos listos para ayudarte en todo lo que necesites.
Ronny asintió llevando otro bocado hasta su boca y permitiéndose saborear aquel estofado de carne que Rita había preparado para esa noche. Todos en casa sabían que era su plato favorito.
–Te amamos mucho, hijo. –La mujer acomodó sus ondulados cabellos en una cola y comenzó a comer, no sin antes sostener la mano de su marido.
–Yo también los amo.
***
Para muchos la oscuridad era un momento adecuado para meditar, reflexionar e incluso tomar inspiración en diversos ámbitos… pero para nuestro adolescente era simple y llanamente una temida enemiga ante la cual debía enfrentarse todas las noches. El silencio generado solo le permitía oír su propia voz en su cabeza una y otra vez, sumado, además, a la incontable cantidad de sucesos acontecidos en el antiguo lugar donde estudiaba. Fantasmas y pesadillas que una y otra vez le perseguían cuando su mundo quedaba en silencio.
El cuerpo de Ronny se encogía colocándose en posición fetal luego de cubrirse por completo con la sábana, intentando contar unicornios con el fin de conciliar el sueño. ¿Lo lograba? Por supuesto que no…
–¿Llamarás a tu mamita una vez más? –La voz del mayor era gruesa, ni siquiera pronunciaba las palabras con claridad mientras miraba de arriba abajo la figura de su víctima–. La ocasión anterior solo has conseguido que me suspendieran un par de días… pero aquí me tienes, listo para cobrar esa deuda que dejamos pendiente, ¿verdad, Ronny?
¿Por qué seguía pasándole aquello? Incluso siguiendo las instrucciones de su madre en aquel momento el resultado había sido el mismo e incluso peor. Ahora lo molestarían más en vista de la sanción dada. ¿Dónde estaban aquellos a quienes Ronny consideraba sus amigos? Brillaban por su ausencia. Ya habían tomado todo lo que necesitaban de él tal y como un montón de parásitos y ahora solo quedaba un ser que no les importaba. Simples insectos satisfechos, buscando ahora un nuevo objetivo. Eso eran para el pelinegro.
Los ojos del chico se abrieron nuevamente de forma rápida, dándose cuenta de que tantos recuerdos le hacían hiperventilarse. No, definitivamente no podía quedarse a dormir en la habitación a oscuras. Nuevamente se levantó y encendió las luces de aquel cuarto, permitiéndose ver los posters colgados en su pared de los diferentes ídolos del kpop a los cuales seguía, sí, era su único lugar seguro en el mundo. Tomó sus auriculares y encendió la música luego de haber vuelto a su cama.
Se mantuvo despierto mirando a través de la ventana, observando a los perros juguetear encima del contenedor de basura y tomar de aquel lugar los desperdicios para alimentarse. Incluso algunos de ellos eran capaces de trabajar en equipo. Así transcurrió gran parte de su noche hasta que por fin la fuerza del sueño hizo que sus ojos se cerraran, exactamente a las 4:45 AM, justo cuando el sol estaba a punto de salir.
¿Cuánto tiempo pasó antes de que sonara la alarma? Ah, sí, sonaba a las 5:30 AM diariamente. De nuevo Ronny había pasado una noche de insomnio. Suspiró mirando al blanco techo sin dejar de oír la melodía que seguía sonando a través de sus auriculares. Sonrió al escuchar la frase “Life is beautiful” permitiéndose mover la cabeza al ritmo de la música durante unos minutos antes de levantarse.
Un nuevo día de soledad se avecinaba. Era cierto que durante su primer día en aquella escuela todo había ido bien… pero ya no podía confiar en lo que el destino le aguardaba y, sobre todas las cosas, le era complicado pensar en otorgar su confianza a las personas que le rodeaban. ¿Realmente se acercarían a él con intenciones de apreciarlo? ¿O solo serían sujetos que se aprovecharían de él? La respuesta era impredecible y Ronny temía apostar y perder nuevamente. Pero como sus cantantes favoritos decían: “la vida es bella” y él estaba dispuesto a disfrutarla al máximo, incluso si se trataba de un infierno.
Realizó la rutina matutina luego de levantarse: lavar sus dientes, tomar un baño, colocarse el uniforme limpio y pulcro que su madre se encargaba de plancharle todas las noches. Al mirarse en el espejo solo acomodó sus gafas y revolvió su ondulado cabello dejando que cayera sobre su frente como de costumbre.
Ronny podía considerarse un adolescente promedio. Se trataba de un chico de piel pálida, resaltando algunas pecas en los pómulos de su rostro, los cuales eran un poco elevados. Sus ojos color café observaban el mundo a través de los gruesos cristales que evidenciaban su miopía. En cuanto a complexión era delgado, aunque no en extremo. Podía decirse que el pelinegro no se quejaba de su apariencia.
Luego de aplicarse su perfume favorito supo que estaba listo. Guardó sus amados auriculares en su bolso y salió rumbo al comedor.
Su padre ya estaba en la mesa y, como todas las mañanas, estos comenzaron a conversar sobre las noticias del día anterior. Ronny simplemente se limitaba a escucharles e intervenir si algo llamaba su atención mientras consumía sus tostadas de desayuno. Pero esta mañana no contaban nada que captara su interés. Todo era bastante común e incluso cliché.
–¿Pasarás a recogerme hoy? –Preguntó mirando a su padre por encima de los lentes–. Termino clases antes de las 5 PM.
–Si me das algunos minutos puedo ir por ti. –Respondió Leonard levantando su vista de su dispositivo móvil.
El desayuno concluyó y Ronny abordó el auto de su padre. A pesar de que el joven no acostumbraba a hablar a nadie de sus orígenes, era cierto que provenía de una familia muy bien posicionada a nivel económico. Su padre era CEO de una empresa de electrodomésticos mientras que su madre lideraba una prestigiosa marca de perfumes. No obstante el pelinegro prefería mantenerse en el anonimato y simplemente pasar como un estudiante más del montón.
Una vez en su lugar de estudios despidió a su padre y bajó del auto colocándose los auriculares al entrar a la escuela. No conocía a nadie y tampoco tenía muchas intenciones de socializar, por lo que lo último de lo que debía preocuparse era de que cualquier persona le hablara. Sin embargo pudo sentir el tacto de alguien en su hombro. Sus ojos se abrieron como platos sintiendo su cuerpo tensarse, apretando sus puños con fuerza. Ronny odiaba que lo sujetaran por su hombro ya que era el lugar por el que siempre lo tomaban quienes le golpeaban. Podríamos llamarlo traumas de la infancia.
Volteó rápidamente justo para darse cuenta de que se trataba de una chica que había visto en… no, no la había visto nunca. Frunció el ceño retirando uno de sus auriculares mientras llevaba su mirada al lugar de costumbre: el suelo.
–Quizá no me conoces, –comenzó la chica de cabellos castaños– pero asistimos a la misma clase. ¿Cómo te llamas?
Tenía razón en una cosa: Ronny no la conocía. Sin embargo lo que esta parecía no tener del todo claro era que el chico simplemente no deseaba conocerla.
El silencio tomó lugar entre ambos y Ronny solo podía recordar lo que sus “amigos” le habían hecho en repetidas ocasiones. Prefería estar solo, no necesitaba que nadie más llegara a su vida. Suspiró y justo cuando estuvo a punto de abrir la boca el timbre sonó, indicando que la primera clase estaba a punto de comenzar.
–Creo que deberíamos entrar. –Respondió el chico de las gafas ignorando por completo el intento de su compañera por conocerle–. La clase comenzará pronto.
–¡Hey! Pero… –esta no alcanzó a terminar de hablar, ya su compañero de clases le había dado la espalda y casi entraba al salón de clases.
Los cuchicheos comenzaron cuando este cruzó por fin la puerta. Era obvio que durante el primer día muchos de sus compañeros se habían hecho más cercanos, pero Ronny era una de las muy escasas excepciones y eso lo colocaba sobre la categoría de “raro”
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que le habían mirado con desprecio? Ah, sí, desde que había dejado su curso anterior. Sin embargo a Ronny le daba completamente igual la manera en la que le observaran. Con tantos años de experiencia soportando lo mismo era seguro de que podía obtener un doctorado siendo “el raro” de la clase. De inmediato colocó sus cosas sobre la mesa y se mantuvo absorto en la música... hasta que sintió por segunda vez el tacto en su hombro.
Se trataba nuevamente de la misma chica moviendo sus labios como clara muestra de que le hablaba. Ronny suspiró retirando su auricular...
–¿Puedo sentarme aquí? –Repitió esta mirándole con sonrisa amigable–. ¿O está ocupado?
–Está libre. –Musitó el chico pecoso con fastidio para luego guardar el equipo y cruzar ambos brazos en su pecho.
–Mi nombre es Zoe, ¿qué hay de ti? –La chica de cabellos castaños sonreía con extrema felicidad, como si su vida no tuviese problemas de ningún tipo.
–Ronny. –Soltó el pelinegro sin muchos ánimos.
Ni siquiera se molestó en mirarla, ya solía conocer los acontecimientos próximos. Esta intentaría comenzar a hablar con él preguntándole su edad, color favorito e incluso el pasatiempo de su preferencia… pero Ronny no tenía ganas de intentar hacer un nuevo amigo ni mucho menos de dar respuesta a un incómodo interrogatorio. Era su propia promesa para evitar sufrir nuevamente en aquel lugar. Un hecho dice más que mil palabras, y el pelinegro esperaba que sus actos le dejaran en evidencia a Zoe que debía retirarse.
No obstante, el chico nunca esperó que su lema favorito se volviera esta vez en su contra al ver como su compañera partía a la mitad una tableta de chocolate y le extendía una de las dos partes. Sus cejas se encarnaron en un gesto de rareza mirando la golosina sobre la mesa. Zoe mordió la suya sacando sus cuadernos y organizándolos sobre la mesa.
–No pareces querer hablar. –Soltó la chica alzando la vista hacia el profesor de matemáticas, quien estaba a punto de entrar–. Pero un dulce no le hace mal a nadie. Sé que te gustará.
–Buen día, estudiantes, mi nombre es Rafael Montaño y seré su profesor de matemáticas. –El alto y delgado sujeto de mediana edad estaba hablando, pero Ronny seguía mirando el trozo de chocolate sobre la mesa–. Conozco la mayoría de los rostros aquí presentes, pero hay algunos que se han transferido. Sería un buen inicio de clase el escuchar su presentación.
La mirada de Rafael se montó sobre el primer chico transferido y tanto este como los otros cinco se presentaron… hasta que llegó el turno de Ronny. El pelinegro seguía perdido en sus pensamientos, dándole vueltas a un sencillo obsequio. El adulto dio unos cuantos pasos acercándose hasta él y mirándolo fijamente. Fueron los pequeños golpes que Zoe daba a su pierna los que le sacaron de su ensimismamiento.
–¡Ronny! –Soltaba entre dientes–. ¿Acaso piensas en el color de los calzones de las vacas? –Y con una seña le indicó que mirara al frente.
–Comenzaré recordándole que está prohibido ingerir alimentos dentro del aula, joven. –Los ojos del chico se abrieron al darse cuenta de la situación en la que se encontraba. ¿Cómo pudo mantenerse tan absorto en una sencilla tableta de chocolate?
–¡Lo siento! Lo siento mucho. –Reaccionó por fin tomando la golosina y guardándola en su bolso–. Mi nombre es Ronny Villasmil, tengo quince años y me he transferido del interior.
El pelinegro bufó ligeramente tan pronto su profesor se hubo dado la vuelta mostrando por fin sus perlados dientes. Lanzó una mirada de complicidad a Zoe y fue inevitable para ambos reír por lo bajo. Quizá podría permitirse romper su propia regla tan solo una vez, ¿verdad?
***
–¿¡Se puede saber en qué demonios estabas pensando, señor Ron!? –Zoe parecía indignada… aunque el sarcasmo en esta evidenciaba que el reclamo no iba en serio–. Tu rostro demostraba estar perdido en las nebulosas por un simple chocolate.
–¡Perdón! –Ronny no paraba de carcajearse al imaginarse lo estúpido que podía haberse visto perdido frente a una golosina–. Simplemente me dejé llevar.
Ambos reían. Sí, así se sentía estar acompañado de alguien que realmente pareciera sincero. Por si se lo preguntaban, el chico solía ser muy observador y detallista y, para él, un inicio a una amistad dando un obsequio sin interés solo significaba que esa persona era todo menos superficial. La pregunta del siglo era si realmente podía permitirse confiar en ella. Era muy pronto para pensar en eso cuando apenas le conocía, pero la duda comenzaba a hacer espacio en su cabeza.
El chocolate que masticaba tenía trocitos de arroz inflado, tal y como le gustaban. Casualidades de la vida que jugaban a su favor. Era uno de esos días que merecían ser marcados con una pequeña rayita en el calendario. Por lo visto no sería un desdichado mientras el cielo estuviese azul.
–Deberías sonreír más a menudo. Estoy segura de que te ves mucho mejor que con el ceño fruncido. –Reconoció la chica mirando detenidamente los radiantes dientes que se ocultaban debajo de aquella sonrisa–. Además, si pasas tu vida entera con las cejas encarnadas te saldrán arrugas aquí. –Colocó su dedo en el entrecejo de este–. Parecerás una uva pasa pecosa.
–He de suponer que estoy hablando con la fuente de la juventud. –Ronny negó con la cabeza–. A todas estas… oíste mi presentación en clase, pero solo sé de ti que te llamas Zoe.
Allí estaba de nuevo. Incluso tras saber las posibles consecuencias Ronny se permitían socializar con alguien a quien realmente no conocía. ¿Razones? Era un ser humano. Necesitaba ser sociable con algunas personas porque, a fin de cuentas, estamos hechos para estar en grupos, ¿no?
–Mi nombre es Zoe. Zoe Ortiz. Tengo quince, al igual que tú y también soy nueva en este lugar. –Miraba a su compañero a los ojos y fue por eso que pudo notar el gesto de sorpresa.
–Pero… no te has presentado en la clase de matemáticas.
–¡Por supuesto que lo he hecho, tontito! –Reprochó entre risas–. Pero alguien estaba pensando en si su vaca se había cambiado el calzón.
El día transcurrió con total normalidad y el rarito de la clase dejó de estar a la altura del título ya que durante el resto de la tarde continuó pasando el rato con su nueva amiga. ¡Incluso habían almorzado juntos y compartido parte de sus alimentos! Era cierto que no sabía si Zoe era alguien de fiar, pero por lo menos parecía que entre ambos existía un nivel de conexión.
–¿Te gusta la música? –Inquirió la chica de cabellos castaños mientras ambos se dirigían a la salida del instituto–. Pareces apreciar mucho los auriculares que tienes.
–Mi vida sin la música sería sencillamente un infierno. –La sinceridad expresa en aquellas palabras consiguió que la chica diera su completa atención al pelinegro–. Gracias a ella y a los seis chicos que sigo soy capaz de levantarme cada día y ver un poco de color en un lienzo salpicado de n***o y gris.
Era una respuesta bastante inesperada, aunque para Zoe tenía sentido en relación a la oscuridad que irradiaba cuando se le acercó. Parecía tratarse de un chico con pasado n***o y turbio. ¿Realmente tenía la necesidad de acercarse a alguien tan complicado como Ronny? La respuesta estaba clara incluso para el chico. No lo necesitaba, sin embargo estaba segura de que con otra persona no habría pasado un día genial como lo había hecho con este chico.
–Ya veo… pues me parece que acaba de llegar un buen tono lila a tu lienzo. –Admitió orgullosa–. Así que espero que te acostumbres a verlo a diario.
El sonido de la bocina de un auto les sacó de su conversación. Un pequeño Volkswagen escarabajo de color azul aguardaba fuera del instituto. La puerta se abrió y bajó un chico que Ronny reconoció por el enorme parecido que tenía con quien le acompañaba.
–¿Es tu hermano? –Preguntó de forma automática. Cabellos castaños, hombros altos e incluso debía mirarle hacia arriba. Los ojos ambarinos de este dejaban en evidencia que su humor no era tan similar al de la menor. Parecían ser polos opuestos en forma de ser.
–¿Tanto nos parecemos? –Bufó cruzándose de brazos viendo a su hermano acercarse–. Lo es. Te presento a Zyan, mi hermano mayor. Zyan, él es Ronny, un amigo de mi clase.
–Es un placer, Ronny. ¿Zoe te ha molestado mucho? Tiende a ser muy parlanchina cuando entra en confianza –Se burló el mayor dejando en evidencia lo gruesa de su voz. Si, definitivamente se trataba del polo opuesto de Zoe.
–Descuida. Ha sido muy amable, la verdad. –Y Ronny no mentía al respecto.
–Es bueno saber eso. Zoe, debemos irnos. Zam nos espera para cenar –Zyan se despidió de Ron y volvió al auto.
La morena realizó la misma acción, no sin antes recordarle a su nuevo amigo que al día siguiente volverían a sentarse juntos. El menor se despidió con la mano para luego observar como el auto desaparecía en aquella avenida. Miró su reloj: 5:10 PM. Faltaba poco para que su padre llegara… o nada. El sonido de la bocina le indicó que estaba allí y fue entonces cuando corrió a subir en el auto. Ambos tomaron rumbo a casa. Había sido un buen día.
***
–Es una pena que el nuevo tenga que cruzarse exactamente con la chica que yo quiero. –El suspiro saturado de nicotina del sujeto que reposaba en la pared del instituto se hizo audible–. Puede que deba presentarme y dejarle en claro cómo funcionan las cosas aquí.
–¿Querrás que te ayudemos con esto, Hans? –Preguntó su compañero sonriendo con malicia.
–No… puedo encargarme solo de este asuntillo.