Logre acertar un codazo en el estómago del hombre, cuando aflojo su agarre salí corriendo, pero fue poco lo que me aleje cuando otro se me tiro encima y puso la tela húmeda en mi boca, estaba tan agitada que no tuve otra opción más que respirar, al hacerlo poco a poco mi cuerpo se dio por vencido, las voces de los hombres se oían distorsionadas. Mis ojos se sentían pesados.
Estaba en problemas.
[...]
No sabía dónde estaba, era vagamente consciente del dolor y de querer moverme, pero mi cuerpo no respondía como quería, me sentía pesada y lenta.
Note un murmullo, no entendía lo que decía hasta poco después, cuando mi mente se despejo.
—Leah, Leah despierta.
—¿Papá?
—Gracias a Dios —dio un suspiro de alivio— ¿Estás bien?
Abrí los ojos, pero no veía mucho, estábamos a oscuras y todo lo que alcanzaba a notar eran sombras.
—Sí, eso creo ¿tú estás bien?
El corazón me palpitaba rápido, esto era una pesadilla.
—Si.
Su voz fue lastimera y lo entendía, no hacía falta mucha creatividad para saber qué era lo que pasaba, nos habían secuestrado.
Traté de ponerme de pie, pero no pude y solo logré incrustar pequeñas piedras en mi piel. Por lo que alcanzaba anotar la habitación estaba vacía y el piso era de tierra. Tenía las manos amarradas con lo que parecía alambre, este me sujetaba al suelo con una argolla clavada al suelo. Papá estaba a unos dos metros de mí.
“¿Cómo saldremos de aquí?”
Trate de mover la argolla, pero fue imposible.
Contuve la respiración en cuanto el sonido de pasos acercándose hizo eco.
Cerré los ojos con fuerza cuando la puerta se abrió dejando pasar la luz, blanca y artificial, eran dos hombres, uno era grande y robusto mientras que el otro parecía mas atlético y fuerte, ambos con la cara cubierta.
—Miren que tenemos aquí…–su voz tenía un tinte de gracia que me perturbó.
Me senté como pude.
—¿Qué quieren?
Uno de ellos dejo escapar una risita divertida.
—Que valiente —se burló el más gordo de ellos, inclinándose para quedar cerca de mi rostro, pero no retrocedí, ese tipo no era más que una basura—. No seas estúpida niña —amenazó.
—Solo eres un bueno para nada que... —alzo su mano y me dio una fuerte bofetada, tan fuerte que me hizo acostarme de nuevo.
—¡Leah! ¡Déjala en paz malnacido! —gritó mi padre del otro lado de la habitación.
—Cuida tu boquita o no saldrás de aquí.
—Eso lo veremos —contesté escupiendo un poco de sangre.
Se enfureció, parecía que iba a golpearme de nuevo, pero el otro hombre lo detuvo—. Detente —dijo tranquilamente mientras lo tomaba por el brazo.
—Tienes suerte —se largó dejando a su cómplice en la habitación.
No veía su rostro, pero sentía sus ojos viéndome desde arriba. Termino yéndose, cerrando la puerta y sumergiendo el cuarto en la oscuridad de nuevo.
—¡Hija por Dios! ¿en qué rayos pensabas?
No contesté, pero no había podido evitarlo, jamás me mostraba vulnerable ante nadie y no iba a dejarme asustar por hombres como esos.
Trate de llevar mis manos a mi boca, me había pegado tan duro que un hilo de sangre corría por mi barbilla.
Mire por todos lados, pero no había nada en ese lugar que pudiera ser de ayuda.
Habían pasado una o dos horas desde que aquellos hombres habían entrado al cuarto. Y a juzgar por el sueño y hambre que sentía debía estar por amanecer. Luche contra el deseo de quedarme dormida cuanto pude, pero el sueño gano la batalla en algún momento.
[...]
Un ruido molesto provenía de afuera del cuarto.
"¿Música?"
Y no era de la agradable.
Tenía hambre y sin una ventana no podía saber que tan tarde o temprano era.
—¿Papá? ¿Papá estas despierto?
Esperé, pero no hubo respuesta, no insistí más, prefería que descansará.
Unos pasos me hicieron ponerme alerta, poco después se detuvieron y la puerta se abrió, la luz filtrándose era del sol y no de un molesto foco incandescente, así que ya era de día.
El mismo hombre corpulento que me había golpeado, usando de nuevo un pasamontaña, estaba parado en el marco de la puerta con una bandeja de comida en las manos.
—Hola preciosa —se agacho.
—¡Púdrete!
En cuanto puso el plato cerca de mí en el suelo, lo patee para que el contenido se vertiera encima de su cara antes de que se parara, al parecer era sopa calienta.
—¡Maldita! ¡Hija de perra! —se aproximó y me tomo del pelo tan fuerte que creí me lo arrancaría. Di un gemido de dolor y luego sentí su asqueroso aliento rosar mi cara—. ¡Ahora sabrás maldita perra!
Me soltó de la argolla dejando mis manos libres.
“Primer error imbécil”.
En cuanto estuve de pie con las manos libres llevé mi brazo hacia enfrente tan fuerte y rápido como pude, dándole un codazo en la quijada, pero no me soltó del pelo y me hizo caer al suelo, donde se subió encima de mí.
Mi papá en algún momento despertó, gritando que me dejara mientras trataba de zafarse, pero era en vano.
Comencé a arañarlo como loca por todos lados, moviendo mis manos frenéticas para que no pudiera agarrarlos. Quería arrancarle los asquerosos ojos.
—¡Muérete! —grité.
Finalmente logro tomarme de las muñecas, se puso de pie y me arrastro fuera del cuarto, provocando que la tierra y pequeñas piedras se incrustaran en mi piel, rasgando y creando cortes en mis piernas descubiertas. Grité tan fuerte como me era posible, no por miedo, sino para que quizás alguien me oyera y supiera que estaba ahí.
Mientras era arrastrada note que nos encontrábamos en una casa a medio construir y probablemente abandonada.
—¡Ya cállate! ¡Maldición! —me lanzo dentro de otra habitación.
Mi cabeza dio contra el muro y el mundo comenzó a desvanecerse.
[...]
Mis ojos se abrieron lentamente, estaba mareada y sentía que la cabeza estaba a punto de explotarme. Y Dios, tenía hambre.
No tarde en saber que estaba amordazada.
Me quede quieta, no escuchaba nada. Esta vez la habitación si tenía una ventana, aunque se encontraba sellada con tablas que no me vi siendo capaz de quitar, tampoco había filtración de luz, solo oscuridad. No tenía ni la menor idea, pero quizá ya era de noche.
Trate de movilizar los dedos de mis manos, las sentía tan entumecidas que era como maniobrar algodón.
Respire nerviosa, mis manos estaban atadas frente a mí, pero no podía saber su estado en la penumbra.
Deje de lado mis manos sabiendo que no tenía sentido, estaba cansada y en mi cadera contra el suelo algo se estaba encajando. Algo grande y con esquinas que realmente me estaba fastidiando.
Una pequeña chispa iluminó el fondo de mis pensamientos.
“Ese es mi…”
Unos pasos se oyeron fuera de la habitación, la puerta se abrió de golpe. Pareció, por un momento, que iba a desprenderse del marco. Por lo poco que vi parecía que afuera no estaba más claro que dentro de la habitación. Eso quería decir que sí había anochecido.
"Un día aquí".
Centre mi atención en quien estaba en el marco, el cuerpo gordo se veía tambaleante.
Estaba ebrio.
Camino torpemente hasta mí, apenas se acercó trate de sentarme y ponerme en una posición menos vulnerable.
Se inclinó para tomar mi rostro y acercarlo al suyo. Note entonces que por primera vez me mostraba su rostro con barba, de piel morena y varios lunares repartidos por sus mejillas.
"Si salgo de esta, juro que voy a hacerte pagar".
—Ahora sí que te arrepentirás de lo que hiciste —su voz estaba llena de amenaza y su aliento me repugnaba, apestaba a alcohol.
—¡Fetealdiaflo! —grite a pesar de la tela en mi boca.
Su mano se dirigió a mi rostro, esta vez el golpe llegó a puño cerrado, empujándome al suelo, se irguió para patearme un par de veces mientras me insultaba. En algún punto logro dar de lleno en mi estómago, sacándome el aire mientras yo apenas y podía quejarme.
Estaba al borde de perder la consciencia.
—¿Qué demonios haces? —alguien irrumpió con prisa en la habitación—¡Vas a matarla!
—¡Quítate de mi camino bueno para nada! —aun ebrio el hombre era mucho más fuerte que ese chico, así que solo lo empujo— ¡Vuelve a entrometerte y el de ahí serás tú! —escupió para luego irse dando un portazo.
Me sentía tan mal, que ya no podía distinguir que parte de mi dolía y cual no.
—¡Oye! ¿Oye? — el chico si tenía su cara cubierta, pero por ahora no me importaba.
Me tomo entre sus brazos y trato de despertarme, pero yo no estaba inconsciente solo me había quedado en blanco queriendo dejar de sentir el dolor.
En algún punto dejo de tratar y me dejo recostada contra la pared.
Respirar dolía.
Y siguió doliendo por un bueno rato más.
Mi cuerpo estaba adolorido y mi cara palpitaba del lado derecho, seguramente inflamada por el golpe. La garganta la sentía pegajosa y la boca seca alrededor de aquel asqueroso trapo. Estaba tan débil que si quiera pensar en hacer un esfuerzo me fatigaba.
El tiempo paso o eso creía, porque no había nada más que oscuridad a cada momento hasta que por fin de una fina línea entre las tablas que cubrían las ventanas, se filtro un débil haz de luz, amanecía.
Pero eso no evito que el frio siguiera calando en mis huesos, solo llevaba un vestido corto y había perdido los zapatos en algún momento. Sabía del asqueroso olor a moho, aunque ya me había acostumbrado tanto que no lo notaba. Mi estómago había dejado de protestar por comida, ahora solo era un horrible sentimiento de asco que se alojaba en la boca de mi estómago. El débil haz de luz nívea adquirió fuerza y color, cerré los ojos, ya no podía mantenerlos mas tiempo abiertos. Cuando considere quedarme dormida la puerta se abrió, pero ni me moleste en abrir los ojos.
—Ten come —esa voz, lo reconocí como el chico que había sido ligeramente más amable, pero eso no hizo que le hiciera caso—. Mira será mejor que lo hagas, no queremos lastimarte.
Me reí amargamente pagando el precio de sentir mis costillas lastimadas. Abrí los ojos, el muchacho no era estúpido, su rostro no me lo había mostrado en lo absoluto, aún lo mantenía oculto de mí.
Me quito la mordaza y acerco el plato.
—Claro que lo quieren —tosí un poco y solté un quejido—. Si no, no me tuvieran a mí y a mi padre aquí —mi voz se escuchaba ronca y agrietada.
—Yo no quiero lastimarte —corrigió.
Acerco un vaso a mi boca y me dio agua. Dejo el plato y se fue en silencio. Mis manos estaban atadas, pero yo no estaba sujeta a nada, era capaz de tomar el plato, pero no comí nada, no había manera de saber si la comida no estaba adulterada, aunque el agua podría haberlo estado.
Recline la cabeza hacia atrás.
“¿Por qué hacen esto? ¡Dios! Todo por un poco de dinero”.
Lágrimas furiosas comenzaron a inundar mis ojos para después mojarme las mejillas. Algo se me debía ocurrir, era hora de escapar o al menos intentarlo ahora que podía pararme y correr.
Pensé por un largo tiempo, pero no había nada, lo único que podía hacer era estar lista para huir la siguiente vez que abrieran la puerta o eso quise, pero el cansancio me llevo lejos, el pequeño haz de luz dejo de hacerme compañía y caí dormida.
Sin saber cuanto tiempo había pasado, desperté alterada, el sudor no tardo en mojar mi nuca al no saber que había pasado. Pero me tranquilice al verme sola en la habitación, el plato de comida seguía ahí, así que eso solo significaba que nadie se había molestado en venir por el. Vi a la ventana y supe que debí dormir por horas ya que la luz estaba de regreso, aunque seguramente el sol aun no salia en realidad porque la luz era apenas un brillo al otro lado.
Mirando hacia el techo movilice mis piernas de la terrible posición en la que me había quedado, dejando que la sensibilidad regresara a mis entumecidos pies. Poco a poco mi piel regreso a la vida y note de nuevo la pequeña molestia en la cadera.
Esta vez estaba segura.
En uno de los bolsillos ocultos en la falda acampando de mi vestido estaba lo que iba a sacarme de aquí.
“Mi celular”.
Había olvidado la idea con la golpiza que me habían dado.
Amarrada me dispuse a maniobrar para sacarme el celular cuando unos pasos me alertaron, volví a acostarme en el sucio suelo, pero no sin hacer una terrible mueca de dolor.
La puerta se abrió y yo solo quería que dejara de hacerlo, por que nunca eran buenas noticias. Esta vez no fue la diferencia, tres hombres estaban en el umbral, uno de ellos era arrastrado por los otros dos. Horrorizada vi a mi padre ser dejado caer inconsciente.
Quise llorar al verlo. Pero me calle.
De la boca de mi papá apenas y salió un sonido ahogado, lleno de dolor.
—¿Papá? —me arrastre a su lado suprimiendo el llanto—Oh Dios, papá responde.
El alivio me consoló por un momento al verlo removerse. Sin embargo, estaba segura de que había un motivo detrás de él siendo arrastrado en el estado en que se encontraba, un motivo que no iba a agradarme para nada.