—Voy a hacer más que intentar —dijo con la premisa de un juego sucio.
Por un momento un brillo perverso cruzo por el azul en su iris, tan rápido como lo vi desapareció, pero no pude ignorar la sensación que provoco en mi estómago.
—No voy a detenerte —mi voz no tenía ni un solo rastro de humor—, poco me importa lo que quieras hacer.
—Debería —se acercó invadiendo por fin mi espacio personal, hasta que nuestras bocas estuvieron tan cerca que pude sentir el calor de su aliento rozar mis labios—. Y mucho.
—Claro —me burle poniendo distancia antes de que el color en mis mejillas me delatara—. Entonces tenemos un trato.
Abroche el cinturón, estaba lista para irnos, pero ese era mi plan, no el de él.
Una de sus manos rodeo mi cuello y me empujo contra el respaldo, sus labios chocaron con los míos tan rápido que apenas pude reaccionar. Su mano apretó un poco más manteniéndome justo en mi lugar, mientras peleaba contra él para tener el control sobre el beso desesperado que estaba dejándome sin aire. Me acerco aún más aferrándome con firmeza, pidiéndome permiso con su lengua para entrar en mi boca, no me opuse, estaba demasiado sorprendida que tan solo abrí lentamente la boca, para que se deslizara a mi interior acariciándome como quería. El aroma de su jabón se coló en mis fosas nasales. El ritmo de su lengua me atrapo al tiempo que podía sentir sus manos dejando un hormigueo en el cuello. Había perdido.
El beso terminó dejando solo el sonido de nuestra respiración.
Abrí los ojos en el momento en que Rainer volvió a su asiento acomodándose como si nada hubiera ocurrido. Yo estaba sin palabras y sin entender por qué demonios me sentía tan mareada.
—Dime la dirección.
Se veía satisfecho.
Sin duda el muy maldito lo estaba.
[...]
El viaje duro más de lo que esperaba, aunque quizá había sido el incómodo silencio lo que lo había hecho parecer una larga tortura. Al menos en ese tiempo había conseguido cargar mi celular a medias.
Llegamos a la boutique ubicada en el centro de Arglenton, era una pequeña, pero dedicada exclusivamente a diseños serios y elegantes que podían llegar a costar una fortuna.
Dos dependientas me recibieron con amabilidad, me esperaban con el vestido en una percha dentro de su cubierta.
Abrí el zíper de la bolsa de tela negra para asegurarme de que fuera el indicado. Estaba encantada con la pieza azul marino, combinada con encaje fino y pedrería sofisticada, hasta que lo tome en mis manos para apreciarlo mejor y repare en el tamaño de la cintura.
Cerré los ojos decepcionada y sabiendo que esto iba a ser un problema.
—Esta no es la talla correcta —ambas mujeres intercambiaron una mirada.
—La talla del vestido fue ajustada a las medidas tomadas el primer día.
—Entiendo, pero aquí podría caber mi hermana y yo juntas —estire el vestido para que vieran de que hablaba.
La modista no iba a poder arreglar esto en una tarde, era demasiado complicado modificar un vestido con pedrería drásticamente sin que perdiera su patrón.
—Tiene que haber algo que puedan hacer.
Una de ellas tomo el teléfono y marco. Lo hizo múltiples veces, cada vez más nerviosa, intentando encontrar algún lugar en el que tuvieran otro ejemplar de una talla adecuada.
Cuando por fin dejaron de atender y hacer llamadas, no parecían querer darme la noticia.
—Tienen otro ejemplar, está en la ciudad vecina —eso no estaba mal —, pero pueden traerlo hasta pasado mañana.
Apreté mis labios juntos. Mi suerte el día de hoy estaba empeñada en hacerme pagar algún pecado de mi vida pasada.
—Que lo tengan listo, iré yo misma por el.
Me dieron los zapatos, salí de ahí con un humor horrible y la dirección de una boutique a dos horas de distancia.
Me acerque a Rainer, quien esperaba en la entrada.
—Puedes irte, estaré bien desde aquí.
—Yo te llevo.
—No es necesario, llamare un Uber desde aquí.
—Insisto.
Tomo la bolsa con la caja de zapatos de mis manos y abrió la puerta del copiloto para mí.
Exhale en un intento de relajarme, no tenía caso pelear por esto, no estaba de ánimos.
—Bien
[...]
Caímos en un tráfico terrible, parecía que en lugar de encontrarnos en medio de la calle principal estuviéramos en un parqueo público. Comenzaba a pensar que sería más rápido si solo me bajaba del auto y me iba caminando. A este paso jamás llegaría para que la modista hiciera las modificaciones finales y el vestido le quedara como un guante a Bianca.
Me desplomé en el sillón y puse mi brazo sobre mis ojos. De todos los días, hoy era el menos indicado para que yo tuviera que aguantar un berrinche de mi hermana.
—Esto va a ser un desastre —susurre.
Vi el celular en mi mano, pensando en llamarla y darle las malas noticias, pero por tonto que sonará, sabía que esto era importante para ella y no quería que su día se arruinará. Hice un puchero, Bianca no merecía que me importara tanto.
—No seas pesimista, nadie morirá por un vestido.
Molesta, retire mi brazo y gire mi rostro.
El veía impasible al frente.
—Tal vez para ti parezca una estupidez, claro que nadie morirá por un vestido, pero esto es importante para mi hermana. Lo creas o no, esto no se trata de un capricho —dije gesticulando con las manos.
Terminé cruzándome de brazos y viendo por la ventana, la gente asumía muchas cosas de Bianca y de mí. Yo también era culpable de eso, pero mi hermana tenía sus razones y no permitiría que nadie la tomara a la ligera en mi presencia.
—En ese caso, me disculpo.
Sorprendida lo vi a los ojos, azules y curiosamente sinceros.
—¿En serio? —susurre aun sin creerlo.
Su mano izquierda soltó el volante y recogió un mechón cobrizo que caía sobre mí rostro. Ni siquiera intente apartarme, solo observe la acción y disfrute de sus dedos acariciando casualmente mi mejilla mientras acomodaba mi cabello a un lado.
—Muy en serio.
Su mano regreso al volante y de pronto no pude verlo más a los ojos, así que vi hacia la carretera, haciéndome sentir muy incómoda, esto no estaba bien, tenía que detener la emoción que comenzaba a apretarme el pecho.
—Avanzan —por fin.
—¿Qué?
Señale al frente con una gran sonrisa.
—¡Avanzan!
Vio al frente y condujo.
No hablamos en todo el camino.
Por primera vez en mucho tiempo, estaba dudando de cómo debía actuar alrededor de una persona. No era usual que yo tuviera dudas respecto a lo que una persona quería, pero con Rainer, justo ahora, no tenía una maldita idea de lo que estaba tramando al mostrarse amable y considerado.
Y eso estaba tocando mis nervios.
Al llegar a casa subí al cuarto de mi hermana, sabiendo que probablemente estaban esperándome.
—Aquí está el vestido —anuncie al entrar.
Bianca sonreía al lado de la modista, entre para colgar la ropa en el perchero, recibir un efusivo agradecimiento y salí de ahí expulsando el aire con fuerza. Había esquivado un problema. Ahora podía ir a mi habitación y dormir el resto del día.
—Te dije que nadie moriría.
Rainer estaba esperándome fuera de la habitación.
—¿No pasaras a ver a Bianca? Venías por ella después de todo.
—La veré mañana, por ahora tengo que irme.
Lo detuve antes de que se fuera, se lo debía, después de todo no había tenido por qué ir tan lejos para ayudar.
—Gracias.
No eran las disculpas que él quería escuchar, pero me parecía haberlo escuchado decir que también le debía mostrar mis buenos modales.
Con eso el trato estaba cerrado.
Sonrió con arrogancia.
—Nos vemos en la fiesta.
Se fue después de decirme que esperaba no tener que verme con mis horribles ojeras mal disimuladas mañana.
Negué con diversión, quizá ser amable no era una cualidad en él.
—Tú estás en problemas.
Como si hubiera sido atrapada cometiendo un crimen, gire rápido y avergonzada.
Stephano estaba al final del pasillo, justo frente al baño de invitados, acercándose con pasos decididos y mirada acusadora.
—No sé de qué hablas.
—Te vi.
Fruncí el ceño, esas dos diminutas palabras no podían ser una acusación.
—¿Y qué con eso?
—Es el mismo hombre de ayer —me cruce de brazos, no importaba—. Y es el mismo hombre del que tu hermana me estuvo hablando todo el día, mientras lo acosábamos en i********:.
Borre el gesto de mi cara, sintiendo un feo vacío en el estómago.
[...]
El gran día había llegado.
—Buenos días —dije fuerte y alegre al entrar de golpe en la habitación de Bianca.
Ella se sentó como si tuviera un resorte en la espalda. Su sonrisa era amplia, casi podía decir que estaba despierta desde muy temprano.
La abrace con fuerza.
—Feliz cumpleaños.
—Gracias.
Devolvió el apretón, me tomo de las manos y me hizo sentarme con ella. Me preocupe de inmediato al notar seriedad en lo que estaba haciendo, no era una forma habitual para ella, sobre todo no el día de su cumpleaños.
—¿Sucede algo?
Bianca sonrió.
—Quita esa cara —carcajeo—, no ha pasado nada—rasco su nuca con incomodidad—. Quiero que sepas que será la última "gran fiesta de cumpleaños" que haga.
—¿Qué?
—Sabes que cumplo veinticinco ¿cierto?
—Sí.
—Ya es hora.
—Nunca creí decir esto—estaba sorprendida, pero no evito que deseara bromear al respecto, era un gran paso para ella—, has madurado.
Me vio sin tragarse mis palabras.
—Hay algo más que quiero que sepas.
—Lo sabía, ahora si vas a decirme que estas embarazada.
—¿Qué? ¡¿Por qué siempre piensas eso?!
—Seamos honestas, contigo las probabilidades son altas.
—Soy liberal, no estúpida.
Reí.
—De acuerdo entonces ¿Qué es?
—Quiero empezar mi propio negocio.
Mis labios se separaron de impresión.
"Por eso dijo que jamás estaría lista para tomar un puesto importante en la empresa familiar".
—¿Papá sabe esto? —negó —. ¿Cuánto tiempo llevas pensándolo?
—Desde el año pasado —mordió sus labios—, no había querido decir nada porque se cómo se escucha viniendo de mí.
—Como una locura.
—No es una locura —se apresuró a decir—, quiero hacerlo y demostrarme a mí misma que todos estos años en la universidad han valido la pena—sus manos agarraban el edredón en un puño—. Que yo valgo la pena.
Mi corazón se apretó y dolió.
Ella valía la pena, Bianca valía cada maldito sacrificio que se pudiera hacer sobre la faz de la tierra. Solo esperaba que algún día olvidara lo que había sucedido en su infancia y se diera cuenta de eso.
—Voy a apoyarte —sonrió—, después de todo, siempre supe que DS Holding sería mía.
—Seré tu competencia, así que no cantes victoria aún.
—Cuando papá sepa tus planes de independencia hablaremos de esto, no antes.
Me burle, sabiendo que eso podría ser un problema, pero no hoy.
La deslumbrante mañana le dio paso a una bella tarde, los estilistas llegaron y mi hermana fue peinada y maquillada, nuestros padres se adelantaron a la recepción de invitados y media hora después nos subimos al auto llegando al hotel en medio de risas. Juntas caminamos al salón donde sería la fiesta. Mi hermana entraría por una de las puertas principales, los invitados y nuestros padres ya estaban adentro.
—¿Esperamos algo?
Pregunté viendo que no entraba.
No contesto, pues paso a mi lado ignorándome completamente.
Me gire y al verlo caminar hacia nosotras dude en poco en como sentirme. Llevaba un traje n***o, chaleco y camisa a juego, sin corbata, con los primeros botones sin abrochar. No podía negar lo evidente, Rainer carecía de muchas cosas, pero no de atractivo visual.
Lo vi saludar a mi hermana con un beso en la mejilla, ella estaba encantada y tan pronto lo saludo se aferró a su brazo.
—Entrará conmigo.
Asentí, tras lo cual ambos me dieron la espalda e ingresaron juntos, las felicitaciones llegaron de todos lados y yo solo podía ver como mi hermana mantenía sus manos alrededor de Rainer todo el tiempo, ella parecía satisfecha.
En algún punto de la noche Stephano fue raptado por Ariel a algún rincón oscuro, porque claro que mi amigo había invitado al encantador desconocido a la fiesta. Y Anisa había desaparecido de mi vista, así que estaba sola al lado de la mesa de los regalos, con una copa en mi mano y sin mucho deseo de socializar.
—¿Podemos hablar?
Rainer estaba a mi derecha, no lo había notado llegar.
—Bianca está en el baño— me limité a decir.
—No es de ella de lo que quiero hablar.
—¿Ah no? En ese caso no tienes nada que hablar conmigo.
Di media vuelta para alejarme, pero tomo mi brazo y me hizo quedarme en mi lugar.
—¿Recuerdas nuestro trato? Creo que quiero mi parte ahora.
Fruncí el ceño.
—¿De que estas hablando? El beso y agradecerte eran las condiciones.
—Dijiste que tú me darías ese beso, hasta donde yo recuerdo fui yo quien te beso, no al revés.
—¡Eres un imbécil! —reí sin poder creérmelo.
Después de haber estado toda la velada con mi hermana, lleno de sonrisas y coqueteo, tenía que tener poca vergüenza para decirme esto.
—Estoy siendo honesto.
—¿Así? En ese caso yo también lo seré: Vete al diablo.
Me zafé de su agarre y sacudiendo sus palabras de encima fui hasta la mesa de mis padres.
Por la periferia note que Rainer venia hacia mí, pero Bianca lo detuvo diciéndole algo, acepto sin verse muy convencido y unos momentos después se pusieron a bailar.
Me reí para mis adentros, cuando mi hermana quería algo, lo conseguía.
—¿Señor? –dijo un muchacho vestido de traje n***o y blanco, era del servicio.
—¿Si? —contestó mi padre extrañado.
Curiosa preste atención a su intercambio de palabras.
—Su abogado está aquí, pregunta si puede acompañarlo al sexto piso—mi padre se negó—, dice que es importante hablar con usted.
Me pareció raro, aun así, me ofrecí a acompañarlo con tal de desaparecer del salón por unos minutos.
—¿Crees que es algo muy malo? —pregunte viendo los números poniéndose en amarillo uno a uno conforme subíamos en el ascensor.
—No lo sé —dijo pensativo—, es probable o Gulliver no hubiera venido hasta aquí.
Asentí y salimos cuando las puertas se abrieron tras el típico campaneo, el lugar estaba a oscuras, no se podía ver nada.
"Esto no me gusta".
Estuve a punto de decirle a papá que era mejor regresar cuando de pronto una mano cubrió mi rostro.
Con la sorpresa intentando convertirse en pánico intente gritar y zafarme, sabía bien lo que estaba pasando, así que me negué a respirar, mire por un segundo a mi lado. Mi padre estaba inmóvil en el suelo. Lágrimas inundaron mis ojos, poco a poco me quedaba sin aire, pronto no me quedaría de otra más que respirar en esa asquerosa tela sobre mi nariz y boca. Acabaría como papá.