—Papá —dije aun con trozos de galleta en la boca que intentaba tragar.
Mi atención paso a su acompañante, un hombre alto de piel blanca y cabellos rubios, ambos enfundados en trajes negros a la medida, mientras que yo parecía una pequeña y desprolija cosa a su lado, casi como si me hubieran escupido de alguna dimensión desconocida. Cuando mi padre reparo en mi aspecto pareció querer reír, sabía que estaba pasando una vergüenza y él no haría nada más que burlarse.
"El padre del año".
—Hija, te presento a Rainer Thyssen, director de la distribuidora alemana, Thyssen AG. Rainer, ella es Leah, la menor de mis hijas.
Apurada metí la galleta entre las hojas de mi libro, sacudí las migajas en mis dedos y le ofrecí la mano. Casi me había dolido cerrar las pastas y saber que sus hojas estaban llenándose de mantequilla y restos de chocolate.
—Es un gusto —él tomo mi mano y le dio un suave apretón.
Debía admitir que era más alto de lo que se veía en las fotos de su perfil de i********:, me ponía nerviosa que me sacara poco más de una cabeza y yo no era precisamente pequeña, orgullosamente media uno setenta. Deje de prestarle atención a su mano, enfocándome en su rostro de facciones marcadas, había algo en él que me resultaba vagamente conocido.
—Igualmente —contesté.
Por un instante lo vi a los ojos, la familiaridad en los mismos me golpeó por sorpresa, era él, el rubio que le había dado un puñetazo a Ryan esa noche.
¿Cómo demonios no me había dado cuenta de eso antes? No es como si hubiera estado repitiendo en mi cabeza la tragedia, pero el hombre no era alguien que pudiera pasar desapercibido. En verdad había puesto mucho empeño en dejar todo ese asunto bajo toneladas de excusas y negación, tantas como se fuera posible, y al parecer había logrado mi objetivo, pero justo ahora esa misma determinación me estaba apuñalando por la espalda.
Trague con dificultad al notar que él parecía examinar mi rostro con curiosidad.
El tono de llamada de celular interrumpió el incómodo momento. Papá se separó de nosotros para poder contestar, dejándome atrás y sintiéndome como pez fuera del agua bajo los intensos ojos azules del hombre frente a mí, lo último que necesitaba era que mencionara algo sobre esa noche. Incómoda carraspee en respuesta a ser observada con tanto detalle, de haber sido otra mi situación me habría hecho sonrojar, pero ese no era el caso.
Al fondo solo escuchaba a mi padre discutiendo con quien fuera que estuviera al otro lado del teléfono, eso sonaba como problemas para él y para mí.
"Si llega a dejarme a solas con él..."
Rainer no entendió mi incomodidad o simplemente la paso por alto porque él continuaba examinándome con atención y en silencio sin parecer llegar a una resolución. Estaba a muy poco de decirle que era una falta de respeto ver fijamente a alguien por tanto tiempo, aunque también pensé en la posibilidad de que estaba distraído por otra cosa. Empecé a preocuparme por tener algo en la cara.
—¿Te conozco? —abrí los ojos con sorpresa.
"No puede ser".
—No lo creo.
Mentí enseguida, con miedo de que cualquier titubeo de mi parte lo llevará a la verdad. Quizá a este punto era tonto fingir demencia, pero yo había luchado conmigo misma para olvidarlo y mantener lo sucedido fuera de los oídos de mi familia. En su momento me dije a mi misma que podía manejarlo por mi cuenta y así lo había hecho, no sabían mucho más sobre Ryan, a parte de su estúpida proposición de matrimonio, ellos creían que esa era la única y exclusiva razón por la que terminamos la relación. Una diferencia de intenciones, eso les pareció razonable y no haría nada al respecto para que cambiaran de opinión, yo así lo prefería.
No podía permitir que un extraño abriera de pronto esa caja de Pandora que con tanto esfuerzo había mantenido en un rincón, lejos de cualquier curioso que quisiera meter sus narices en asunto ajenos.
—¿Segura? —no estaba para nada convencido y claro que no lo estaba, era una descarada mentira.
—Jamás te he visto —sonreí—, lo recordaría —dije segura de mi misma y con un tono ligeramente coqueto. Hombres como él se distraían fácil cuando las mujeres, en las que no tenían interés, se comportaban tontamente.
Abrió su boca para decirme algo, pero papá llego a nuestro lado, tenía cara de pocos amigos.
—Lamento esto, pero debo regresar a la oficina por un contratiempo —dijo dirigiéndose a Rainer—. Pero muchacho ¿por qué no te quedas a cenar?
—No quisiera incomodar.
"Si, bueno, para eso ya es muy tarde".
—Tonterías, mi familia y yo estaríamos más que complacidos de darte una bienvenida como se debe.
—Si insiste —cedió más rápido de lo que esperaba y eso de alguna manera me dejó un mal sabor de boca.
—Leah —desvié mi mirada de él y se la dirigí a mi padre con una interrogante—, ¿podrías acompañarlo mientras regreso?
"¡¿Qué?! No".
—Por supuesto —había tenido que morderme la lengua y sonreír.
—Excelente, me retiro entonces —me dio un beso en la frente y un apretón de manos a Rainer al tiempo que se disculpaba de nuevo.
Salió de prisa por la puerta y nos dejó solos.
—¿Gustas algo de beber?
—No es necesario, gracias —me sentía tensa con cada palabra que salía de su boca, solo me limité a asentir con la cabeza. Odiaba la sensación.
—De acuerdo, entonces...—me interrumpí a mí misma—. ¿Te gustaría conocer el jardín? —apreté mi libro fuertemente contra mi pecho, tanto que sentí las esquinas encajarse en mi piel y la galleta crujir en su interior.
Sentí culpa.
"Mi pobre libro".
Suspiré.
Tenía que encontrar una excusa para dejarlo por ahí, si tenía suerte a esta hora mi hermana debía de estar por llegar, ella normalmente entraba por el jardín y estaría más que fascinada si le dejaba a nuestro querido, director de Thyssen AG, en bandeja de plata.
—Me encantaría.
Me rasque nerviosamente detrás del cuello y camine hasta el jardín.
—¿Lees? —pregunto casual.
—Sí —me detuve a mí misma de decirle que era una pregunta estúpida dado que tenía un maldito libro en las manos—, bastante.
—¿Puedo? —y antes de que pudiera contestar me arrebato el libro que llevaba conmigo.
Apreté los dientes. Eso se había sentido casi como si me lo arrancará de la piel, sobre todo por que ocultaba una jodida galleta dentro y no quería que la viera e hiciera preguntas al respecto.
—Claro —conteste entre dientes al momento en que Rainer ya hojeaba el inicio, donde un mapa en tinta negra se desplegaba entre dos páginas.
Me sonroje en verdad cuando saco incrédulo un trozo de galleta con chispas de chocolate del interior, sonreí nerviosa y mire incómoda a otro lado esperando que no hiciera comentarios al respecto. Quizá mi postre entre las páginas era lo de menos, cuando supiera la trama del libro podían pasar dos cosas: iba a juzgar mis gustos o, iba a juzgar mis gustos.
Solo esperaba que la página a la que estaba echándole un vistazo en ese momento no tuviera una escena picante, porque de ser así, en verdad iba a meter mi cabeza en un hoyo en la tierra donde estaban los rosales. Eso podía jurarlo.
—Vampiros ¿eh? —me encogí de hombros, aparentando restarle importancia.
Casi podía ver venir la forma en que se burlaría de mí, sabía que muchos consideraban las novelas juveniles como literatura basura. Yo no estaba de acuerdo con eso. Yo no leía por un afán hacia la prosa complicada, simplemente me gustaba entretenerme y pasar un buen rato conmigo misma mientras me emocionaba por las aventuras de alguien más, guerras y amores que terminaban siendo míos.
—Es interesante y ...
Una voz familiar me interrumpió.
—Leah, ¿qué haces en el jardín?
Aliviada me gire para ver como Bianca venia hacia nosotros.
"¿Te mataría ser sutil por una vez en la vida?"
Ella venía marcando el paso sobre sus tacones y contoneando sus caderas, era casi doloroso. Una vez a mi lado sonrió ampliamente sin quitar la mirada de su nuevo juguete.
—¿Y quién es nuestro invitado? —pregunto sin quitarle los ojos de encima, casi me rio, ella sabía muy bien quién era.
—Rainer, te presento a mi hermana mayor, Bianca.
—Un placer —contesto con amabilidad.
—El placer es todo mío.
Se dieron la mano y a mi parecer Bianca retuvo el gesto por más tiempo del necesario. Ella en verdad estaba haciendo una declaración en ese momento y Rainer no tenía idea de lo que estaba pasando. Mi hermana podía ser un dolor en el trasero, casi me compadecía de su pobre alma.
Me abstuve de rascar mi cuello con incomodidad. Estaba convirtiéndose en un hábito gracias a papá y no me agradaba la idea de que alguien lo viera como un patrón para identificar como me sentía en ese momento.
—Bianca, regresaré a mi habitación. Por favor, se amable con nuestra visita, cenara con nosotros hoy.
Mientras lo decía mi hermana parecía casi poder saltar de la felicidad y yo solo quería negar con la cabeza y rodar los ojos. Él tipo no era para tanto y para mí era solo una bola de nieve amenazando con aplastar mis mentiras.
Una vez en mi habitación solté el aire ruidosamente. Sentía mi pequeño secreto respirándome en la nuca. Él había sido testigo de algo que solo Steph llego a conocer los detalles en su momento, cuando estuve lista para contarlo. Me había tomado días enteros poder decir una palabra al respecto sin hervir en rabia y llorar como una niña a mitad de un berrinche.
Mordí mi labio inferior, luego de eso Ryan se había mantenido lejos de mí. Actualmente él ya no era un problema y lo menos que quería era que mi familia se enterara, no era necesario, solo provocaría un pequeño desastre.
[...]
Corregía las últimas partes de mi ensayo hasta que alguien toco a la puerta.
—Adelante —conteste al tiempo que cerraba mi laptop.
Marta apareció con una amable sonrisa que devolví agradecida, ya estaba harta de tener mis ojos sobre la pantalla.
—Señorita, la cena estará servida pronto.
—Gracias Marta, bajaré enseguida.
Nuestra empleada doméstica era una mujer cerca de sus cuarenta, de piel morena, cabello n***o y unos ojos almendrados hermosos. Era la persona que se encargaba de muchas cosas en esta casa, pero yo la conocía desde muy pequeña y la veía, no como una empleada, sino como una tía que nos cocinaba deliciosas galletas y comidas espectaculares. Una mujer amable que nos regañaba de vez en cuando por saltarnos el desayuno.
Suspire, la quería demasiado y estaba casi tentada a pedirle que mintiera por mí, que bajara al comedor y les avisara a mis padres que no me sentía bien. Esa posibilidad se esfumó en cuanto se fue y cerró la puerta tras de sí.
Me puse de pie mirándome en el espejo, por modales había cambiado mi cómoda ropa por un vestido ligero y casual, desenrede mi cabello una última vez, acomode los lentes en el puente de mi nariz y coloque brillo sobre mis labios. Solo quería asegurarme de que todo estuviera en orden y presentable, aunque la verdad era que solo estaba retrasando lo inevitable.
Deje escapar el aire de mis pulmones para intentar calmar los nervios, estaba convencida de que no pasaría nada, pero la remota posibilidad de que surgiera el tema me tenía apretando las manos.
Diciéndome a mí misma que no debía hacer un alboroto por esto, baje al comedor con la esperanza de recibir una buena noticia: que el joven director había tenido que irse por algún motivo y no estaría acompañándonos para la cena. No dio resultado. En la mesa ya había cuatro personas cómodamente sentadas, una de ellas no pertenecía a mi familia.
Papá estaba a la cabeza de la mesa, luciendo severo con su cabello cobrizo peinado hacia atrás y una barba incipiente del mismo color; mi madre a su derecha lucia preciosa con su cabello rubio contenido en un moño, vestida elegante, pero informal; y mi hermana a la izquierda, sentada al lado de Rainer como un chicle, batiendo sus pestañas para él. La imagen bien podría ser el tema de un cuadro.
—Vaya, así que te cambiaste de ropa —comento Bianca con la única intención de fastidiarme un poco.
Me sonrojé de inmediato, mi papá y Rainer ocultaron sus risas detrás de sus manos y me senté al lado de mamá, sintiendo más calor del necesario.
—Gracias por notarlo —dije entre dientes.
Papá carraspeo y se tragó la carcajada que seguro quería salir de su pecho, estaba siendo amable por las visitas, pero en otro momento él también habría aprovechado para reírse un poco a costa mía, éramos familia después de todo.
—Marta, que nos sirvan por favor.
Como un robot, comí bocado tras bocado. La cena transcurrió tan normal como era posible, mi madre hablaba de trivialidades y regañaba a papá por querer hablar de trabajo todo el tiempo, Bianca hacía ojitos soñadores cada tanto y yo me dedique a ignorarlos a todos mientras fingía que la comida era el centro del universo.
La comida finalmente acabó y la conversación llegó a su fin, muriendo en un silencio cordial.
—La cena estuvo deliciosa, me gustaría quedarme un momento más, pero debo irme —dijo Rainer.
—Por supuesto —mamá sonrió y toco mi hombro llamando mi atención—. Leah, cariño, acompáñalo a la puerta.
Suspire y me levante.
—Será un gusto —no era una mentira, estaba feliz de que esto acabará.
Rainer se despidió de mi familia y me dejo llevarlo camino a la salida.
Abrí la puerta esperando una despedida y que se fuera, estaba ansiosa por verlo cruzar el umbral, pero eso no paso.
—Esa noche, eras tú.
Por un momento creí tener alucinaciones.
—¿Qué?
—La cena de beneficencia hace dos años, eras tú.
Trague con fuerza.
—Debes estar confundido yo...
—Tu novio...
—No es tu asunto.
Ya no tenía caso fingir. Lo mire con obstinación.
—¿Tus padres lo saben? —apreté mis manos en un puño, miré por sobre mi hombro, asegurándome que no hubiera nadie cerca que pudiera estar espiando la conversación.
—Escúchame bien —susurré—, lo que viste era mi problema, no el de mis padres y hace mucho tiempo lo solucioné ¿de acuerdo?
—Claro —me quede atónita cuando una sonrisa cínica se extendió en su rostro.
—¿Crees que es gracioso?
—Eres como una niña escondiendo un juguete roto.
—Eso no es cierto.
Él no borro la sonrisa.
—Feliz noche, Leah.
Vi su espalda alejarse con la necesidad de lanzarle algo a la cabeza. Yo no era ninguna niña.
El suave clic de la puerta cerrándose detono un sentimiento incómodo en mi estómago. Empuñe mis manos tratando de relajarme y respire hondo.
Regrese al comedor para desearle feliz noche a mis padres. En cuanto pise el interior de mi habitación agradecí estar sola, tome mi almohada y hundí mi rostro contra ella. No tenía ganas de nada más que agarrar a ese idiota y golpearlo. Me cambie, me cepille los dientes y me acosté.
"Él no le dirá nada a mi padre, no puede. No tiene motivos".
Con eso en mente gire sobre mi costado y me obligue a cerrar los ojos. No serviría de nada pensar en ello.
Si tan solo fuera así de fácil.
"Lidiare con él si llega a ser necesario".
Gire sobre mi otro costado, negociando conmigo misma.
"No será necesario".
Un par de giros más y me dormí sumida en la frustración, me hubiera gustado saber que pasaba por la cabeza de ese cretino. Aunque tenía claro que, si llegaba a ser un problema, yo misma iba a hacerlo desparecer.